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Muerte, corrupción y desesperación: así es el infierno del Darién que miles de venezolanos cruzan a diario para llegar a EEUU

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El American alteró el nombre de 3 de las 9 personas consultadas para realizar este reportaje

“No lo hagan. Por favor, no lo hagan. No le deseo este infierno ni a mi peor enemigo”.

Hace una semana, Juan llegó a Eagle Pass, Texas. Viajó con su esposa y sus dos niñas pequeñas. Pensaba que no lo lograría, pero hoy, desde Estados Unidos, entre lágrimas, dice: “Lo logramos. Cruzamos el infierno y llegamos al cielo”.

“Pero no lo hagan”, insiste Juan. “No vale la pena. Mis niñas no merecían esto. No crucen el Darién”.

Pero la gente lo hace, pese a que el Tapón del Darién, como también se le conoce, es una de las selvas más espesas del mundo y, en consecuencia, más peligrosas. Abarca las regiones fronterizas de Panamá y Colombia por lo que atravesarla es obligatorio para quien busque viajar entre ambos países por tierra.

Miles siguen cruzando el Darién, aún cuando todos han escuchado los horrores de la selva y el infierno que se vive. Cruzan por montones. Solo entre enero y agosto de este año han cruzado más de 102 mil personas, según información de las autoridades colombianas. De acuerdo con un informe de UNICEF, publicado en julio, alrededor de 500 personas empiezan el viaje a diario.

“Miles estamos cruzando, es cierto, pero no sale la misma cantidad que entra a la selva”, acota Juan. Él lo vio con sus propios ojos: rutas llenas de cadáveres. Cuerpos en descomposición. Restos humanos. Algunos dentro de bolsas plásticas, envueltos por los indígenas de la zona.

“Sí, yo vi un cuerpo de una mujer. Estaba boca a bajo a la orilla de un río. Yo no quise ver bien, pero mis compañeros me dijeron que estaba con un bebé, que también estaba muerto”, cuenta Iván Pernía a El American. Hoy habla por teléfono desde el aeropuerto de Houston. Ya lleva varias semanas en Estados Unidos y él, a diferencia de Juan, no se arrepiente.

“Valió la pena”, insiste. “Estoy en el mejor país del mundo”.

Estas son las historias de Juan, de Iván, de Isaías y de Sol. Son sus historias, pero reflejan el drama y la tragedia que padecen aún hoy miles a diario. Motivados por la ilusión del sueño americano, ponen en riesgo su vida; y retan su cuerpo y su mente para enfrentar uno de los pasos fronterizos más peligrosos y mortales del mundo.

No todos sobreviven. Ellos lo lograron y ahora cuentan su historia.

Venta de lo robado

El viaje empieza en Necoclí, en la costa colombiana, a unos 800 kilómetros al noroeste de Bogotá, la capital. Ahí se agolpan los migrantes a la espera de unas lanchas que los llevarán a Capurganá, también Colombia y el pueblo más cercano a la frontera con Panamá.

Las lanchas que zarpan de Necoclí son legales, a diferencia de las del resto de viaje. Los migrantes deben comprar tiquetes de ida y vuelta, a $50, para que nadie sea acusado de tráfico de personas. En Capurganá, el tono es otro. La corrupción es palpable. Es una tierra sin autoridad del Estado. En cambio, todos lo dicen, con plena seguridad: “La autoridad ahí es el Clan del Golfo”.

El Clan, el grupo narcotraficante más importante de Colombia, coordina absolutamente todo en Capurganá. Todos los migrantes que llegan al pueblo deben pagar servicios innecesarios y a precios absurdos. A todos los obligan a pagar los servicios de un guía por la selva, que realmente no sirve para mucho. En Capurganá, los migrantes, de acuerdo a su presupuesto, deciden dónde empezar el viaje. Algunos arrancan la caminata por la espesa selva desde el pueblo, y otros pagan un poco más para agarrar unas lanchas que lo lleven a Carreto, una playa en Panamá controlada por indígenas y desde donde los migrantes se ahorran al menos 4 días en la selva. Esta ruta fue la que tomó Iván.

“Debimos pasar varias noches en Capurganá, esperando que no hayan autoridades panameñas que puedan detener las lanchas que llegan a Carreto”, le dice Iván a El American.

