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Economía, El American

Las 4 injustas muletillas económicas que deberíamos erradicar

¿Se imaginan factible una vida allá donde las personas vieran sus elecciones desterradas por completo?

Es hora de desembarazarnos de aquellos dichos antieconómicos tristemente arraigados en el sentir de los pueblos que lejos de aclarar, enturbian; lejos de apaciguar, enervan; y más aún, lejos de refinar, arruinan. Si solo fuera por tener nuestra cabeza bien amueblada por las leyes más elementales de la economía bien nos hubiéramos ahorrado el azote de una inflación galopante y el peligro de un desempleo crónico.

Consideraba Montaigne que la pobreza y el dolor son nuestros principales adversarios. ¡Error! Fieles estas al sentir humano han sobrevolado sobre nuestro destino insuflando maestría de vida sobre nuestros agarrotados cuerpos ¿Quién ignora que el sufrimiento abre las puertas del buen vivir ahora sí emancipado del orgullo que lo ciega?

Un pobre no resulta en un hombre sabio pero no hay hombre sabio que no haya sido un pobre hombre. Recuerdo de un viejo religioso decir que la humildad consistía en hacer pequeño lo que es grande; digo yo ahora que para el asunto que nos ocupa, la economía consiste en hacer grande lo que es pequeño. No importa donde ponga el oído que no encontraré a uno sino a muchos vociferar ¡grandes son sus males! ¡grandes sus incordios! ¡grandes sus conjuras contra los placeres!

Cuando algo nos congracia o confabula no es otra cosa que el poder efectivo de nuestras acciones. Es de necios culpar a la gravedad de la caída de los cuerpos; estos no caen si antes no se arrojan. De tal manera responde la economía a nuestros infortunios; no los crea, los confirma. No te digas ¡abajo la inflación! dite mejor ¡abajo la cobardía que me confinó! Que si no fuera por esta, de aquella, rastro alguno asomaría.

Pongamos ahora sobre el papel hasta cuatro muletillas de esas que arrojan a la economía al tribunal de los males humanos para, en un ejercicio de honestidad con la razón sacudir la pereza de las entendederas y entorpecer la facilidad con la que liquidamos nuestra deuda con el mundo.

Lo primero que asoma es esa sentencia que se hizo viral durante la cuarentena y que sirvió de alivio para los resentidos del mundo: (1) primero la vida y después la economía. Con un veredicto como este solo puedo creer que todo el saber económico del pueblo llano viene tragado por los westerns americanos donde el vaquero apuesta por la bolsa o la vida. Poco se sabe de la economía y mucho menos de la vida cuando son enfrentadas. Economía significa exprimir; sacar partido de una elección, cualquiera que esta sea.

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El hombre elige, y al hacerlo hace economía. Los dioses no hacen economía pues las decisiones no van con ellos (son omniscientes y omnipresentes). Tampoco los animales eligen, más bien obedecen las órdenes del instinto que los manda. Solo el hombre facultado por la razón está en condiciones de elegir. Ahora pongan la atención en su día a día. ¿Se imaginan factible una vida allá donde las personas vieran sus elecciones desterradas por completo?

La vida se asemejaría a la que sufre un esclavo, o más aún, a la de un artilugio insensible conectado a una voluntad extranjera. Si la economía es la ciencia de la mejor elección y vivir es fundamentalmente elegir, entonces y solo entonces, hacer economía es hacer vida, y de la vida, economía.  Otra de las injustas muletillas que pululan por el ambiente tiene que ver con el desprecio que destilan los economistas. (2) Los economistas son gente lúgubre y malintencionada. Solo hay que echar un vistazo a las últimas publicaciones como “La fraudulenta superioridad de los economistas” de Moisés Naím o “El economista y las manos sucias” de Joaquín Estefanía para darnos cuenta del vivo desprecio que encierran los economistas. Sin embargo, no hay en ellos nada que enturbie nuestro ánimo a no ser por el hecho de recordarnos lo que perdemos con cada cosa que ganamos. Y es que elegir es ganar y perder.

La razón nos ordena elegir lo mejor, es cierto, pero el desconocimiento algunas veces y otras las pasiones e intereses hacen que nuestras decisiones no siempre se acompañen de nuestro mejor juicio. Y si ya es difícil quedarse satisfecho con una decisión sometida a tantas restricciones peor será cuando a esta se le acompaña la reclamación del economista que ahonda en tales vacilaciones.



