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Nancy Pelosi: menos crispación y más lealtad democrática

Es evidente que la conducta de Nancy Pelosi la incapacita para desempeñar su cargo de presidente de la Cámara, en el que debe exigirse sobre todo cualidades como ecuanimidad, imparcialidad y rigor

A Donald Trump y a Nancy Pelosi no les pagan para que sean amigos o se celebren uno a otro las bromas, pero los estadounidenses sí tienen derecho a que esta pública enemistad entre ambos no entorpezca sus responsabilidades de Gobierno, por el bien del sistema democrático.

Para la prensa progresista, en Estados Unidos solo crispa la derecha conservadora, y sobre todo Trump. Sin embargo, durante su más de año y medio como presidenta de la Cámara de Representantes, Pelosi ha practicado una estrategia de linchamiento contra el mandatario estadounidense, con el nada disimulado propósito de anularlo políticamente.

Las artimañas de Nancy Pelosi son de sobra conocidas, sin que por ello haya conseguido disminuir su incapacidad para desmarcarse de la condición de ser una de las líderes peor valoradas en el país, como tampoco remontar la escasa simpatía que le profesan sectores muy amplios de la sociedad norteamericana.

La obsesión por orquestar un juicio político contra el presidente, planteado casi desde el inicio mismo de la legislatura por el Partido Demócrata y liderado por Pelosi y la mayoría parlamentaria que la sostiene en el Congreso, han amenazado con destruir la unidad y convivencia del país. De forma irresponsable, dilatando y enturbiando los procedimientos y abusando de la buena fe de los ciudadanos y de las garantías que rigen en un Estado de derecho, los demócratas se han embarcado en un desafío sin precedentes al poder ejecutivo, responsabilizando de su origen a la derecha.

Procesos fraudulentos, acusaciones contra Trump de cometer “soborno” en la trama ucraniana, desidia demostrada en debates como la negativa a la aprobación de los paquetes de estímulo o la reciente propuesta hecha con alevosía y nocturnidad de formular un proyecto de ley que permita al Congreso intervenir bajo una enmienda de la Constitución para retirar al presidente de sus labores, mientras éste se recupera del coronavirus, desacreditan a quienes orquestan esta estrategia vengativa e irresponsable, con el único interés de convertir el Congreso en una caverna ideológica. Es la vieja táctica del populismo: soliviantar al contrario y, a continuación, pescar en río revuelto.

Todos los días, la diputada demócrata elige un tema contra Trump y lo acomete, sin importarle el precio político que su partido o los ciudadanos tengan que pagar por ello. Desde cualquier tribuna -incluso desde la misma casa de todos los estadounidenses-, insulta a los republicanos, descalifica al presidente, desautoriza a los jueces, minimiza las protestas -cuando proviene de la izquierda radical-, e inventa de manera victimista complots en su contra.

US Speaker of the House, Nancy Pelosi, Democrat of California, arrives for her weekly press briefing on Capitol Hill in Washington, DC, on October 22, 2020.
Alex Edelman / AFP
Los excesos políticos de Pelosi

Para la crónica del exceso político quedarán sus salidas de tono y sus comportamientos erráticos y controversiales. Pocas veces se ha visto un caso más irrespetuoso de utilización de los poderes públicos con fines partidistas que el protagonizado por Pelosi, tras romper una copia del texto de Donald Trump durante el discurso del Estado de la Unión en el Congreso en Washington. Pero no ha sido el único.

No importa que sus referencias de hemeroteca o el documento que cite no tenga un origen verificable. Las contradicciones del discurso de Pelosi son tan grotescas que ya ni siquiera desde el sector intelectual del partido hacen el más mínimo esfuerzo para disfrazar sus numerosas carencias intelectuales. Todo vale. Como cuando anunció que las supuestas acciones de Donald Trump en la controversia de Ucrania eran más alarmantes que las del presidente Richard Nixon, quien renunció por el escándalo de Watergate.

Su ofensiva para deslegitimar al ejecutivo de Trump es una cortina de humo para que el Partido Demócrata y sus líderes encubran sus debilidades y contradicciones. Así hay que entender cómo despreció los recientes históricos acuerdos con los que Israel se propone normalizar sus relaciones diplomáticas con Emiratos Árabes Unidos y Bahrein o las sanciones impuestas por Trump a China, calificadas por Pelosi como una “distracción” para encubrir la gestión del brote de coronavirus por parte del presidente.

