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Estados Unidos, Guerra fría

Estados Unidos está inmersos en una guerra fría contra China (parte I)

La guerra fría sigue existiendo, y enfrenta un Estado totalitario contra la mayor república democrática del mundo

El mundo actual difiere tanto del de la guerra fría que resulta inútil explicar aquella experiencia con nuestra realidad geopolítica, económica e ideológica. Pero lo acertado es estudiar escenarios diferentes a la luz de la mejor teoría, no de la más novedosa. Ninguna utilidad tuvieron las alucinantes especulaciones sobre un mundo unipolar, con una sola superpotencia hegemónica y sin ideologías. El fin de la historia, en clave de libre mercado diluido con mucho Estado del bienestar, nunca llegó. Tampoco lo hizo un muy teorizado mundo multipolar –pero sí  nuevas formas de poder e influencia dispersas–. La realidad del complejo mundo actual (con amplias redes flexibles y cambiantes en que el crimen organizado se entrecruza con agitación, propaganda, subversión y terrorismo antioccidental, más y mejor que en los viejos tiempos) es que nuevamente tenemos sobre el tablero geopolítico únicamente dos superpotencias.

¿Qué es una superpotencia?

El concepto de superpotencia se relaciona en principio con armas de destrucción masiva. Definen una capacidad clave de tal estadio del poder. Pero el poder nuclear, por sí solo, no hace a un Estado superpotencia. Hay estados nacionales con poder nuclear que están muy lejos de ser superpotencias. Y –simplificando, pero no en exceso– podemos resumir en pocas palabras lo que determina a una superpotencia:

  • una economía capaz de financiar la proyección de influencia política, ideológica y cultural  global, al mismo tiempo que sostiene poder militar de la misma escala;
  • voluntad política de proyectar influencia, ideológica, económica y cultural en todo el mundo;
  • capacidad de desplegar poder militar real a distancia;
  • y un detalle sine qua non actual del rol de superpotencia: asiento permanente en el Consejo de Seguridad de la ONU. Es decir, poder de veto a resoluciones contra sus intereses vitales.

En el mundo hay dos –únicamente y exclusivamente dos– Estados con todas y cada una de esas capacidades, empezando por la más importante, el tamaño de sus economías (que permite materializar al resto en una u otra forma) y son los Estados Unidos de América y la República Popular China.

El nuevo imperio totalitario

Que el feroz totalitarismo socialista chino emergiera como nueva superpotencia enfrentada a los Estados Unidos sorprendió a muchos. Demasiados no logran aún comprenderlo, y algunos todavía se niegan a aceptarlo. El emergente poder enemigo creció desde una economía miserable, signada por las hambrunas y el activismo voluntarista del socialismo más primitivo, bajo la protección –que necesitaba tanto como presentía– del poder soviético. Creció en la orfandad en que la dejó el colapso del imperio soviético, y pasó al paradójico amparo de la ingenuidad política e intelectual de Occidente.

Las reformas de Deng Xiaoping fueron soluciones capitalistas a problemas socialistas, pero no para debilitar al totalitarismo, sino para fortalecer su base económica y garantizar su continuidad. No fueron tan capitalistas como para comprometer el control totalitario, ni tan socialistas como para impedir un crecimiento económico que sacara a cientos de millones de la miseria. Hicieron a China la primera potencia fabril del mundo. Y ese era, a grandes rasgos, el plan: dejar de lado las locuras del maoísmo sin admitir los crímenes y errores genocidas de Mao. Su intención fue establecer un mercantilismo con control político del partido para tener grandes corporaciones privadas chinas en estrecha cooperación –y completa dependencia– con el poder totalitario. Por eso usaron zonas económicas especiales, con diferentes reglamentos y privilegios: para experimentar y dar con la mejor combinación de “capitalismo de amigotes” con totalitarismo.

Lo bueno fue que lo poco de capitalista del modelo alcanzó a sacar de la miseria a cientos de millones. Lo malo fue que, al insertarse en la globalización, encontraron nuevas herramientas para llevar el control totalitario a nuevas alturas, materializando lo que poco antes fueron pesadillas distópicas de ciencia ficción. La China de Xi Jinping es un tecnototalitarismo cuya capacidad de control social no la pudieron ni imaginar los peores totalitarismos del siglo pasado. Para ello, la tecnología fue el gran resultado del robo de propiedad intelectual occidental.

La estrategia del dragón

Las claves de la estrategia de Beijing para hacer crecer su economía –solidificando su totalitarismo político– al punto de proyectarse como superpotencia global fueron:

  • una limitada y controlada apertura a soluciones capitalistas –incluyendo grandes corporaciones privadas locales– junto a la reorganización y modernización de las empresas gubernamentales;
  • orientar el crecimiento hacia fuera (a exportaciones dependientes de mano de obra barata) en vez de apostar por el fortalecimiento del consumo interno. Se apoyaron, en segundo lugar, en el gigantesco potencial de muy limitadas mejoras en la capacidad de compra de su tan pobre como enorme población local;
  • el robo de propiedad intelectual clave, y copia de técnicas de gestión del mundo libre, en estrecha cooperación entre empresas privadas y Estado. Designaron el Estado a las corporaciones privadas que alcanzarían posiciones importantes en mercados internacionales de nuevas tecnologías, llamados “campeones nacionales”;
  • el grosero abuso de ventajas que los acuerdos multilaterales que rigen al comercio internacional limitan a países subdesarrollados para cerrar su mercado interno sin perder acceso a mercados del mundo desarrollado. E incluso para manipular el tipo de cambio.

China se declara desarrollada y proyecta su influencia económica y comercial como la segunda –o primera– economía del mundo. Es subdesarrollada para seguir reclamando protecciones, privilegios y ventajas exclusivas de las economías más débiles. Insiste en el robo de propiedad intelectual, el proteccionismo unilateral y la manipulación cambiaria.

La segunda guerra fría en curso enfrenta a la mayor república democrática moderna –y una las economías libres del mundo–, fundada en  principios de libertad, propiedad y Derecho contra una tiranía fundada en la teoría y prácticas de la más genocida ideología totalitaria de la historia humana. Se trata de una ideología que, con pragmatismo, logró poner en marcha una economía mercantilista –no capitalista– mayor y más productiva de lo que jamás llegó a ser la extinta Unión Soviético. Es un tablero geopolítico en el que, nos guste o no, estamos inmersos.

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