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Estados Unidos está en una guerra fría contra China (parte II)

Las políticas iniciadas por Trump en lo que ha sido un desempeño exitoso de la pugna comercial y militar con China pueden perderse si un nuevo inquilino llega a la Casa Blanca

Establecíamos en la entrega anterior que únicamente dos Estados nacionales tienen economías capaces de financiar el costo de proyectarse como superpotencias: los Estados Unidos de América y la República Popular China. China ya no solo proyecta influencia por su peso en el comercio internacional, sino que además desarrolla agresivos esfuerzos de poder militar e influencia geopolítica. Xi Jinping incumplió compromisos internacionales aplastando la autonomía y borrando el Estado de Derecho en Hong Kong. Amenaza, por otro lado, agresivamente a Taiwán. Y como si eso fuese poco, acrecienta su influencia geopolítica –con base económica y comercial– sobre potencias de segundo orden tan importantes como Pakistán y Rusia.

Estados Unidos intenta contener a China en un arco que va de Afganistán a Corea del Sur, pasando por India, Tailandia, Filipinas y Taiwán, que es apoyado en el atolón de Diego García, Guam, Australia y Japón. China lo debilita con su influencia comercial y política en Pakistán, Sri Lanka y Malasia. Tiene a Myanmar y Laos como aliados en ese arco de conflicto que se proyecta al Pacífico, aunque concentra inicialmente esfuerzos en sus rutas comerciales críticas. Un factor clave fue el acuerdo chino para su base militar naval en Djibouti. Se trata de su primera base militar en el extranjero, con un costo estimado de 590 millones de dólares. Esta es una posición clave en el cuerno de África, con capacidad de colocar poder naval en su nueva ruta de la seda.

La ruta de seda

China insiste en romper la contención estadounidense y proyectar poder naval en rutas comerciales y aliados de Asia central y el Océano Índico. La ruta de la seda histórica fue una compleja red de rutas y caravanas desde China hasta Oriente Medio, Anatolia y Europa. La nueva ruta de seda, clave de la proyección de China como superpotencia global, es su iniciativa Belt and Road –BRI–. Este es un ambicioso plan en curso para garantizar influencia económica, comercial y militar a través de aliados en rutas comerciales. Se trata de un amplio cinturón de influencia que depende tanto de la Ruta de la Seda –SREB– en tierra, como de la ruta marítima de la Seda –MSR–. Por tierra, se extiende desde el este de China al noroeste a través de Rusia. De ahí, a Europa. Pero además, se ramifica al oeste desde la provincia de Xinjiang, a través de Asia central y la zona del Mar Caspio, para alcanzar el Medio Oriente y Turquía y con ello al Mediterráneo.

El Estrecho de Malaca es su punto débil crítico al estar controlado por aliados de Estados Unidos. De los grandes puertos marítimos chinos, el Estrecho de Malaca es el que da paso al Océano Índico y acceso a África oriental –fuente de materias primas y zona de creciente influencia económica y política china– pero también da acceso a Europa a través del Canal de Suez y  al Atlántico en el Cabo de Buena Esperanza. Es controlado por Singapur e Indonesia, aliados cercanos de Estados Unidos. Eso hace vital para China la ruta terrestre desde Xinjiang a través del Himalaya hasta Pakistán, donde China invierte millones en el Puerto de Gwadar, en el Océano Índico.

El oso y el dragón

A pesar del poder militar que ostenta, la economía rusa no es mayor a la de España. La realidad geopolítica actual sino-rusa es inversa a la de la primera guerra fría. Hoy es influencia China sobre Rusia, no lo contrario.  Y para la ruta de la seda, las conexiones terrestres a través de Rusia y Asia Central permiten alcanzar Europa Central mediante rutas menos vulnerables a interrupción en un conflicto con Estados Unidos. Por eso, China invierte en una remota provincia occidental sin litoral como Xinjiang. Es su acceso terrestre a mercados del oeste –Europa y Oriente Medio– y del sur –Pakistán y el Océano Índico–, Un giro de la concentración en las zonas costeras del este.

La respuesta del águila y el agresivo pacifismo de Trump

China necesita poder naval en el Océano Índico para proteger su acceso al Canal de Suez.  Beijing ya envió tropas a Djibouti, entre el Mar Rojo y el Océano Índico. La respuesta estadounidense empieza en la contención en el arco antes descrito, reforzando vínculos con India, Singapur, Indonesia, Taiwán, Japón y Corea del Sur. Pero como la nueva guerra fría también es comercial, la proyección del poder naval chino no puede autolimitarse como la soviética. Estados Unidos, conteniendo una China en ascenso, es un escenario de muchos potenciales conflictos militares limitados que pueden escalar a la guerra abierta.

La estrategia de la administración Trump ante China sorprendió, aunque en la nueva doctrina exterior –realismo con principios– de la administración era predecible. Washington mantiene la contención y estrecha alianzas, muestra músculo militar y decisión política al fortalecer la debilitada relación con Taiwán, pero esquiva costosos compromisos militares de dudoso resultado estratégico. El nuevo y paradójicamente agresivo pacifismo de Trump ha dado resultados que asombran y molestan a sus enemigos internos. Usa agresivamente influencia diplomática, económica y comercial para comprometer aliados y debilitar enemigos. Ante China, eso va de conversaciones directas con Pyongyang a vender armas a Taiwán y, principalmente, a torpedear la línea de flotación económica china en su punto débil, sus manipulación de las reglas del comercio internacional. Washington inició una guerra comercial en respuesta a la pretensión china de mantener agresivas protecciones de su mercado interno y manipular el tipo de cambio como una economía subdesarrollada, siendo una superpotencia, algo a lo que Beijing se aferra desesperadamente.

El “candidato de Manchuria”

Ahora todo depende de las elecciones de noviembre. La estrategia de Estados Unidos en la nueva guerra se dirime en su política interna, sobre la que China –directamente y mediante sus aliados– intenta influir. En pocos días, se decide si continúa la administración que asumió la realidad de la nueva guerra fría con una estrategia basada en conocer mejor a su enemigo o llega a la Casa Blanca lo que  denuncias periodísticas sobre corruptos sobornos extranjeros dibujan como un “candidato de Manchuria”. Es lo que nos jugamos, nos guste o no. 

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