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En defensa de Joshua Katz: por qué no mandaría a mis hijos a estudiar a Princeton

Joshua Katz, El American

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Que las universidades anglosajonas, incluidas las más prestigiosas, están cada vez más sometidas al culto “woke” y a la subcultura de la cancelación es un secreto a voces. Las noticias sobre esta deriva son tan frecuentes que hasta nos olvidamos lo grotescas y preocupantes que son. Deconstruir las matemáticas o las ciencias físicas por perpetuar la hegemonía blanca, dejar de enseñar a Platón por colonialista o describir a Mozart como arquetipo del imperialismo, la lista de disparates es tan larga que uno pierde la cuenta y se acostumbra a leerlas con fatalismo, sin reaccionar. 

Hasta que en un momento de lucidez, la gravedad de una anécdota hace mella, se queda retumbando en la consciencia y nos hace ver con espanto, que detrás de lo grotesco se esconde una pulsión totalitaria. Así me sucedió al descubrir con estupor el caso de Joshua Katz, una eminencia académica, una autoridad mundial en lingüística clásica, catedrático titular al que Princeton acaba de echar fulminantemente. 

¿Con qué motivo?, ¿fraude financiero, acoso sexual? No, solo por criticar públicamente las políticas racialistas de Princeton. Así es, aunque la muy cobarde administración de la universidad pretenda lo contrario y haya intentado justificar el despido del docente desempolvando el pasado de Katz. 

Un pasado, además, en el que hay poco que hurgar y nada que ocultar: a mediados de los años 2000, siendo un joven profesor, Katz tuvo una relación plenamente consentida con una estudiante mayor de edad. Se enamoraron.

¿Falta moral? En cualquier caso, una infracción de los estatutos de Princeton por la que fue sancionado casi diez años más tarde con una suspensión de un año sin sueldo. Un castigo severo que Katz aceptó sin rechistar. ¿Asunto zanjado? En principio sí, salvo que Princeton lo quiera utilizar como arma de destrucción personal para castigar un “delito” de opinión. Y así fue.

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En el verano de 2020, el asesinato de George Floyd suscitó una ola de indignación legítima, pero también, todo hay que decirlo, una histeria colectiva propicia a la intimidación intelectual y a la imposición ideológica.

En este contexto, más de 350 personas (alumnos, antiguos estudiantes y profesores de Princeton) escribieron una carta que empezaba con un muy lapidario “Anti-blackness is foundational to America” en la que exigían luchar contra el “racismo sistémico” y el “privilegio blanco” inherente a Princeton.

Katz no firmó la carta, al contrario, se atrevió a criticarla en una revista. Algunas medidas le parecieron sensatas. Pero otras, como retribuir más a los profesores de color solo por serlo, tirar estatuas o censurar investigaciones académicas si un comité de profesores las considera “racistas”, le parecieron aberrantes.  Como también le pareció escandaloso que los firmantes exigieran a Princeton presentar excusas a la “Black Justice League”, un grupúsculo conocido en el campus por sus métodos expeditivos y al que Katz calificó de “grupo terrorista local”. 

La tribuna de Katz abrió la caja de los truenos y la veda contra el profesor: alumnos pidiendo su cabeza, colegas, rasgándose las vestiduras y renegando públicamente de él, amigos retirándole el saludo sin darle explicaciones. El presidente de Princeton, C. Eisgruber, en una excelsa demostración de hipocresía defendió la libertad de expresión para denunciar que Katz no la ejerció con la debida responsabilidad. La propia universidad, inspirada por la valentía de su presidente, añadió la tribuna de Katz en una lista oficial de agravios racistas cometidos por Princeton desde… ¡1886! 

Finalmente, dos aprendices periodistas del Daily Princetonian (la gaceta de la universidad) aprovecharon la ocasión para lucir su instinto de comisarios políticos y se pusieron a investigar el pasado de Katz. Para toparse con la infracción del profesor y exponerla en un “artículo” que pisoteaba alegremente todas las reglas de deontología. 

Pero, al fin y al cabo, un pretexto a medida de la cobardía del presidente Eisgruber para abrir una nueva investigación contra Katz por hechos ya juzgados, ya sancionados, cometidos hace más de quince años y, seamos sinceros, de una gravedad muy relativa. 

Una investigación, por cierto, que se cerró en falso al no encontrar nada nuevo. ¿Y qué? En la era del postureo instantáneo y del señalamiento virtuoso, tener razón es lo de menos. Y así, el tumulto causado por una investigación impostada fue suficiente para que el consejo de administración entregara la cabeza de Katz en la bandeja sostenida por un Eisgruber jaleado por la jauría woke. Doble victoria para el presidente: se deshace del incómodo docente vistiendo un delito de opinión de falta moral y, de paso, establece un precedente para amedrentar a los profesores disidentes que se atrevieran a hablar. Aviso a navegantes, si lo hacen, será al precio de su cátedra.

Más allá de la infamia cometida contra un académico brillante, el caso Katz es el retrato descorazonador de unas instituciones de élite en plena descomposición. Alumnos silenciando a profesores, rectores cómplices de cacerías, colegas conviviendo en un ambiente de sospecha permanente y manadas de estudiantes sedientas de adoctrinamiento y de dogmas en vez de conocimiento y reflexión. Templos de la sabiduría carcomidos por el sectarismo, una burocratización rampante y, aún peor, una ramplona mediocridad que lleva a sacrificar sus mejores cerebros en el altar de un postureo tan fariseo como ignorante. 

No se me ocurre un modelo académico más espantosamente distópico que este, el de unas universidades prestigiosas convertidas en siniestras caricaturas de sí mismas. Pero existe, se llama Princeton y está al alcance de todos por el módico precio de 79,540 dólares por año. Discúlpenme, pues, si me ahorro la molestia y el dineral de financiar una clase magistral de adoctrinamiento woke a mis hijos. Y acepten mis disculpas si tengo el mal gusto de preferir que estudien en una institución que permita a Joshua Katz y a sus semejantes, gozar de su libertad de cátedra y expresar sus opiniones sin temer ni por su futuro, ni por su honor. Se llama libertad de expresión. 


Rodrigo Ballester dirige el Centro de Estudios Europeo del Mathias Corvinus Collegium en Budapest, Hungría. 

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