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Juan de Mariana: El escolástico español del siglo XVII que inspiró a los Padres Fundadores de los Estados Unidos (parte 1)

De la democracia advertía que caé en tiranía fácilmente porque “…en todas las clases del pueblo es mucho mayor el número de los malos que el de los buenos, y (…) será fácil que (…) prevalezca la opinión de los peores sobre el juicio de los más prudentes

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El escolástico español –teólogo, economista, filosofo político y moral– Juan de Mariana estableció entre finales de siglo XVI y principios del XVII las bases del constitucionalismo que se desarrolló en el siglo XVIII en los tempranos Estados Unidos de América.

La influencia de Mariana en los Padres Fundadores de la primera república moderna es tan obvia que extraña que existan académicos –y en general intelectuales– empeñados en negarla. Valido es interpretarla, aunque no sean tantos los años que distancian al polémico escolástico jesuita y monárquico español que defendió que la soberanía pertenece a los pueblos, no a los príncipes. Y que cuando los reyes violan los derechos de sus súbditos, es un derecho y llega a ser un deber de los pueblos deponerlos para restablecer el imperio de la Ley. Vivieron uno y otros en tiempos y culturas muy diferentes.

Pero Mariana ya sostenía que “Es pues, la ley una regla estable derivada de la mente divina que prescribe lo que es saludable y justo y prohíbe lo contrario.” Por lo que no correspondía a los hombres hacer leyes sino descubrirlas. Sustituya mente divina por naturaleza, hoy en el sentido evolutivo del orden espontaneo de la civilización y el principio será el mismo.

Partidario de la monarquía –sujeta a la Ley y limitada por los gobernados– antes que de otra forma de gobierno, reconoce que el Gobierno monárquico también “está expuesto a graves peligros” y que “degenera muchas veces en una tiranía” por lo que una república, en pueblos cuyos y costumbres fueran proclives a establecerla era legitima forma de Gobierno.

De la democracia advertía que caé en tiranía fácilmente porque “…en todas las clases del pueblo es mucho mayor el número de los malos que el de los buenos, y (…) será fácil que (…) prevalezca la opinión de los peores sobre el juicio de los más prudentes. No se pesan los votos, se cuentan. Y no se puede hacer de otra manera”.

Y dejaba claro que “Cuando se crean otras magistraturas, constituyendo un senado o estableciendo jueces, se divide el poder entre varios (…) Las mismas Sagradas Escrituras no parecen inclinarse a favor de la monarquía, presentándonos en un principio a jueces que se establecían para gobernar la república judía. (…) forma civil de gobierno republicano (…) por elección de los que parecían más aptos en cada una de las tribus (no se les conocían facultades para alterar las leyes ni las costumbres nacionales”.

Pero insistía en que “…sucede con todo (…) que aun lo mejor (…) a unos place y a otros desagrada (…) ha de suceder lo mismo con las formas de gobierno, que no porque una parezca mejor ha de ser aceptada por pueblos de distintas instituciones y costumbres.” Para Mariana los usos y costumbres de los pueblos determinan que la mejor de gobierno sea distinta para unos y otros.

Mariana,
La influencia de Mariana en los Padres Fundadores de la primera república moderna es tan obvia que extraña que existan académicos –y en general intelectuales– empeñados en negarla. (Wikipedia)

“La república, propiamente llamada así –en el siglo XVII decían república por Estado, más que por forma de gobierno– supone que todos los miembros del pueblo participan en el gobierno según su merito, concediendo a los mejores los honores y magistraturas. (…) La república tiene su antítesis en el gobierno popular, y la aristocracia, en lo que llamaron los griegos oligarquía, en la que, si bien los poderes públicos está confiados a pocos, no se atiende ya a la virtud, sino a las riquezas (…) la tiranía que es la última y peor forma de gobierno, es también antitética de la monarquía”

¿Qué es entonces la tiranía para Mariana? Pues nos dice que un “…tirano (…) manchado con todo género de vicios (…) disfruta del poder no por sus méritos ni por concesión del pueblo, sino por la fuerza (…) Y aun cuando haya accedido al poder por voluntad del pueblo, lo ejerce con violencia y no lo acomoda a la utilidad pública, sino a sus placeres, a sus vicios (…) se esfuerzan por expulsar de la república a los mejores.

Caiga lo que está más alto en el reino (…) para impedir que los ciudadanos se puedan sublevar, procura arruinarlos imponiendo cada día nuevos tributos, sembrando pleitos entre los ciudadanos  y enlazando una guerra con otra  (…) teme necesariamente a los que le temen, a los que trata como esclavos (…) suprime todas sus posibles garantías y defensas, les priva de las armas (…) para (…) desmoronar su confianza en sí mismos (…).

Teme el tirano (….) a los propios súbditos, que, convertidos en sus propios enemigos, pueden arrebatarle el poder (…) les prohíbe hablar de los negocios públicos y se vale de espías para que no se informen ni hablen libremente, que es el mayor limite a que puede llegar la servidumbre, y no permite que nadie proteste de los males que les afectan (…) subvierte todo el Estado, se apodera de todo por medios y sin respeto alguno por las leyes, porque estima que está exento de la ley (…) obra de tal manera que todos los ciudadanos se sientan oprimidos por toda clase de males con una vida miserable, y les despoja de su patrimonio para dominar él solo en los destinos de todos.”

Recordemos que para Mariana, cuando la tiranía ha despojado a los hombres sus propiedades, las armas para defenderse y la libertad para expresarse y tratar los asuntos públicos según sus propios criterios, ha “arrebatados todos los bienes al pueblo” y es entonces cuando ya “ningún mal puede imaginarse que no caiga como una calamidad sobre los ciudadanos”.

La forma en que pensaba Mariana que había de enfrentarse a los tiranos –y es famoso por su justificación del tiranicidio como legítima defensa, cuando toda otra vía está cerrada– empieza en la prudencia y la razón, pero al agotarlas avanza decididamente hacia el derecho a la rebelión –por los medios que sean necesarios– como veremos en la próxima entrega.

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