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Miguel Cabrera - El American

Miguel Cabrera, 3000 hits y el sueño americano

Miguel Cabrera es la materialización del sueño americano. Sin saber una palabra de inglés, pero con mucho trabajo duro y talento nato, salió de La Pedrera en Maracay, con un par de paradas en Miami y Detroit, directo hacia Cooperstown

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Los dos primeros recuerdos beisbolísticos que guardo hasta hoy son Roger Clemens tirándole un bate a Mike Piazza en la Subway Series del 2000 y Miguel Cabrera conectándole un home run a Clemens en la Serie Mundial del 2003 entre Marlins de Florida y Yankees de Nueva York. Admito que sólo por llevarle la contraria a mi papá, acérrimo fanático de los Yankees, decidí apoyar a los Marlins. No hubo vuelta atrás para mí: me enamoré del béisbol y el muchacho de la película, en ese momento un niño de 20 años, se volvió mi héroe.

Y cómo ha pasado el tiempo. Muchos esperaban que Cabrera tuviese una carrera maravillosa en las Grandes Ligas desde entonces. Un prospectazo firmado por 1.8 millones de dólares a los 16 años, Cabrera debutó a los 20 en 2003 con los Marlins y en su primer juego conectó un home run para dejar en el terreno a los Tampa Bay Rays. Ese mismo año le conectaría un home run a Roger Clemens en el segundo juego de la Serie Mundial, que los Marlins terminarían ganando en 6 juegos.

Pero pocos estaban conscientes de hasta qué punto cumpliría ese destino. En 2012 ganaría el MVP al ser el primer jugador desde Carl Yastremszki en 1967 en ganar la Triple Corona de bateo (líder en promedio, home runs y carreras impulsadas), algo que nadie ha logrado desde entonces. 1 Serie Mundial, 2 MVPs, 1 Triple Corona, 11 Juegos de Estrellas, 7 Silver Sluggers, 5 títulos de bateo, 502 home runs y 3000 hits después, Miguel Cabrera es uno de los 10 bateadores más completos de la historia de las Grandes Ligas. 

En septiembre, se convirtió en el 28vo jugador en llegar a 500 home runs; hoy, se convirtió en el 33ro en alcanzar los 3000 hits. ¿Cuántos han alcanzado ambas cifras? Solo 7: Hank Aaron, Willie Mays, Eddie Murray, Rafael Palmeiro, Alex Rodríguez, Albert Pujols y ahora Miguelito.

¿Cuántos han alcanzado ambos números con, además, 2 premios al Jugador Más Valioso? Miggy se une a Albert Pujols, Willie Mays y A-Rod. ¿Cuántos con 500 home runs, 3000 hits y .300 de promedio? Cabrera, Hank Aaron y Mays. ¿Cuántos con 3000 hits, 600 dobles, 500 home runs? Aaron y Pujols. ¿Cuántos con 3000 hits, 500 home runs y una Triple Corona (incluso una sabermétrica, para calmar a los amantes de la estadísticas avanzadas)? Miggy acaba de inaugurar ese club. 

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Con unos últimos 5 años cargados de lesiones, solo queda preguntarse qué hubiera sido de la carrera de Cabrera de tener mejor salud. Quizá estaríamos hablando del mejor bateador de la historia moderna del béisbol (que no haya usado esteroides), junto con Albert Pujols.

Pero para el béisbol y para Venezuela, Cabrera, es más que un cúmulo de estadísticas. Es un ícono. El mejor deportista que ha parido nuestro país–y la prueba de que el sueño americano existe.

El scout Louie Eljaua descubrió a Cabrera un 16 de enero de 1998 a sus 15 años en Maracay, cuando medía casi 1.90 pero tenía la cara de un niño de 10 años. Desde entonces, Eljaua vio una de las grandes virtudes de Cabrera: sabía usar todo el terreno. Nunca buscó forzosamente batear con poder–era una consecuencia de su técnica. Ese día, Eljaua vio el show de Cabrera bateando hacia el right field, el center, el left field. Líneas, cuadrangulares, roletazos con fuerza. Sin esfuerzo, como si usara un cheat code de PlayStation.

¿De dónde salió esta costumbre de usar todo el campo para batear? De su infancia. “Cuando tenía 7 años mi tío me decía que bateara hacia la banda contraria o diera una vuelta trotando al campo, así que bateaba a la banda contraria”, dijo Cabrera una vez a Sports Illustrated. 

Eljaua le pedía a Cabrera batear hacia la banda contraria y Miguelito depositaba una línea en el jardín derecho; si le pedía que jalara la bola, Cabrera le conectaba un home run hacia el izquierdo. Si no le indicaba nada, Cabrera partía el diamante en dos a punta de líneas. Caviar, un Caravaggio en acción.

