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Foro de Davos: la trampa globalista contra la libertad

El Foro de Davos no es una reunión casual ni espontánea, sino que responde a una calculada estrategia política internacional para conquistar cuotas de poder político

En 1971, en el marco de la crisis energética mundial y justo cuando el bloque comunista comenzaba a dar señales de descomposición, Klaus Schwab puso en marcha el Foro Económico Mundial (conocido como Foro de Davos) para promover, bajo apariencias liberales, políticas estatistas en contra de la libertad de mercado.

Figuras tan variopintas como George Soros, Bill Gates, el papa Francisco, el Príncipe Carlos de Inglaterra, Al Gore y un sinfín de banqueros y dueños de empresas farmacéuticas son los principales sostenedores de esta cita que se celebra anualmente en el Monte de Davos (Suiza) y que se han auto designados garantes para regir el planeta con un fin muy definido: el control de todos los ciudadanos de acuerdo con los dictados de la agenda globalista.

Para el año 2021, el Foro -utilizado como pasarela de la progresía para glorificar el “buenismo ecológico” de líderes mundiales, empresarios, periodistas, expertos y representantes de organizaciones sociales y culturales- se prepara para revolucionar el sistema capitalista, con el compromiso de “crear de manera conjunta y urgente las bases de nuestro sistema económico y social para un futuro más justo, más sostenible y resiliente”.

El slogan de esta operación, bajo el nombre de “el Gran Reseteo”, parece sacado de un libro de Orwell. Pero no contentos con eso, el Foro Económico Mundial (WEF, por sus siglas en inglés) ha anunciado ya los mandamientos apocalípticos que según la entidad regirán el mundo a partir de 2030, fecha elegida también por la ONU para lanzar su agenda globalista.

Filosofía pobrista y autoritaria

Curiosamente, el mundo que declara el Foro para 2030 es el mismo que hemos visto a anunciar a Soros en distintas entrevistas, a Ocasio-Cortez y a los líderes de “Black Lives Matter” en sus discursos o al papa Francisco en sus encíclicas. (Flickr)

Bajo el lema “no tendrás nada, pero serás feliz”, la agenda del WEF predice el modelo de vida que imperará en el mundo: lo que desees lo alquilarás y te lo entregarán mediante un dron; EE.UU. no será la superpotencia que dirigirá el mundo y un puñado de países lo gobernarán; comerás mucha menos carne (todo se hará por el bien del medio ambiente y de nuestra salud); mil millones de personas serán desplazadas por el cambio climático, por lo que será necesario dar entrada a un mayor números de refugiados; los valores occidentales habrán sido sometidos a prueba hasta el punto de quebrarse.

No se trata de exageraciones ni especulaciones al uso. La cúpula pensante de Davos ha definido con absoluta transparencia una agenda de prioridades bajo el prisma de una filosofía pobrista y autoritaria contra la libertad individual.

Aunque el Foro recoge en sus estatutos que es una organización sin ánimo de lucro, “independiente, imparcial y no ligada a intereses concretos”, sus objetivos y sus propuestas coinciden con el programa que tiene trazado la ultraizquierda comunista internacional. Los asesores de Biden -con Sanders y “Black Lives Matter” a la cabeza- ya aparecen en la web y en el espíritu del Foro.

De hecho, hay una evidente similitud en la forma de actuar del sector de la extrema radical de los demócratas y la de los grupos de poder que lideran al Foro de Davos: frenar el progreso capitalista como enemigo de la libertad y del medioambiente, reducir las desigualdades mediante una redistribución de la riqueza con nuevos impuestos a las corporaciones y a los más ricos -preparen las carteras las clases medias-, y nacionalizar la industria energética a través de políticas intervencionistas del Estado.

Este mundo empobrecido económica y políticamente que nos quieren vender es el pretexto que utilizan los “socialistas democráticos” para crear un planeta subsidiado y dócil, donde el control estatal, la colectivización de la sociedad y el anticapitalismo son conceptos que van juntos de la mano.

Tratando de quitar hierro al asunto, en 2011 el columnista Moisés Naím aseguró que, en realidad, Davos era “el gran templo del capitalismo y la globalización”. Pero después de 10 años de leerlo y estudiarlo, quedé decepcionado con la visión equivocada que tenía el autor de “El Fin del Poder” sobre esta cita estratégica, secuestrada por las voces de la izquierda internacional para criticar las “injusticias del capitalismo globalizado”.

Para Naim era engañosa la imagen de que billonarios y políticos concentrados en un pueblito de los Alpes suizos fueran capaces de alentar teorías conspirativas de quienes creen que el mundo está manejado por una pequeña élite. La realidad ha demostrado lo contrario.

