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Movimiento San Isidro, Cuba, libertad

Movimiento San Isidro: el valor de la libertad

Pero ahora en la isla, la libertad ha vuelto a ganar las calles de la tierra de José Martí. El Movimiento San Isidro se ha convertido en la voz insobornable de una sociedad civil, cansada y sumida en una terrible crisis económica y social

Hubo un tiempo en que el concepto de oposición política era sinónimo de valentía y patriotismo insobornable. Hoy ya no es el caso y ese hecho se manifiesta de muchas maneras. El ejercicio de la corrección política, enemigo de la libertad, ha hecho que estos conceptos se relativicen para que pierdan su sentido original.

Sin embargo, de vez en cuando, surge una nueva generación contestaria que sorprende con nuevos ideales convirtiéndose en la chispa de rebeldía que necesitan los pueblos.

En Cuba un grupo de artistas e intelectuales independientes conocidos como Movimiento San Isidro (MSI), jóvenes comunes y corrientes que nunca antes hicieron política, ahora se lo juegan todo, incluso hasta su propia vida, conscientes de que, si no ocurre un cambio que avive y movilice a la sociedad, su país nunca saldrá del desastre al que lo han condenado los Castro.

Utilizando una estética irreverente y contestataria a través del arte y el activismo político, el MSI surgió en 2018 en La Habana para protestar contra el “Decreto 349” que el régimen se inventó para criminalizar toda expresión artística que exceda los límites del pensamiento oficial.

A pesar de los frecuentes arrestos y atropellos de todo tipo padecidos por sus miembros, el Movimiento se enfrascó desde el principio en plantear una lucha abierta y pacífica a favor de la libertad de expresión. Por solo citar un ejemplo de civismo irreductible, Maykel “Osorbo” Castillo se cosió la boca en protesta contra un interrogatorio de la policía.

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“Sin embargo, de vez en cuando, surge una nueva generación contestaria que sorprende con nuevos ideales convirtiéndose en la chispa de rebeldía que necesitan los pueblos“. (Twitter)

En su acostumbrada estrategia de intimidación, la dictadura castrista no tardó en buscar un chivo expiatorio. El pasado 9 de noviembre, el rapero Denis Solís, uno de los últimos incorporados al grupo, fue arrestado y condenado tras juicio sumario a ocho meses de prisión por supuesto delito de desacato.

Una vez más, la crueldad represiva resultó equivocada. El Movimiento San Isidro se movilizó para expresar su solidaridad con Solís.

Tras una semana de huelga de hambre para exigir la liberación de Solís, la policía política desalojó la sede del movimiento orquestando una campaña de difamación, asedio y vigilancia contra todos sus miembros.

El descontento se extendió por toda la capital cubana. Más de 300 artistas cubanos se concentraron frente al Ministerio de Cultura para exigir el cese de la censura y de los atropellos que se cometen a diario contra las libertades civiles.

Mi impresión es que, a partir de este momento, el ejemplo de San Isidro se hizo imparable y marcó un precedente histórico en un país donde no existe en la práctica el derecho de manifestación y las instituciones gubernamentales no aceptan dialogar con grupos independientes de la sociedad civil. De hecho, los expertos coinciden en que será difícil calmar a partir de ahora la rabia de los ciudadanos, acumulada durante años.

Coraje y altruismo

A raíz de la acción violenta emprendida por la policía contra los miembros del Movimiento San Isidro para desalojarlos de su sede, un grupo de periodistas e intelectuales, solidarizados con su causa, firmó el pasado 27 de noviembre el “Manifiesto 27N” en el que exigen, en el marco de una sociedad inclusiva y democrática, el “cese del hostigamiento, la represión, la censura, el descrédito y la difamación por parte de las autoridades y los medios oficiales a la comunidad artística e intelectual cubana, y a todo ciudadano que disienta de las políticas del Estado”.

Desde esa fecha, estos valientes luchadores por la libertad son hostigados por esbirros del gobierno que vigilan día y noche cada uno de sus movimientos. Casi todos han sido objeto, sin garantías legales y por etapas, de crueles interrogatorios, vejaciones psicológicas y físicas, multas, actos de repudio. Y muchos de ellos han pasado ya por procesos amañados que buscan sepultarlos en cárceles inmundas y enloquecerlos hasta el suicidio.

Pero, vacunados contra todo desaliento, es altamente inspirador ver el coraje, el altruismo, el compromiso y la unidad con que estos jóvenes se enfrentan día tras día, sin manifestar una pizca de rencor ni odio, contra sus carceleros y contra quienes están destruyendo a Cuba, ofuscados por el fanatismo totalitario y los dogmas de una dictadura comunista, aparentemente invulnerable y todopoderosa.