CAPURGANÁ (COLOMBIA) – Migrantes de diversas partes del mundo saludan a su llegada al municipio de Capurganá (Colombia). EFE/ Mauricio Duenas Castañeda

Las lanchas, ya ilegales, tienen un valor completamente subjetivo. “Cobran de acuerdo a las nacionalidades”, cuenta Iván. “A nosotros los venezolanos nos cobran poco. Unos $250 por llevarnos a Panamá”. Pero a Iván una cubana le dijo que había pagado $1000 por el viaje. Y un par de rusos, que también viajaron con él, tuvieron que pagar $5000. “Ya con los rusos se pagó el viaje de todos aquí”, le dijo el capitán de la lancha a Iván.

Isaías, de 42 años, es discapacitado auditivo desde los 6 años. Habla bien, considerando su condición y puede leer los labios. Para él, el viaje implicaba retos adicionales. Trabajaba en un hotel en la calurosa ciudad de Maracaibo, al occidente de Venezuela, pero apenas ganaba dinero. No aguantó y viajó a Bogotá.

No tenía intenciones de cruzar el Darién. Desde Bogotá iba a agarrar un vuelo a Costa Rica, desde donde viajaría hasta Estados Unidos. Pero estando en Bogotá se enteró de que ahora Costa Rica también exige visa a los venezolanos.

Hasta hace un año la mayoría de los que cruzaba la selva del Darién eran haitianos, cubanos o africanos. Ya no. El grueso de la población que cruza lo representan los venezolanos. Las estimaciones, por encima, es que más del 70% de quienes cruzan huyen de la tragedia de Venezuela. El aumento considerable del flujo se debe a que, desde hace varios meses, todos los países centroamericanos exigen visa a los venezolanos.

“Para que tengas una idea estimada. Anteriormente quienes cruzaban típicamente el Darién eran de Cuba, de Haití, de Colombia o incluso de África. Ahora, por cada cubano cruzando el Darién, lo hacen aproximadamente unos 12 venezolanos”, dice a El American el comisionado de la secretaría general de la Organización de Estados Americanos (OEA) para la crisis de refugiados, David Smolansky.

Uno de los primeros países en sumarse a la exigencia de visas fue México, presionado por el Gobierno de Joe Biden para evitar que los venezolanos viajasen por avión para cruzar la frontera sur de Estados Unidos. Costa Rica también fue presionado por la Casa Blanca y, finalmente, en febrero de este año, se sumó a otros países como Belice, Honduras, Nicaragua, Guatemala, Panamá y El Salvador. Mientras, Biden afirma en público que no deportará a los venezolanos que entren irregularmente a Estados Unidos.

“El problema de disuadir a las personas para que no vengan a Estados Unidos es parte de un fallo profundo de nuestro sistema migratorio. Como las personas no tienen opciones legales significativas, el sistema crea un mercado negro de contrabandistas y coyotes que se encarga de traer gente desesperada sin alguna posibilidad legal de migrar”, explicó a El American el abogado migratorio Hassan Ahmad.

Isaías cuenta: “Cuando me enteré de que para entrar a Costa Rica pedían visa yo ya tenía mi pasaje. Ahí decidí regresarme a Venezuela, pero un amigo me insistió en que continuara. Fue cuando me habló de que algunos venezolanos estaban cruzando la selva del Darién”.

“Yo no sabía lo que estaba haciendo”, dice, “yo jamás había escuchado hablar del Darién”.

Isaías, como Iván y casi todos los que emprenden el viaje, viajó desde Medellín en un autobús hacia Necoclí, donde tomó la lancha hasta Capurganá. A diferencia de Iván, Isaías arrancó la caminata desde el pequeño pueblo pesquero colombiano, controlado por el Clan del Golfo.

Trayecto a través del Darién saliendo desde Capurganá o desde Carreto. (El American).

“Al primer guía le pagamos $180 por persona. En el grupo había cubanos y haitianos y de otros países. El viaje duró siete días, yo llevé atún enlatado, caramelos, galletas saladas, pero después de 4 días ya no me quedaba comida. Los últimos 3 días sobrevivimos tomando agua del río. Ahí no hay nada, no hay señal y no hay donde conseguir comida. A las 6:30 de la tarde empieza a oscurecer y no se puede continuar. El grupo era como de 30 personas y dormíamos en carpas. Había incluso una muchacha con 5 meses de embarazo. A las 6 am salíamos a caminar, entonces se caminan 12 horas al día. Es muy fuerte”, cuenta Isaías.

