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Capitolio Washington

La lección de mi padre

La razón por la que escribo estas líneas es que, basado en la lección de mi padre, gracias a cierto tipo de liderazgo en los momentos clave, lo peor terminó pasando.

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«¿Cuánta sangre es necesaria para la libertad?», me pregunté por mucho tiempo. Esa pregunta estuvo en mi cabeza por demasiados años luego de que mi difunto padre me dijera «para que Venezuela sea libre, hijo, tendrá que correr mucha sangre».

Viendo los últimos acontecimientos en Estados Unidos es imposible no sentir el corazón arrugado con el asesinato de Ashli Babbit a manos del Servicio Secreto americano. Ella entró al Capitolio con la turba que estaba en la marcha. No era una Antifa, no era de BLM. Alrededor de su cuello, Ashli tenía una bandera con el nombre del presidente Trump.

La razón por la que escribo estas líneas es que, basado en la lección de mi padre, gracias a cierto tipo de liderazgo en los momentos clave, lo peor terminó pasando. Y si mi padre estuviese aquí, le diría que gran parte de la sangre que corre es gracias a ellos.

Y no me refiero solo a Trump, al que alabé incontables veces merecidamente. Me refiero a toda la élite americana. Este caos es el resultado de un sistema que está al borde de la oligarquía, gracias a facciones corporativas y partidistas que se unieron para descreer en la República y destruirla. Esos mismos que desdeñan a mitad de la población que por años fue olvidada y llevada a las sombras, están hoy celebrando silenciosamente estas muertes innecesarias.

Lo peor terminó pasando. La gente que entró no se asemeja con Cristo echando a los comerciantes del templo. La gente que entró no es enviada por el Dios anti-globalista. La gente que entró estaba tomada por una ira totalmente legítima, estaba tomada por la desconfianza en el sistema político que aún persiste y que no se acabó, pero que está erosionándose. La gente que entró, entró porque no hubo un liderazgo lo suficientemente sólido y con autoridad que disuadiera a la masa de dejarse instigar por los hooligans.

La ira es legítima, la frustración también. La acción fue legítima hasta que irrumpieron en el Capitolio y comenzaron a pensar que vandalizar oficinas de congresistas sería una buena idea «para ser escuchados».

Lo más preocupante no son los que irrumpieron en el Capitolio, sino la legitimidad que la República y mitad de la población están perdiendo. Y todo esto aupado por muchos latinos cuyo legítimo sufrimiento comparto. Pero no señores, no es comparable. Estados Unidos no es un patio de tiranuelos entregado a los demonios. América sí tiene sus enemigos internos, pero por el hecho de que estén en el Congreso, no hay que destruir sus instalaciones. Eso es absurdo.

La República está constituida por las leyes que los ciudadanos deciden obedecer y exaltar, pues en ellas descansan, se desarrollan y se profundizan las virtudes que habilitaron a los ciudadanos para llevar vidas decentes. Diego de la Llave, un joven español con el que esporádicamente converso, pero cuya lucidez aplaudo siempre, escribió un artículo donde recuerda los tiempos decadentes de la Roma que una vez brilló, y cómo se asemejan al estado actual de América.

Primero las élites desgarraron sus deberes de la República en nombre del beneficio personal y la mundanidad. Después las diferencias entre las personas crecieron y se acentuaron. Las gentes, ávidas de identidad y cohesión, posaron sus esperanzas en líderes carismáticos. Estos líderes vieron que más que una condición natural del Estado, la fuerza podía ser un fin en sí mismo para lograr como sea sus objetivos políticos. Lo que pasó después no es necesario que lo diga; vayan a Roma y pasen la mano sobre sus ruinas.

Afueras del Capitolio tras las revueltas (EFE)

Esos paladines latinos de la poesía homérica que piden sangre en Estados Unidos son la otra cara más oscura de la profecía de mi padre. Seguramente no saben cuán rápido la sangre se volvía hielo y cómo el universo se tragaba tu estómago cuando se escuchaban las motos de la Guardia Nacional Bolivariana y de los paramilitares comunistas acercándose con armas largas, a los que miles pretendían combatir con madera y la «mano pelá». No lo saben, y si lo vivieron, no aprendieron nada, lo que es aún peor.

Meditando en la lección de mi padre, pienso que la sangre ha sido siempre necesaria. De cierta forma, la sangre de mi padre me hizo llegar a los ideales que atesoro tanto hoy día. Pienso también que lo que mi padre quiso decirme, con sus ojos un poco caídos, con su voz de textura reconfortante, es que el sacrificio siempre estará presente, pero nunca podemos vivir de los sacrificios ajenos. Eso solo pasó y pasará una vez nada más.

Mi padre siempre se refirió a Venezuela, no a Estados Unidos. Pensó correctamente, a diferencia de los que transforman la frustración por la pérdida de su país en una sed de sangre en otros países. Y si no es sed de sangre, sino histeria, entonces son parte de la razón por la cual perdimos nuestros países.

No me interesa a quien agrade o desagrade esta reflexión. Solo pretendo estar en paz con Dios, con mi padre, y el resto de mis muertos que viven en las lecciones que me dejaron.

Para los estúpidos que llaman a destruir América en nombre de América, al final, la sangre es barata siempre y cuando no sea la de ellos. Pena y pesar es lo que siento, pensando en que en algún momento tendré que hacer país con estas personas. Pero es el deber patriota.

So Help Me God.

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