Lo preocupante no es generar debates espurios, sino intoxicar a la opinión pública para criminalizar a las instituciones y a las personas.

La epidemia del Coronavirus y el confinamiento excesivo -llevado a cabo en algunos estados demócratas- ha sido esgrimida sin matices por la presidente de la Cámara para rentabilizar la reputación política de su bancada, utilizando para ello la dura situación de millones de norteamericanos en beneficio propio y llegando a acusar a Trump de dedicarse al juego mientras la gente muere de coronavirus en EE.UU.

Los discursos del rencor y las descalificaciones continuas del adversario han encontrado además en los medios de comunicación leales al Partido Demócrata, el caldo de cultivo apropiado para retroalimentarse y potenciar su carga de rabia y desprecio por Trump y su ejecutivo.

Pero el mayor y más reciente error de la campaña de Nancy Pelosi y los demócratas, marcada por la violencia verbal y la radicalidad sin matices, ha sido amenazar con utilizar la 25 Enmienda para destituir al presidente por incapacidad para cumplir sus obligaciones durante su padecimiento de Coronavirus. No es la primera vez que tensiona la Ley Suprema, ejerciendo alevosamente las competencias que la propia Constitución confiere al Poder Legislativo, Pelosi también acusó a Trump -sin aportar pruebas consistentes- de haber “violado gravemente la Constitución” y de utilizar el poder en función de su “propio beneficio político a expensas de la seguridad nacional” durante la trama de Ucrania. Un ataque personal, desmedido y falaz, que no contribuye precisamente a serenar el ambiente y a desbloquear la operatividad del Congreso.

Es compresible que en la dialéctica política los contrincantes dramaticen los fallos y errores del adversario mientras minimizan los propios. Pero la sociedad norteamericana está cansada de esta estéril conflictividad entre el presidente y la élite del Partido Demócrata.

Quizá haya llegado el momento de corregir esta excesiva crispación y también la retórica descalificante de algunos congresistas partisanos, quienes parecen instalados en la farsa de aparentar llegar a acuerdos por un lado e incendiar provocativamente los ánimos por otro.

El presidente Donald Trump ha sido exonerado de los cargos en el impeachment. Ese resultado insta al Partido Demócrata a desarrollar una oposición responsable, lo que significa preservar la integridad del debate público -sobre todo en épocas de elecciones- y facilitar la gobernabilidad a quien cuenta con el respaldo mayoritario de los representantes de la soberanía popular.

Es evidente que la conducta de Nancy Pelosi la incapacita para desempeñar su cargo de presidente de la Cámara -eje de la vida política e institucional del país- en el que debe exigirse sobre todo cualidades como ecuanimidad, imparcialidad y rigor.

En esas circunstancias, la confusión ideológica y el modelo de confrontación en el que se han apoyado los demócratas hasta el momento con toda probabilidad podría desmovilizar a sus votantes y alejarlos de la posibilidad de llegar a la presidencia del país.

El pueblo norteamericano debe ser consciente de que a la Casa Blanca no aspira un partido de diversidad progresista, sino un grupo de líderes extremistas que se han apropiado de esta formación para liderar una revolución disfraza de civismo y dinamitar la convivencia democrática.

En las próximas elecciones está en juego el modelo político de las libertades individuales sobre un entendimiento compartido del bien común. Una forma de vida que valora el trabajo, la emprendedurismo, el servicio a la comunidad y el amor a la patria. En este modelo político no se valora a las personas por su origen racial ni por sus países de origen. Todos son norteamericanos.

Frente a ello, Nancy Pelosi, arrodillada ante las exigencias de los radicales, propone un modelo revolucionario multiculturalista o de marxismo cultural para intentar derrocar los pilares del Estado de derecho. Su aspiración: edificar una comunidad de víctimas oprimidas por el hombre blanco, sobre la base del resentimiento y del odio. Por tanto, EE.UU. se enfrenta al reto de ser gobernado por una alianza de oportunistas cuya única meta es eliminar todo lo que se parezca a conservadurismo legítimo.

La crítica al poder político es un elemento consustancial al sistema democrático, mientras esté condicionada a normas que permitan no traspasar los límites entre el reproche y el agravio personal. De la estrategia de la crispación solo sacan beneficio los enemigos de las instituciones y los golpistas de la democracia que buscan una división irreconciliable tanto entre los partidos como entre los ciudadanos. Por eso, cuando el extremismo radical llama a la puerta no es hora de malgastar el voto.

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