Cuando Isaías cruzó el Darién, todo el trayecto era improvisado y rústico. No es que se haya hecho más sofisticado. La selva jamás dejará de ser tan mortífera como lo es hoy. Pero, por más absurdo que sea, se ha alzado una economía informal a partir de la explotación del drama de los migrantes. Una economía sometida, por supuesto, a la voluntad de las bandas criminales de la zona. Sol, una venezolana de 36 años que cruzó el Darién, fue testigo de esa economía.

“Íbamos caminando y aparecieron varios encapuchados armados, disparando al aire. Íbamos un grupo de más de 100 personas. Nos pidieron que nos arrodilláramos y nos dijeron: ‘Aquí no hay negociación. El que se quiera ir, debe pagar $100 cada uno’. Tuvimos que dar la plata para seguir caminando”, cuenta Sol.

Migrantes en su camino hacia Panamá por el Tapón del Darién (Colombia). EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda

Para embellecer la trágica experiencia, algunos locales, en complicidad con los grupos irregulares, mercadean el paso por el Darién como una experiencia extrema y apasionante que el mismo Earl Shaffer habría amado disfrutar. Ya no es solo el sueño americano lo que debería de motivar al migrante, sino la aventurera voluntad de vivir una experiencia que le podrán contar a sus nietos con orgullo. Al final, todo es mentira.

Algunos locales, como si dirigieran alguna reputada agencia de viajes, ofrecen ‘paquetes’ que cuestan alrededor de $3700 o $4000 y cubren todo el viaje, desde Venezuela hasta Estados Unidos: los migrantes pagan traslados, los sobornos a las policías fronteriza de cada país, el salvoconducto y la estadía en hoteles pequeños y discretos para cada etapa del viaje. Los paquetes también incluyen los servicios de un guía “comprometido con la vida de los clientes”. Una ruta alternativa evita el Darién: pagando $5000 el migrante puede llegar en avión a la isla de San Andrés y, de allí, tomar una lancha hasta las costas de Nicaragua. El trayecto no es menos peligroso.

Como se esperaría, al final todo es una estafa. El American habló con varios migrantes que denunciaron engaños y robos. Les dicen que, al pagar, podrán acampar en el Darién con todas las comodidades. Les prometen señal telefónica, espacios para cocinar y baños con privacidad.

“Todo es mentira. Yo pagué $3000. Al empezar, nos dieron utensilios de comida y nos prometieron que íbamos a tener lugar donde acampar, con comodidades. A las horas de caminar nos robaron todo. Luego el guía se perdió”, cuenta una migrante que le pidió a El American que no mencionara su nombre.

“Luego fue que nos dimos cuenta de que lo que te entregan o puedes comprar al inicio del viaje, en un lugar que parece un mercado persa, realmente son las cosas robadas a los migrantes que también compraron antes”, agrega.

David Smolansky dijo a El American que ha recibido denuncias puntuales de algunos casos de estafa. Pero los robos no son puntuales. “A los migrantes les roban sus pertenencias. Y con pertenencias me refiero a todo: sus documentos, su comida e incluso la ropa. Algunos migrantes han tenido que cruzar desnudos la selva”.

En el Darién la gente deja de ser gente

Al llegar a Carreto, Iván empezó el viaje a pie. Fueron cuatro días caminando por la selva más cruel que se puede imaginar. El peso de la naturaleza contrasta, también, con su belleza. Carreto era la playa más bella que muchos habían visto. Virgen, paradisíaca, que sirve como preludio de una jungla insoportable, feroz, donde viven los animales que te pueden matar o los humanos que también te pueden matar.

Porque en el Darién la gente deja rápido de ser gente. La deshumanización es un proceso paulatino al que se va sometiendo uno a uno. Nace la crueldad y prima el instinto. No lo logra quien ayuda, sino quien olvida.

“Me sorprendió ver a un joven con su madre, ya anciana”, cuenta Iván. “En un punto la madre se enfermó, ya era una carga, y el joven le pagó a otra persona para que se quedara con la anciana. Luego me enteré de que esa persona también la abandonó”.

Es usual ver cómo parejas se desprecian mientras andan por la selva. Se gritan, se acusan; y entre los grupos hay desconfianza. “A mí me robaron la billetera”, dice Iván. “Me quedé sin mis documentos”.