La tercera de las muletillas insta a ver la economía como (3) la disciplina que reúne para sí el más repugnante sentimiento de avaricia y que hace por despertar en el hombre el ardor de mezquindad con el que reduce a utilidades la sagrada fórmula de las cosas ordinarias. Desde muy pronto san Ambrosio hace de sus homilías un caldo de desprecio contra la riqueza (¿Qué rico se salvará?) y al dinero ganado honradamente en su uso mercantil lo llama “veneno, espada, esclavitud, lazo nefasto”.

Que usura huela a basura tampoco está exento de casualidad, y en Thomas Wilson se aprecia el desprecio irracional que el hombre guarda por acumular mercancías. Sin embargo, nada hay de malo en aquel que prioriza sus bienes,  más bien resulta inevitable si nos atenemos a los dos principios que nos precipitan en esta faena; la muerte y la fatiga. ¿O no se ha preguntado qué sentido tendría acumular sin hallar descanso si no nos viéramos abocados al ocaso?

No hay incentivos a la provisión cuando esta puede posponerse al mañana (quizás la inclinación de la Iglesia por el cielo haya hecho ver con tan malos ojos la predilección económica de la mortalidad). Además de morirnos nuestro cuerpo, en otra prueba de su pequeñez, se va muriendo, y la fatiga penosamente soportada hace que nuestras facultades tengan más pasado que futuro. Así las cosas, el hombre poseído por su naturaleza prioriza, y hace bien, la concentración de bienes.

En nuestros días, muchos aleccionan contra el sentido común y las leyes más elementales de la economía por ganarse el desprecio de la razón aunque solo sea por el aplauso fácil del gentío. Muchos autores, a veces galardonados con premios de realce, esparcen confusas ideas como esa que reza que (4) la libertad y la prosperidad son lazos sin nudos. Stiglitz, Piketty y la banda ancha de economistas del desarrollo apelan a que mucha libertad obra en favor de los poderosos y en perjuicio de los miserables.


Pues ya me dirán ustedes como sea posible que la bendita gracia de la libertad por la que historia ha combatido a cara de perro véase ahora denigrada por estos tipejos y por la interminable hilera de aduladores. No comprenden que la libertad no es un bien económico susceptible de medida, peso y distribución.

A quién le toca con su mano fervorosa ya es más rico que habiendo para sí todos los panes de la pastelería (“no solo de pan vive el hombre”). Empeñados en desarmar a la libertad de su facultad espiritual denuncian que más libertad económica trae consigo pobreza y desigualdad. Hay que torcer muchos los datos para ver un incremento de la pobreza cuando el Banco Mundial la reduce del 82 % al 9 % en siglo y medio. Y de la desigualdad mejor no hablar. Lo único que se ha incrementado ha sido nuestra preocupación por ella.

El hombre que antes era desigual en todo ahora solo lo es en ingresos. No se olviden que la economía es elegir y elegir exige previamente un algo trabajado. Pero no de cualquier trabajo se gana cualquier economía, y entonces, un trabajo efectivo, eficiente, productivo dará un buen desarrollo material. Trabajar bien no es trabajar mucho, como algunos de los míos reclaman, pues como ya sabemos, la fatiga hace que cada hora pierda en frutos.

Solo la inteligencia nos despacha de lo que Solow bautizó como estado estacionario. Un lugar donde las cosas no mejoran porque no empeoran y no empeoran porque no mejoran. Así al hombre solamente le queda dotarse de inteligencia para hacer más favorable su tarea y se apropia de maquinaria y de conocimientos que le alivien de las fatigas. Sin embargo, no podría la inteligencia abrirse a los procesos económicos si estos vinieran viciados por la arbitrariedad de un tercero.

La “fuga de cerebros” es la respuesta de la inteligencia a un mundo donde la falta de libertad dificulta la expresión de su propia realidad. La inteligencia solo es reconocible en libertad; sin libertad la inteligencia se marchita. Por consiguiente si un país es desarrollado cuando se aplica de manera inteligente y la inteligencia requiere de libertad para su realización podemos deducir sin sobresaltos que; no hay espacio para el desarrollo sin libertad y que la libertad es en sí fuente fecunda de desarrollo.   

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