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“Gente como tú y como yo”

“Son gente como tú o como yo. He visto bolsos de Dolce & Gabbana, ropa de Louis Vuitton, o sea, gente que podría estar en Madrid perfectamente. Es gente como nosotros que vive en unas condiciones completamente deplorables”, dijo un periodista español mientras narraba la desgracia humanitaria provocada por la invasión de Vladimir Putin a Ucrania.

Hemos asistido a episodios de este tipo durante la cobertura de la guerra, donde el clasismo y el racismo de muchos reporteros queda en evidencia al ver cómo llegan a los países de la Unión Europea personas “rubias de ojos azules”.

Sin embargo, me parece que merece la pena sentarnos a reflexionar brevemente sobre este tema y quitar por un momento la atención de la estupidez humana puesta frente a un micrófono –y en la que todos los periodistas podríamos incurrir en un momento de descuido–.

Cuando hice un documental en la frontera de Colombia con Venezuela –donde discurre en este momento una crisis migratoria producto de la dictadura socialista de Nicolás Maduro–, ciertamente llegué a pensar: “Esta gente es como yo. Soy yo quien podría estar ahí”.

Frases que hoy no son políticamente correctas, pueden esconder detrás un fenómeno que es fundamental para atender a quien lo necesita: sentir empatía. Ser capaz de ponerte en sus zapatos. Cuando esto ocurre, el corazón da un vuelco y la solidaridad se activa.

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Este campo es un campo de validación y debe quedar sin cambios.

Sin embargo, hay algo en nuestro proceso de formación de conciencia que debe cambiar. A la frase “gente como nosotros”, dicha por el reportero anteriormente citado, debemos agregarle una coma, para que diga que son “gente, como nosotros”.

Es indispensable entender que no solo el que se parece a ti físicamente, en sus convicciones o creencias, es digno de tu ayuda. Somos gente. Somos humanos. Todos podemos estar en la situación de un venezolano que huye, de un ucraniano que quiere protección, de una siriana que quiere un futuro mejor para sus hijos, de un haitiano perseguido, de un nicaragüense desesperado o de un afgano que se quedó sin nada.

Que nuestra generosidad esté condicionada por el color de piel o el país de procedencia del otro, es algo que tiene que cambiar. Empecemos por admitirlo para, ahora sí, corregirlo.



Jovel Álvarez
Editor

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