Iván cargaba dólares en efectivo, pero nunca los sacó por temor a que otros en su grupo vieran cuánta plata llevaba. Tampoco tenía la plata en un solo lugar, sino distribuida entre su equipaje, su ropa y su cuerpo. Por eso, cuando le robaron la billetera, no se quedó sin nada.

(PANAMÁ), 23/08/2022.- Fotografía del 14 de agosto de 2022 que muestra Guacamayas azul y amarillo sobrevolando la selvática provincia de Darién (Panamá). EFE/ Bienvenido Velasco

El sonido de los niños llorando y gritando aturde. Antes de arrancar el viaje, en Capurganá, desde un altoparlante les dicen a las familias que mantengan a sus niños callados, porque las fieras de la selva podrían aparecer.

“No sé si sea verdad que puede aparecer un animal y matar a un niño por escucharlo llorar. Pero lo que sí escuché yo es que una vez un padre ahorcó a su hijo que no había dejado de llorar en cuatro días”, cuenta Juan, tragando grueso, a El American.

Los niños de la selva

¿Cómo no va a llorar un niño sometido a una de las selvas más crueles del mundo? ¿Cómo no va a llorar un niño que camina descalzo sobre el lodo y la basura? Un niño que ve cadáveres, que nunca deseó nada de lo que le está pasando y que no tuvo voz cuando sus papás, un día, decidieron que cruzarían el Darién.

“Por eso yo insisto. No vale la pena. Mis niñas no merecían esto”, retoma, entre lágrimas, Juan.

Iván vio muchos niños, más de lo que hubiera deseado ver. “El llanto de los niños se escucha en todos lados”, recuerda. A veces no sabes si realmente hay niños llorando o es la mente, ya confundida. El grito es permanente y acosa.

“Yo llevaba caramelos, pero nunca los usé. Se los di a unos niños”, dice Iván. “Regalé todo, de hecho. Hasta mi carpa se la di al final a una familia”.

Isaías también vio muchos niños. Por ejemplo, en su grupo había una señora con sus dos hijas. Tenían alrededor de 11 y 12 años.

“Muchas veces escuchábamos ruidos y el guía nos mandaba a hacer silencio porque no se sabía si era un animal, otro grupo de gente, o ladrones que te podían robar o matar. El guía nos insistía mucho en que camináramos rápido. Recuerdo que presionaban mucho a la señora con sus dos niñas. En un punto las perdimos porque se quedaron muy atrás. Luego nos enteramos: violaron a las dos niñas y a su mamá”.

Smolansky, de la OEA, le contó a El American tres casos aterradores que involucran niños: “El primero es el de una pareja que viajaba desde Venezuela. Tenían una bebé. Salieron de Venezuela porque al padre lo secuestraron y ya no aguantaban. Decidieron cruzar el Darién. La madre fue abusada sexualmente en la selva y él tuvo que aceptarlo. Si intentaba impedirlo, lo mataban a él, a su esposa y a su bebé. Justo antes el hombre había sido testigo de cómo mataron a un haitiano por tratar de impedir que violaran a su hija”.

El segundo caso del que Smolansky tiene registro es el de la muerte de una niña de diez años. Y, por último, el asesinato de un niño de 6 años por parte de grupos irregulares. El caso fue noticia.

“La Defensoría del Pueblo de Panamá y el Sistema Nacional de Fronteras informaron que un menor de seis años fue asesinado en territorio de ese país, en el sector de Tres Bocas, tras cruzar el límite con Colombia”, se lee en el diario El Tiempo.

La muerte

“Ese lugar huele a muerte”, dice Sol. “Yo, gracias a Dios no vi ningún muerto, mi primo sí, pero se siente el olor a muerte”.

Desde que en febrero de 2022 miles de venezolanos empezaron a cruzar el tapón del Darién en busca del sueño americano, las portadas de los diarios en Venezuela están colmadas de personas que han muerto en el camino.

Al menos 18 venezolanos muertos han sido reportados en la selva, mientras que hay 76 desaparecidos. Sin embargo, la cifra de fallecidos puede ser mayor, alertan las autoridades, porque muchos cuerpos no han podido ser identificados.

Migrantes en su camino hacia Panamá por el Tapón del Darién (Colombia). EFE/ Mauricio Dueñas Castañeda

Marine Castellano de 26 años murió en febrero de un golpe en la cabeza cuando la arrastró la corriente de un río. Giovanni Pardo murió de un paro cardíaco en abril a tres horas de llegar a un campamento, hacia el final del trayecto. Merimar Paola Gómez, de 35 años, tardó 13 días en cruzar el Darién, pero falleció un par de días después en Costa Rica de un infarto.