El entrenamiento duró poco por dos motivos: Primero, porque Eljaua no necesitaba ver mucho más–inmediatamente llamó a la gerencia general de los Marlins para firmarlo. Y segundo, porque Cabrera estaba bateando con tanta fuerza que varias pelotas habían llegado a los techos, ventanas y autos detrás de la valla del jardín izquierdo. No hay que molestar a los vecinos. Ah, y no les quedaban pelotas para batear.

El scouting report de Eljaua hoy está guardado en el Hall de la Fama. Eljaua proyectaba que Cabrera tendría 70 de poder y 65 de habilidad de bateo en una escala del 20 al 80. “Sus instintos son los de un profesional veterano”, “Tiene buen balance y puede batear hacia la banda contraria”, “tiene impacto potencial como bateador de Grandes Ligas”. Y aunque Eljaua fuera optimista, se quedó corto.

Miguel Cabrera - El American
El primer scouting report de Miguel Cabrera está en el Hall de la Fama de Cooperstown (Baseball Hall of Fame)

Los primeros años de Miguel Cabrera en Estados Unidos no fueron fáciles. Se fue sin su familia y no hablaba una palabra de inglés al llegar–solo podía ordenar comida en Burger King porque se sabía el menú en Venezuela y empezó a aprender inglés leyendo el periódico.

Después de su primera temporada en las mayores –y de ganar la Serie Mundial– Miguel volvió a Venezuela y se encontró con un país que se rendía ante sus pies. Al estilo de The Beatles, las adolescentes se desmayaban al ver su rostro tostado en el que se dibujaba constantemente una sonrisa saltando al campo vistiendo el azul de los Tigres de Aragua; tenía que andar con guardaespaldas a cualquier lado. Ya no era José Miguel, el hijo de Gregoria. Era Miguelito, el muchacho de la película, el orgullo de un país entero. 

Venezuela es un país de shortstops. Aparicio, Carrasquel, Concepción, Vizquel, Guillén y pare usted de contar. Cuando mi papá jugaba pelota, todos querían ser el SS y vestir el 11 de Aparicio o el 13 de Vizquel y Concepción. Cuando Miguel Cabrera llegó a las mayores, todos querían ser tercera base y llevar el 24. 

Yo, por ser zurdo, tuve que conformarme con hacer una mala imitación de su posición de bateo: las piernas ligeramente inclinadas con el pie delantero formando un ángulo de 45 grados, el bate en alto cual lancero listo para el ataque y sus codos formando un perfecto ángulo de 90 grados que le causaría envidia al mismísimo Arquímedes.

A diferencia de los más modernos que prefieren hacer un pequeño giro sin levantar el pie delantero al momento de comenzar el swing, Cabrera generalmente lo levanta hacia adentro, mientras transfiere toda su fuerza al pie de apoyo y mantiene las caderas en balance para poder dirigir la pelota libremente al campo. Como te enseñaron a los 5 años. Si el pitcheo viene adentro, Miguel mueve el pie de apoyo y gira levemente el delantero para batear a la banda contraria.

Sabe ajustarse. Todo le sale natural. Sus compañeros se molestan con él porque muchas veces no sabe explicar cómo hace un ajuste o cómo dirige la pelota. Solo lo hace, cual don divino inefable. Ante el misterio solo cabe la contemplación y el silencio.

A Miguel ese swing le funcionó muy bien. Está de más decir que a mí, muy poco. Pero no me angustia la comparación: el swing de Miguel pertenece al Louvre porque Cabrera es The Natural de Robert Redford en la vida real.

Cabrera es la materialización del sueño americano. Sin saber una palabra de inglés, pero con mucho trabajo duro y talento nato, salió de La Pedrera en Maracay, con un par de paradas en Miami y Detroit, directo hacia Cooperstown. 

Yo escribo estas palabras entre lágrimas inescapables y un nudo en la garganta porque llegar a los 3000 hits es también sinónimo de que a Miguel le quedan pocos años. Ya no es ese niño de la sonrisa perenne que jugaba con soltura la tercera base y el left field–y yo tampoco soy ese niño que respiraba béisbol. Ahora es un veterano en un equipo joven, con las rodillas carcomidas y un pie casi irremediablemente lesionado que le han llevado a dividir su tiempo entre la primera base y el bateador designado. Yo, ahora un escritor melancólico que recuerda su tierna niñez en otra Venezuela al ritmo de los batazos de Miguel Cabrera. 

Todo milestone cumplido es agridulce porque nos asoma que se acerca el final: el último turno está por llegar. Pero hoy, todos los venezolanos, en medio de nuestro sufrimiento –ante los cuales Miguel siempre ha sido una voz poderosa en Estados Unidos– podemos sonreír con los ojos llorosos y decir: Miggy es de los nuestros.

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