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Papini, Giovanni, El American

Giovanni Papini y la sed del conocimiento

Giovanni Papini constituye un ejemplo de perseverancia y de creatividad

En la edad de la banalización y la superficialidad es del caso recordar a un personaje que se afanó por estudiar y aprender del mundo que lo rodeaba. Se trata de Giovanni Papini (1881-1956) sobre quien Jorge Luis Borges, en prólogo a una de sus obras, escribe: “Fue un lector hedonista, siempre lo movió la dicha de leer, no un apremio de exámenes. El primer objeto de su atención fue la filosofía”.

Papini escribió sobre casi todos los temas concebibles a veces de modo contradictorio en sus posiciones, pero en definitiva un canto a la libertad del individuo. Sostuvo que el problema central del hombre estriba en su soberbia (“la fatal arrogancia”, diría el premio Nobel en Economía Friedrich Hayek).

En este sentido consigna que “el soberbio no tolera ser contrariado, el soberbio se siente ofendido por cualquier obstáculo y hasta por la reprensión más justificada, el soberbio siempre quiere vencer y superar a quien considera inferior a él […] El soberbio no concibe que cualquier otro hombre pueda tener cualidades o dotes de las que él carece; el soberbio no puede soportar, creyendo estar por encima de todos, que otros están en lugares más altos que él”.

Y en otro relato se refiere a un encuentro entre el primer hombre -Adán según la alegoría bíblica- que reconoce la culpa de haber comenzado con la cadena de soberbia por aquello de “seréis como dioses” que desembocó en la última manifestación de eso, es decir, un robot denominado WS347926, un aparato que había perdido la humanidad al renunciar al libre albedrío por haber sustituido la espiritualidad por la materia, en lugar de haber subido la vara y aprovechar las ventajas de la tecnología sin afectar la condición humana para no caer en la pesadilla descripta por autores como C. S. Lewis y A. Huxley.

Dejó tres autobiografías “Un hombre acabado” (1912), “Nuevo nacimiento” (1932) y “El pasado remoto” (1953), pero es en la primera donde queda clara su obsesión por el conocimiento. Allí cuenta que no tuvo niñez, siempre solitario y encerrado entre libros que al principio no entendía. Mintió en su edad para poder entrar a una biblioteca pública. “La vida se vive intensamente para ser tolerada”, sostenía. Mantuvo durante su etapa temprana que “los periódicos eran pierde tiempos”, pero más adelante fundó dos: “La Llama” y “El Iconoclasta”, y en el transcurso de su vida posterior lo primero que hacía era leer el diario de la mañana.

Su obsesión lo llevó a intentar la redacción de una enciclopedia, pero no pudo pasar de la primera letra del abecedario pues quedó agotado, lo mismo le ocurrió con la historia que terminó al comenzar con los egipcios (“ahogado por los hechos”).

Idéntica experiencia con la literatura, la teología y aspectos de la ciencia hasta que calmó su apetito insaciable de “erudito desordenado” con la filosofía que fue “una orgía cerebral” que le permitió gozar de “nuevos hervores” pero concentrado en temas específicos pues declara que “necesito, para enderezarme, que mis raíces agarren en algún sitio”. En otros términos, escribe al final de esta primera referencia autobiográfica que “el título de este libro está equivocado: no estoy acabado”.

Al solo efecto ilustrativo de la notable producción de Papini, que abarca seis gruesos tomos de sus obras completas en papel biblia, reproducimos su idea del poder que viene muy al caso en nuestros días de abusos inaceptables que destrozan derechos. Así subraya que “el cetro del rey, el báculo del obispo, el bastón del mariscal, el garrote de los revoltosos, tienen todos, por lo menos como sentido y finalidad, una misma misión: guiar, corregir, amenazar, golpear.

Todos los representantes de la autoridad llevan en la mano algo que se parece a un bastón […] en todas partes hombres que quieren ser reverenciados y obedecidos […] Entre las previsiones “científicas” que han hecho famoso el nombre de Marx y que han contribuido al éxito de su doctrina, recordemos tres que son el código de su “Capital”.

A continuación refuta las tres predicciones marxistas. La primera en la que se sostuvo que la revolución ocurriría en países capitalistas que “en los tiempos de Marx solo podían ser Inglaterra y Alemania, acaso, en segundo lugar, Norteamérica y Francia. Pero todo el mundo sabe lo que sucedió en 1917; la revolución estalló justamente en uno de los países más atrasados de Europa”.

“La segunda previsión de Marx atañe a los autores y creadores de esta transformación de la sociedad. Marx sostuvo siempre que la revolución sería obra de los mismos trabajadores […] Sucedió en cambio, como todos hemos sido testigos de ello, que esta revolución fue debido a la guía de intelectuales burgueses”.

El tercer pronóstico marxista alude a lo que sería la concentración de riqueza en pocas manos pero resulta que “el sistema de las sociedades por acciones ha hecho, como lo vemos en Estados Unidos y en muchos países europeos, que la propiedad esté dividida y repartida entre infinito número de ahorradores, entre los cuales no faltan los proletarios”.

En todo caso, en una sociedad libre las diferencias de rentas y patrimonios las decide la gente con sus compras y abstenciones de comprar en el supermercado y afines. Las concentraciones injustas son las que ocurren a manos de empresarios prebendarios que explotan a sus congéneres vía sus cópulas hediondas con el poder de turno y también gobernantes inescrupulosos que roban a manos llenas.

En resumen, Giovanni Papini constituye un ejemplo de perseverancia y de creatividad por lo que salió de la miseria en la que había nacido para ubicarse en el pedestal de los escritores de mayor calibre en el orbe.


Alberto Benegas Lynch (h) es presidente de la Sección Ciencias Económicas de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires.

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