“Ella estaba en mi grupo. Se fracturó la pierna en el camino”, cuenta Isaías a El American, “ella se había ido con su esposo, su mamá, dos hijas y un bebé de meses. Se quedó con su mamá atrás mientras su esposo siguió con sus hijos. Pero en Costa Rica le dio un infarto porque sufrió mucho cruzando y estaba deshidratada”.

“De mi grupo no murió nadie. Gracias a Dios”, dice Sol. “Pero a mi primo se lo llevó el río y tuvo que avanzar con un grupo completamente distinto y vio muchos muertos”.

Del grupo de Iván sí murió un joven. Era obeso y murió de un infarto “subiendo una montaña”. “Era la montaña de La Llorona”, acota Iván. El joven no pudo mantener el ritmo del grupo.

La Llorona, una loma hostil y muy empinada que requiere horas para poder cruzarla, se ha cobrado la vida de muchos de los migrantes. Para el momento de atravesar la montaña, ya los migrantes llevan días en la selva. Es, casi, el último tramo. La última prueba antes de respirar, tranquilo, por haber sobrevivido al Darién.

“El tramo de La Llorona es muy difícil. Bajarlo es duro. Es muy inclinado, de puro barro. Demasiado agotador. Ahí donde muchos se desmayan o mueren infartados. Hay partes en las que subes o bajas agarrándote de una cuerda de yute. Pero, si te llegas a resbalar, te quemas. Por eso es bueno llevar guantes”, explica Iván.

Subiendo la montaña el joven del grupo de Iván se desmayó. Su cabeza cayó en el barro y murió de un infarto.

Justo antes de llegar a la loma, Iván tuvo que atravesar el borde de un pequeño acantilado, de varios metros, que es letal. La gente lo atraviesa en fila, con cuidado, porque quien cae no lo cuenta —uno de los del grupo de Iván perdió una uña al atajar a su niño a punto de caerse. De hecho, algunos testimonios hablan de que en el fondo del acantilado se ven varios cadáveres. Fue ahí donde Iván vio el cuerpo de una mujer que, según sus compañeros, también estaba con un bebé muerto.

“Y, luego de atravesar la montaña de La Llorona, pasé el momento más difícil de todo el viaje. Me perdí. Fueron 4 horas horribles. Una pesadilla. Fuimos varios los que nos perdimos, de hecho, y la desesperación es insoportable”, cuenta Iván.

Sin embargo, gracias a que Iván viajó en lancha desde Capurganá hasta Carreto, pudo esquivar uno de los puntos más peligrosos de todo el viaje a pie. Su nombre no deja espacio a las interpretaciones. La Montaña de la muerte, una loma empinadísima e inclemente que devora a quien la atraviese. Es el paso que los migrantes temen más en su viaje por el Darién.

“Se supone que atravesarla toma 8 horas. Pero no sé. No me acuerdo. En un punto pierdes el sentido y no sabes cuánto tiempo ha pasado. El reloj te indica. Pero yo llegué hasta a desconfiar de la hora y la fecha”, cuenta Juan a El American.

Fue en la Montaña de la muerte donde Juan vio dos cadáveres. Uno, descompuesto, exponía los huesos del cráneo. Aunque es raro encontrarse cadáveres que lleven días sin que alguien los retire. Normalmente los indígenas de la zona los cubren de plástico y los reubican, nadie sabe dónde. Según Iván, “los indígenas los esconden. No quieren que la gente los vea o que la gente sepa de cuántas personas mueren. No les conviene”.

Sobre capas de basura

Sol, quien empezó el viaje a pie desde Capurganá, sí tuvo que atravesar la Montaña de la muerte. Viajó junto a su pareja, su primo y su sobrino. “Casi perdemos la vida. Vi una serpiente. Nosotros nos quedábamos atrás, los hombres siempre iban adelante. Yo iba con problemas en las rodillas”.

A Sol, los guías y quienes le prometieron un viaje controlado desde Capurganá le aseguraron que el trayecto solo duraría tres días. Pero Sol estuvo casi 8 días en la selva y al tercero, mientras bajaba la Montaña de la Muerte, se quedó sin comida.

Enfermó. A los pocos días empezó con fiebre y malestar estomacal. Por las noches temblaba y sudaba. Casi todos se enferman. Los migrantes están expuestos a condiciones severas, que pesan tremendamente.