Produce desazón que pensadores que nos parecían entonces los más lúcidos de su tiempo se dejaran cegar de ese modo por los prejuicios ideológicos. El Foro de Davos no es una reunión casual ni espontánea, sino que responde a una calculada estrategia política internacional para intentar conquistar cuotas de poder político e imponer un ideario liberticida y totalitario al conjunto de la humanidad.

Destrucción del sistema capitalista

En realidad, estas reuniones internacionales -como lo es también el Foro de Sao Paolo- forman parte de la agenda internacional anticapitalista con fuerzas tradicionalmente agrupadas en torno al movimiento comunista internacional que tiene complejas redes de apoyo en el mundo entero. Y que en el fondo siguen objetivos muy parecidos: la destrucción del sistema capitalista, la sociedad de libre mercado y su democracia representativa.

En el estudio de Adam Smith sobre “La riqueza de las naciones” -una obra que debería releerse con cuidado- el economista inglés hace una profética advertencia: “Es raro que se reúnan personas del mismo negocio, aunque sea para divertirse y distraerse, y que la conversación no termine en una conspiración contra el público o en alguna estratagema para subir los precios”.

Todavía en 2019, el editor general de la revista Time, Anand Giridharadas, describía ingenuamente a Davos como “una reunión familiar para las personas que rompieron el mundo moderno”. Nada más lejos de la realidad. El Foro Económico Mundial -que engloba la Global Health Initiative, Global Education Initiative, la Iniciativa Medioambiental y del Agua, entre otras- es una de las citas más influyentes del mundo donde élites dominantes y sectores de la izquierda trabajan incansablemente en la extensión y consolidación de vastas redes políticas, ideológicas, económicas y culturales para lograr sus propósitos.

Curiosamente, el mundo que declara el Foro para 2030 es el mismo que hemos visto a anunciar a Soros en distintas entrevistas, a Ocasio-Cortez y a los líderes de “Black Lives Matter” en sus discursos o al papa Francisco en sus encíclicas. Un mundo que descarta la libertad y la propiedad privada. Donde conservar la cultura occidental supone una actitud racista y homofóbica. Y donde EE.UU., considerado durante siglos garante de la democracia, se verá superado por una elite globalista que persigue la liquidación de los estados nacionales. En ese objetivo coinciden tanto marxistas occidentales y fundamentalistas islámicos.

La tentación de controlar lo que se come y lo que se entiende por el despojo de las voluntades libres de todos los ciudadanos para un gobierno global como el que presume el Foro de Davos, con sus guiños autoritarios e intervencionistas, debe poner en alerta a todas las naciones democráticas del mundo para evitar abusos contra los derechos fundamentales.

Lo fácil es mermar las libertades, no estimular la generación de riqueza sino obstaculizarla con un puñado de leyes para “favorecer” a los trabajadores a costa de elevar los gastos de las empresas que significaría de inmediato una disminución en su capacidad de contratación y, por ende, un aumento del desempleo.

Detrás de todos estos postulados ideológicos absurdos se esconde la teoría marxista de la lucha de clases, sobre la base doctrinal de que los intereses de los empleadores y los empleados son contradictorios y que, por la misma regla de tres, ayudar a los empresarios, a los “ricos”, es inmoral. Un discurso que ya es normal escucharlo entre algunos congresistas demócratas hipnotizados por el señuelo marxista del “imperialismo” y “el capitalismo salvaje”.

El Foro no sólo ha ideologizado problemas que son inherentes al desarrollo de la civilización para lograr rentabilidad política, sino que pretende pervertir el sentido de la responsabilidad de las naciones hurtando a sus instituciones democráticas de su labor más esencial.

El ciudadano tiene derecho al libre ejercicio de sus derechos y libertades -no importa si se defiende en la calle o en un foro internacional-, pero la soberanía nacional se preserva única y exclusivamente en el Congreso de cada país. Y es allí donde se legisla para que esos derechos no sean mermados y estén protegidos.

El Foro de Davos, bajo los designios de una aristocracia elegida para liderar el planeta, está preparando una jaula de oro que una vez que se fabrica es muy difícil salir de ella. Una jaula para asegurarle “seguridad” a los habitantes del planeta, a cambio de que cedan su libertad.

Por eso, cada nación debe hacer valer sus propios intereses y las de sus instituciones democráticas, encargadas de que la globalización, no sea el pretexto de la libertad para meter la zorra en el gallinero. Avisados estamos.

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