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Libertad, significado, Roosvelt, El American

La mayor locura de los hombres es dar la espalda a su libertad

La esperanza de ampliar la libertad humana residirá en encontrar la forma viable de introducir la economía de mercado en lo económico y el orden republicano en lo político

Pone Homero en boca de la diosa Atenea un curioso reclamo de los inmortales a los mortales. Y es que para asombro de aquella tan bella como sabia diosa, la que en la Ilíada tiene por favorito entre los héroes al que puso fin de una década de guerra, no mediante la fuerza sino a través de la inteligencia en la astuta estratagema del caballo de Troya, que los hombres se empeñan en atribuir a la injusticia de los dioses olímpicos lo que no es otra cosa que el resultado de sus acciones, el canto en cuestión es:

“Es de ver cómo inculpan los hombres sin tregua a los dioses achacándonos todos sus males. Y son ellos mismos los que traen por sus propias locuras su exceso de penas”. (Homero, La Odisea, Canto I:30).

Y es ciertamente la locura de los propios hombres la que nos sigue ocasionando las peores penas. Locura, como la de dar por hecho —y por indestructible— lo que fácilmente se puede barrer en un par de generaciones.

¿Qué tan lejos estamos hoy de aquellos serviles defensores del absolutismo que en la trágica España del siglo XIX adoptaran el sincero lema de “¡vivan las cadenas!”? Pues muy poco en verdad, porque si bien es cierto que el lado más luminoso de nuestros tiempos es que gran parte de la humanidad disfruta hoy de mayor libertad personal de la que hubieran conocido nuestros antepasados durante la mayor parte de la historia, y no es menos cierto que justamente por el grado de libertad personal prevalece —aunque decreciendo en el Occidente de nuestros tiempo— es en ese mismo Occidente también —y es un lado obscuro muy lamentable— donde el orden social contemporáneo se divide entre aquellas sociedades cuya actividad política y legislativa pareciera reducirse al enfrentamiento de grupos de interés luchando por unas u otras, más o menos sutiles restricciones arbitrarias de la libertad.

Restricciones sancionadas por circunstanciales e irresponsables mayorías democráticas bajo la influencia de tan minoritarios como efectivos intereses concentrados— y aquellas otras que sufren diversos grados y tipos de totalitarismos—incipientes o consolidados— porque sus tiranos  prefieren por el placer del poder por el poder mismo, que a los de la riqueza y el privilegio producto de la influencia sobre un poder disperso. 

Así que, si bien es cierto que gran parte de la humanidad está sujeta hoy a menos restricciones arbitrarias a su libertad que en el pasado, no es muy evidente que comprendan o valoren esa libertad  la abrumadora mayoría de quienes la disfrutan (más justo sería decir que por acción y omisión hacen casi todo lo que está en su poder para ser menos libres de lo que son, con excepción de un verdadero esfuerzo), con costosos sacrificios consciente e inteligentes, por su evidente objetivo. Esto último, con poquísimas excepciones, pareciera estar afortunada y lógicamente fuera de los medios que pudieran emplear en búsqueda de un fin que desconocen conscientemente.

Tampoco es claro que sean capaces de reconocer lo extraordinario de su situación, ni se podría seriamente sostener que la mayor parte de las personas que habitan la tierra aspiren realmente a esa libertad real y posible cuyo contracara de la moneda es la responsabilidad personal. Muy por el contrario, se puede decir que añoran la servidumbre.

No nos podemos dar el lujo de olvidar que existencia misma de la civilización (un orden emergente producto de la selección evolutiva espontánea de los resultados involuntarios, impredecibles e ineludibles de acciones humanas creativas que buscaban fines propios) nos da cuenta del enorme poder de esa creatividad que en potencia se encuentra en cada cerebro humano.

Sin embargo, miles de millones de mentes creativas actuando libremente son una fuente inconmensurable de cambios imprevistos, por ende de una necesidad de adaptación constante, y en última instancia, de la incertidumbre como única certeza aparente. Negándose a ver que todo valor material, intelectual y moral ha emergido de aquello, y que sin ello no solo no surgirían nuevos, sino que se perderían poco a poco los existentes.

El hombre abrumado por la incertidumbre del futuro se empeña en una ilusión de seguridad sin futuro. Así que es débil de los primates, y el que pese a ello evolucionó socialmente hacia una civilización que le coloca, en cuanto especie, en la cima de todas las cadenas alimenticia, que ese extraordinario primate, angustiado por la incertidumbre de una civilización sin la que su existencia fuera infinitamente más incierta, se empeña en destruir la libertad de la que depende el orden civilizado y con él no solo su prosperidad presente y expectativas futuras, sino mucho, pero mucho más. 

La verdad es que seguimos hoy atrapados en un amplio camino a la servidumbre, alternándonos entre constantes, firmes, voluntariosos y celebrados avances e incidentales, ambivalentes y angustiosos, pero esperanzadores retrocesos.

Un ejemplo muy claro de ello es cómo los socialismos históricos una vez colapsados, esos donde previamente se perdieron los principios y valores de la libertad en el corazón y la mente de las mayorías, garantizando la muerte y destrucción inútil y cruel, para luego llegar al colapso final el totalitarismo socialista del caso, la esperanza de ampliar la libertad humana residirá en encontrar la forma viable de introducir, partiendo de tan movedizas y engañosas bases, un marco institucional capaz de orientar el proceso en dirección a la economía de mercado en lo económico y al orden republicano en lo político.

El hecho es que de la comprensión de la libertad prevalezca en nuestro tiempo determinará si el futuro de nuestra civilización está signado por la esperanza de la libertad o la amenaza de la servidumbre.

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