“Son temperaturas extremas. Frío en las noches, calor y humedad en el día. Reptiles venenosos. Contaminación. Tu vida está expuesta de muchas maneras”, dijo David Smolansky a El American.

Y, en cuanto a la contaminación, Iván precisa: “Es de las peores cosas. El impacto ambiental que hay debe ser terrible. Hay tramos donde solo se pisa basura. En un punto nosotros tuvimos que acampar en una zona en la que la mayoría acampa, y el piso estaba cubierto por capas de basura”.

Iván llevó agua, pero cuando se le acabó tuvo que utilizar pastillas purificadoras para hidratarse. Los manantiales están casi al final del trayecto. Antes, es pura basura. La gente entra a la selva con bastante equipaje y se va desprendiendo de él en la medida en que avanza. No es que no sea necesario, es que pesa. Es que, eventualmente, todo es una carga. Iván andaba con tres mochilas, y tuvo que dejar dos mientras subía la montaña de La Llorona. El paso es inclemente y toca andar lo más ligero posible.

Por supuesto que Iván también enfermó. Tuvo fiebre, un resfriado inflexible que no lo abandonaba. “Sentía el pecho demasiado apretado. Cuando logramos superar el Darién, mi cuerpo se fatigó por completo. No tenía fuerzas. Al final vomité, pasé días sin apetito”.

Juan cuenta que vio a una mujer, anciana, en una camilla improvisada y rústica. La llevaban por el río al que todos llaman Río Bravo, que a veces se puede pasar caminando y otras toca nadando. Ese día, afortunadamente, no había llovido. Y la anciana pudo pasar en la camilla.

Estaba enferma. Se había desmayado poco antes, según le dijeron a Juan. En la camilla improvisada, hecha de palos, estaba dormida, Juan dice que inconsciente. Él no sabe qué fue de ella, pero aún le faltaban al menos tres días para llegar al primer campamento.

El campamento

El Abuelo no es un mito, pero luce como un mito. Los migrantes hablan de él desde que empiezan el viaje a pie y, verlo, es como un espejismo. Está, pero es como un oasis en el medio del desierto. Luego de 4, 5, 10 o hasta 13 días en la selva, un campamento en el que venden comida y bebidas frías es un sueño inverosímil.

Pero El Abuelo no es solo el campamento. También es «el abuelo», un viejo indígena esquelético y muy bajito. Él dirige el primer campamento con el que se encuentran todos los migrantes luego de sobrevivir al infierno de El Darién. Son apenas unas carpas y algunas chozas indígenas. Una pequeña bodega y una cocina, donde unas mujeres indígenas venden, a unos precios absurdos, algunas bebidas y comidas.

“La Coca-Cola a 10 dólares”, le dice la indígena a un migrante. “Los pancitos a 2 dólares cada uno”.

El abuelo no habla con nadie, pero pasea entre las carpas y las chozas, verificando que todo esté en orden. Es un viejito, pero el mote de abuelo, aunque trate de enternecerlo, no lo logra. Su mirada es severa, y dirige las operaciones del oasis que le avisa a los migrantes que lo lograron.

“Lloré. Yo lo que hice fue largarme a llorar”, cuenta Juan. “Abracé a mis dos niñas y les dije que habíamos superado la parte más difícil del viaje”.

Cuando Isaías superó la selva, lo primero que hizo fue llamar a su hermana. “Después de 7 días llegué a Panamá”, cuenta, “llamé y lloramos”.

Isabel, la hermana de Isaías, le pregunta en la llamada si lo volvería a hacer. Si lo recomendaría. Si valió la pena. “Jamás. No. No volvería a cruzar”, respondió, Isaías, con firmeza. “Es mucho el trauma”.

El American habló con Isabel, quien contó el momento: “Él no se comunicaba. Lo que hacía era llorar y llorar. Lo vi muy flaco y quemado. Tenía una herida en la frente, de cuando se resbaló. Estaba lleno de ampollas”.

“Yo no sé cómo lo logré”, dice Isaías. “Yo solo pensaba en mi mamá y mi papá, que están en el Cielo y le pedía a Dios que me sacara de ahí”.

El Darién, aunque dura más de una semana, representa la primera etapa de un trayecto que puede extenderse por más de un mes. Por supuesto que la meta no es un campamento indígena en las entrañas de Panamá, pero, luego de lo vivido, superarlo es un triunfo. Un triunfo imposible de medir o calcular.

