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La inútil mascarilla

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Creo que uno de los lugares en los que más te molestan por la mascarilla es dentro de un avión. Las aeromozas se han convertido en una especie de policías sanitarias. ¡Y es tan molesto! Dígame cuando es un vuelo largo, como uno que tomé hace dos días, de diez horas. A las tantas horas de llevar puesta la mascarilla, ya sientes que te está rebanando la oreja. ¿Y quién responde por ello?

Y es tan molesto porque es tan absurdo. La rigidez es extrema hasta que reparten lo que ellos llaman comida y ahí, entonces, son laxos. Ahí te quitas la mascarilla, tratas de engullirte el pollo recalentado que te dieron, unos tosen y a nadie le importa. Pasan diez minutos, y el covid, que al parecer también tuvo tiempo de esparcimiento, regresó. Que vuelvan las mascarillas. La aeromoza-convertida-en-policía-sanitaria pasa revista y regaña a quien no tiene puesto el bozal.

Vamos, que en un vuelo de diez horas a los noventa minutos ya nadie respeta la mascarilla. A estas alturas ya a nadie le importa. Todos se acoplan porque quieren evitar el pleito, pero a nadie le importa, porque es completamente absurdo. Todos saben que una mascarilla que te quitas para comer, que te relajas cada tanto y que seguro tienes mal puesta no te va a proteger de nada, porque además no hay nada serio de lo que se deba proteger uno.

Hablo de un vuelo como un ejemplo de lo absurdo, pero la estupidez está presente en cada espacio. Ahora cada vez que uno va a un restaurant te exigen que entre los pasillos cargues la mascarilla, pero al sentarte, a comer, te la puedes quitar. Como si el virus solo atacara a cierta altura. Uno se siente un imbécil gigante acoplándose a la bravuconería del mesonero que por primera vez en su vida se siente con algo de autoridad y entonces le dice a la gente que debe ponerse en su cara para protegerse de otra gente, como si eso fuera su responsabilidad.

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Un amigo en Barcelona me contaba que el otro día el guardia de seguridad de una discoteca le exigía la mascarilla a la gente al entrar al bar, pero no más le daban la espalda todos se la quitaban, se la guardaban en el bolsillo y más nunca aparecían. Y eso, por supuesto, lo sabía el guardia.

Te la exigen para entrar a una tienda y algunos además te piden el carnet de vacunación. Pero fuera de la tienda todos se la quitan y a nadie le importa. Te la exigen para entrar al cine, pero cuando empieza la película nadie la tiene puesta porque todos están atiborrándose de palomitas y Coca-Cola. Si una persona te está atendiendo en, no sé, ¿un banco?, debes ponértela, pero si hay comida de por medio, ¡desaparece!

Hace dos días fui a la presentación de un libro en Madrid. En la puerta estaba, por supuesto, el guardia de la mascarilla. Lo llamativo es que, al entrar, los únicos que no tenían la mascarilla eran el autor y el presentador, en la tarima, hablándose de cerca y sobre el público.

Hoy, lo absurdo es que nos sigamos sometiéndonos a que nos digan cuándo y dónde debemos utilizar la mascarilla, que claramente no sirve para nada. Y no sirve para nada porque ahí está la vacuna y si usted es pro-vacuna, como lo soy yo, debe ser el primero en estar convencido de que la mascarilla no sirve para nada.

Es un aliciente salir de un país frenético, lleno de histéricos y dóciles que se aferran a la mascarilla como a un cinturón de seguridad, y entrar a un país libre, en el que la gente se aferra, más bien, a la normalidad. El contraste es a veces tan inmediato y tan evidente que descoloca. Cuando estás en una ciudad de España, es desesperante, pero en par de horas entras manejando a, por ejemplo, Andorra, y absolutamente nadie tiene puesta la mascarilla. Lo mismo pasa si entras a Hungría o a un país de esos en los que la gente no anda pensando ya en idioteces.

La mascarilla es inútil, jamás evitó el virus y ahora no hay nada que evitar porque el virus casi no está matando. Por ahora no hay que usarla cuando no la pidan y cuando la pidan segurísimo que lo aconsejable no es acatar, sino patalear. Al menos rómpale los cojones al encargado de la tienda que se cree más poderoso que cualquier burócrata, tan inútil como las mascarillas.

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