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Extrema izquierda, extreme left

La extrema izquierda: ‘ventana táctica’ y ‘sondeos lentos’ por el poder

Chávez jugó pues dentro de la democracia representativa para trabarla, mientras a la par aceitaba una conveniente «democracia participativa»

Por Miguel Lagos:

El castrismo y el chavismo han sido unos verdaderos innovadores de la política contenciosa y de la «tiranología».

Ante los ingenuos y los cómplices intercalaron con habilidad —entre muchos otros factores— «diálogos», «negociaciones» y violencia. Así, se volvieron inamovibles de los tronos que ostentan.

Sus aprendices, sus seguidores de la extrema izquierda dispersos en distintos países del continente, van tanteando cómo replicar a sus maestros para llegar a controlar instituciones y poderes estatales omnímodos vía la ruta electoral de las democracias bobas e inadvertidas. El manual es copioso.

Hugo Chávez dejó el poder en 2013 no por voluntad propia como es sabido, sino por un azar del destino. Y quizá, de seguir con vida, habría llevado a su máxima intensidad la escala de conflictos internos y externos que obran hoy en torno al problema venezolano. Un problema que dejó de ser, desde hace mucho tiempo, solo de los venezolanos.

Chávez siempre lo dijo: lo suyo —y de sus asociados— era un proyecto de poder de largo alcance. Una operación política e ideológica que tenía como estrategia de fondo un proceso revolucionario de base cívicomilitar.

Tras haber fracasado en hacerse de la conducción del país por la vía armada y violenta, apostó por la «ventana táctica» (1997). Es decir, avanzar dentro del terreno «burgués» de la democracia representativa y electoral. Así, vía el voto popular y el audaz recalentamiento de los antagonismos, de las tensiones y la conflictividad social, llegó al Palacio de Miraflores en 1999. Bingo.

No fue la toma del poder, fue la inicial toma del Gobierno lo que obtuvo Chávez. El poder real lo daría después la aplicación dosificada de los principios revolucionarios «bolivarianos» dentro de la democracia políticamente libre, pero inadvertida.

En paralelo, y en el tablero de ajedrez económico, las sorpresas no tardarían. El candidato y futuro dictador aseguraba que respetaría las precarias libertades económicas y la propiedad privada. Ya en el trono, el socialismo económico marxista fue montando su pesada infraestructura.

La libertad de expresión y de prensa fueron también sus primeras víctimas. Los derechos humanos, ni qué decir.

No debe olvidarse entonces: la estrategia política general fue siempre la revolución cívicomilitar armada (los violentos «colectivos» civiles motorizados y armados también apuntaron después en esa dirección de amedrentamiento político y social). Lo demás, incluyendo la apuesta electoral, fueron movimientos puramente tácticos.

Una revolución en la que soltar el poder resultaba siendo una seria contradicción, empezaba a consolidarse. Y con no menores aliados internos y externos.

Chávez jugó pues dentro de la democracia representativa para trabarla, mientras a la par aceitaba una conveniente «democracia participativa» (como indicaban las recetas de Heinz Dieterich y la «posdemocracia» de Norberto Ceresole) en la que se eliminaban progresivamente a las instituciones y a los actores intermedios legítimos y disidentes.

Él, Hugo, ejercía los «dictados directos» de un sector de la población que extasiada aplaudía y hasta lloraba al oírlo hablar. Era la encarnación viva del populismo socialista en acción. Hoy pueden verse los resultados.

Así pues, poco a poco, vía sondeos lentos, el «Chávez revolucionario» fue avanzando, liquidando al «Chávez presidente» de la democracia representativa. Era el «Chávez versus Chávez», que muy bien describió —y advirtió— el desaparecido periodista y analista político Alberto Garrido hace ya diecisiete años.

Extrema izquierda
El actual dictador de Venezuela, Nicolás Maduro, frente a un cuadro conmemorativo de también dictador de izquierda, ya fallecido, Hugo Chávez. (YouTube)

Hoy que Rusia e Irán (y una China calculadamente silenciosa con el tema) intervienen cada vez más directa y abiertamente respaldando al régimen criminal con poder político, la idea de que los cabecillas suelten la rueda de timón del barco venezolano por voluntad propia tiende a ser cada vez más una ficción. «Salvo el poder todo es ilusión», sentenciaba una vieja frase prodictatorial.

El chavismo no es solo un simple o tradicional régimen despótico de signo político. Es un proyecto conectado con oscuras redes criminales de dimensión transnacional. Un proyecto de poder de largo alcance que no solo se fortaleció sobre la base de un proceso revolucionario e ideológico, sino que además, en ese andar, llegó a establecer colaboraciones tácticas y reales vínculos estratégicos tanto con el narcotráfico como con el terrorismo internacional. Un poder realmente letal.

Con infiltración y constante asesoramiento castrista de orden ideológico y político, la lógica criminal y delictiva del poder fue también encontrando asidero.

Hace no mucho Maduro —y Diosdado mucho antes—, el sucesor a dedo de Chávez (su continuador lógico y no un proyecto «distinto» al chavismo primigenio) amenazó que él solo saldrá muerto de la usurpada presidencia. Que el socialismo del siglo XXI no dejará el poder en Venezuela.

El mismo Alberto Garrido resaltó en 2003 —cuando una inmensa mayoría subestimaba los peligros— algo que Chávez siempre advertía: «La revolución bolivariana jamás dejará el poder». Dijo que hasta tenían derecho a «exportar su modelo», como efectivamente ocurrió de forma ecualizada ahí donde buscó instalarse.

Hoy que el alcance del conflicto de contornos políticos y criminales se ha expandido y las remarcadas líneas divisorias muestran con mayor nitidez a sus efectivos soportes externos, Maduro y asociados le siguen apostando al mismo esquema irreversible.


Miguel Lagos es analista político y columnista focalizado en temas de riesgo y conflictos políticos, radicalización y extremismo político violento. @_mlagos_.

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