Al final, no todos lo logran. Y, quien lo logra, exhibirá cicatrices el resto de su vida.

“Lo que viví no lo voy a olvidar jamás”, insiste Juan.

Smolansky recoge la conclusión de la mayoría de testimonios que ha escuchado: “Todos describen al Darién como el infierno en la tierra. Creo que no hay denominación más acertada”.

Lo que Isaías, Iván, Sol y Juan vivieron los marcó. Sobrevivieron, y no recomiendan el viaje.

“Pienso igual. Luego de todas las historias que he escuchado, mi llamado responsable a cada uno de los migrantes es a que lo evite. Porque después pueden no contarlo”, dijo Smolansky.

Smolansky precisa que entiende que, a veces, el migrante no puede elegir. “La mayoría de los que huyen de un régimen como el venezolano no pueden decidir cuándo o cómo hacerlo. No tienen muchas opciones y deben arriesgarse por su familia. Pero, honestamente, recomiendo que eviten esto”.

Y las autoridades no hacen lo suficiente. El American trató de conversar con funcionarios de la gobernación de Antioquia, donde queda Necoclí, y la mayoría fueron esquivos o remitieron a la información pública que hay.

Iván Pernía sí denunció en El American el maltrato por parte de las autoridades panameñas: “En el campamento de El Abuelo hay varios policías panameños y yo vi cómo golpeaban e insultaban a algunos migrantes”.

“Les pegaban e insultaban y buscaban que pelearan”, dice Iván. Era como un circo. Los policías buscaban que los migrantes se golpearan entre sí, para ellos divertirse. Risas a partir del sufrimiento de quien huye y solo quiere vivir bien.

Al respecto, Smolansky dijo: “Creo que se puede hacer muchos más esfuerzos entre el Gobierno de Panamá y el de Colombia para mejorar la situación y promover una migración segura, regular y ordenada. Puede haber más esfuerzos en combatir a las bandas criminales que se dedican al tráfico de personas”.

Pero no. Un migrante, que pidió el anonimato, le dijo a El American que es imposible que toda la corrupción no tenga el respaldo de los gobiernos locales. Al final, la cantidad de plata que fluye es masiva. A algunos el viaje les cuesta menos de mil dólares, pero otros terminan dejando miles de dólares en la selva. Algunos se están enriqueciendo y dependen de que el drama se mantenga intacto. De que miles sigan huyendo. De que miles persigan el sueño americano.

DARIÉN (PANAMÁ) – Migrantes son vistos en un campamento donde se reúnen personas procedentes de diversos países, hoy en Darién (Panamá). EFE/ Carlos Lemos

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Luego de que los registran en el campamento de El Abuelo, los migrantes deben tomar unas canoas a motor en las que viajan hasta el campamento de las Naciones Unidas en Panamá. De allí, arrancarán su viaje por Centroamérica hasta la frontera norte de México. En el trayecto, muchos atravesarán infiernos peores del que vivieron en el Darién.

El viaje apenas arranca en Panamá. Falta mucha corrupción y humillación por vivir. Pero vale la pena, piensan algunos. Otros, tajantes y sin pensarlo, lo dicen: “Ni lo intenten”.

El Darién, mientras, sigue ahí. Inerte ante el dilema de quienes aspiran a ser libres y prósperos, pero atento a recibir a los miles que lo intentan todas las semanas. A recibirlos y, a otros, devorarlos.

Este artículo es la primera parte de una serie de dos artículos sobre la travesía que siguen los venezolanos que buscan el sueño americano desde el infierno del Darién, hasta cruzar el Río Grande.

Orlando Avendaño is the co-editor-in-chief of El American. He is a Venezuelan journalist and has studies in the History of Venezuela. He is the author of the book Days of submission // Orlando Avendaño es el co-editor en Jefe de El American. Es periodista venezolano y cuenta con estudios en Historia de Venezuela. Es autor del libro Días de sumisión.

Edgar is political scientist and philosopher. He defends the Catholic intellectual tradition. Edgar writes about religion, ideology, culture, US politics, abortion, and the Supreme Court. Twitter: @edgarjbb_ // Edgar es politólogo y filósofo. Defiende la tradición intelectual católica. Edgar escribe sobre religión, ideología, cultura, política doméstica, aborto y la Corte Suprema. Twitter: @edgarjbb_

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