Por el contrario, los miembros del MSI intuyen que su lucha es cuestión de tiempo y se saben ganadores. Un optimismo sereno acompaña sus actos y cada una de sus declaraciones, convencidos de que Cuba cuenta con un enorme patrimonio social y cultural para progresar y salir adelante, una vez que el Estado de derecho reemplace a la tiranía de los Castro y retorne la libertad deseada, que no tardará mucho.

El estudio de la controversia sobre la oposición y los regímenes totalitarios permite ilustrar el desencuentro que en los últimos años han sostenidos intelectuales del renombre de Milán Kundera y Vaclav Havel, dos grandes protagonistas del movimiento reformador del comunismo checo.

En opinión de Kundera, los países pequeños no son protagonistas de la Historia. Limitados por su papel de víctimas, están condenados a convertirse en instrumentos de las grandes potencias. Resignado a aceptar esta predestinada verdad, para Kundera el intelectual no debería engañarse ni engañar a los otros, aventurándose en acciones inútiles como firmar manifiestos o cartas de protesta que a juicio del escritor checo sólo sirven para autopromoverse, o, en el mejor de los casos, autoafirmarse con una buena conciencia política.

Václav Hável creía en todo lo contrario y la vida le ha dado la razón. No hay regímenes inmutables ni potencias irrompibles. Por muy mínimo que parezca, un manifiesto, una carta, un movimiento con un puñado hombres dignos pueden ser la chispa de una corriente cívico-ciudadana que cambie el rumbo de un país.

El rol de la sociedad civil
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“Con su silencio cómplice consiguen solamente premiar a los sicarios y a un régimen que no deja la menor oportunidad para el desarrollo de una vida cultural a salvo de la vigilancia y de una política terrorista de Estado de persecución a toda forma de disidencia y de crítica”. (EFE)

¿Por qué esta nueva ola represiva? Es el método que utiliza con frecuencia la dictadura caribeña para ejercer y detentar el poder. El terror, especialmente cuando es ejercido contra personas indefensas, es la manera más manejable de inducir a la obediencia colectiva. Lo practicó el aparato represivo del régimen contra el escritor Heberto Padilla en los años 70, luego contra Gustavo Arcos, Ricardo Bofill y Elizardo Sánchez, más tarde contra Raúl Rivero, María Elena Cruz Varela y los miembros del Proyecto Varela, y así sucesivamente.

En aquellos casos, -como también sucede ahora- la represión no se puede entender como un fenómeno excepcional sino como parte de una estrategia sistemática empleada para atomizar a la sociedad civil y criminalizar las voces disidentes. Con la complicidad de las élites políticas y militares, los hermanos Castro llevan 61 años practicando esas fórmulas fascistas y sólo los encubridores podrían esperar de ellos un comportamiento distinto.

Pero ahora en la isla, la libertad ha vuelto a ganar las calles de la tierra de José Martí. El Movimiento San Isidro se ha convertido en la voz insobornable de una sociedad civil, cansada y sumida en una terrible crisis económica y social.

Enmarcados en los nuevos tipos de movilización ciudadana, Luis Manuel Otero Alcántara, Maykel Osorbo o Anamely Ramos demuestran que, aunque la resistencia sea difícil contra un régimen mafioso y sin escrúpulos, la batalla por la libertad en Cuba no está perdida. Y lo hacen bajo un propósito común: impedir que el régimen pueda ejercer la represión impunemente.

Es bueno que se entienda de una vez y por todas que en Cuba el ensañamiento llevado a cabo por la dictadura castrista no es la consecuencia del desencuentro con Estados Unidos, ni de una supuesta mafia cubana que opera desde Miami o de violaciones del código penal de ambigua definición por parte de los cubanos. Todo eso es una falacia. La represión castrista es el procedimiento de control que ejerce una camarilla desde la Isla para eternizarse en el poder.

Por este motivo, no es justo que los miembros del Movimiento San Isidro estén tan huérfanos en su lucha. Cualquier Gobierno o institución democrática en el mundo que no haya perdido la decencia y tenga un mínimo de información sobre lo que ocurre en Cuba, no debe engañarse ni engañar a nadie. Con su silencio cómplice consiguen solamente premiar a los sicarios y a un régimen que no deja la menor oportunidad para el desarrollo de una vida cultural a salvo de la vigilancia y de una política terrorista de Estado de persecución a toda forma de disidencia y de crítica.

Ahora que el Movimiento está en el camino de conseguir sus reivindicaciones, es deber de quienes queremos que Cuba vuelva a ser libre, mantener la presión internacional para que sus integrantes y la sociedad civil cubana tengan la oportunidad de hacer realidad su proyecto libertario.

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