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Panamá, un país rico que convulsiona

Panamá, un país rico que convulsiona

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Nos preocupaba que cerraran la vía hacia el aeropuerto, como había ocurrido dos días antes. Las personas que iban a viajar entonces tuvieron que bajarse de los carros y caminar kilómetros hasta el Aeropuerto Internacional de Tocumén, para poder volar. Afortunadamente era de noche y después de las seis de la tarde las protestas que se han tomado Panamá no son tan fuertes.

Desde el 6 de julio de este año el país centroamericano sufre una ola de protestas, casi sin precedentes, que ha paralizado a gran parte a la sociedad. Un poco volátil, con días más intensos que otros, desde hace más de dos semanas no hay un solo día en el que decenas de personas no salgan a la calle a gritar consignas contra el Gobierno.

Un país rico

Es difícil de entender. Panamá es uno de los países más prósperos del continente americano y es el más rico de Centroamérica. Su PIB ($14,500) es considerablemente mayor al de Costa Rica ($12,500), una nación reconocida por su prosperidad y estabilidad, y hasta tres o cuatro veces más que el del resto de vecinos.

Según datos recogidos por EFE, la pobreza de Panamá es baja con respecto al resto de países centroamericanos. En Costa Rica ronda el 27 %; mientras que en países como El Salvador, Honduras y Guatemala está en 22,8 %, 73 % y 60 %, respectivamente. En cambio, en Panamá es del 12,3 %.

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Su skyline es reflejo de esa prosperidad. Rascacielos, hoteles opulentos y lujosísimos centros comerciales que sobresalen en una bahía que, quien ha estado en Singapur, la compara con la del país asiático. No por nada Panamá se lleva el apodo de “la Miami de Centroamérica”.

Pero igual hay frustración. Y es palpable, casi incómoda, incluso para el turista que es ajeno a las cuestiones locales.

Un país frustrado

Emilio, un taxista, nos contaba indignado: “¿Cómo es posible que yo me tenga que matar para ganar unos $800 al mes y un funcionario público gane hasta $15 mil? Aquí son muy pocos los que se reparten la plata”.

En una bodega en el Mercado de Mariscos, en la capital, una mesera nos decía: “Me vine de Nicaragua porque pensaba que como aquí hay mucha plata iba a ser más fácil, pero ha sido todo lo contrario. No es fácil conseguir trabajo, los salarios son bajos y todo es carísimo. ¿Puedes creer que un solo tomate te cuesta $2?”.

Quien andaba conmigo, bromeó: “Con $2 te compras un kilo de tomates en Colombia”.

La gente está molesta. No son miles los que están en la calle, pero unas decenas bloquean las vías principales y es ahí cuando el resto se ve afectado, pero se ajusta y lo asume. Quien no puede transitar, de alguna forma, comprende a quien le impide transitar.

Un día íbamos en un taxi, atravesando un barrio de bajos recursos. En eso, unas diez personas, algunos descalzos y con la ropa rota, salieron corriendo a la calle, pegando gritos y la bloquearon con varios conos de tráfico. “¡Abajo los corruptos!”, gritó un joven delgado. El resto sonreía. No nos querían dejar pasar, hasta que el conductor del taxi bajó su ventana y le dio un dólar a un chico.

El taxista nos dijo: “Que sigan protestando, pero que nos dejen pasar. La verdad es que este país está jodido”.

Es difícil saber quién está detrás de los que cierran las vías. Hoy muchos grupos se han sumado al alzamiento contra el presidente socialdemócrata Laurentino Cortizo.

El 6 de julio el sindicato de profesores empezó a protestar en la pequeña ciudad de Santiago de Veraguas, a 250 kilómetros al oeste de la ciudad de Panamá. Desde entonces, las manifestaciones se han propagado por todo el país, y otros grupos sociales, como el sindicato de la construcción, llamado Suntracs, y los grupos indígenas, se han sumado.

Ya con la participación de los indígenas y los constructores liderados por el comunista Saúl Méndez, las protestas han cogido otro color y se han vuelto más radicales e insurgentes. Aunque en Panamá muchos coinciden con los motivos de las protestas, también son muchos quienes disienten de las formas.

“Cuando te bloquean todo el día nos afecta es a nosotros. Y la gente no puede hacer nada. El otro día iba una mujer embarazada en una ambulancia y no la dejaron pasar. Hay límites”, me dijo un taxista. Una mujer de la clase alta panameña coincide: “Al principio tenían razón, pero la han perdido. Perdieron el norte y se diluyó completamente la intención de las manifestaciones”.

Panamá, un país rico que convulsiona

NATÁ (PANAMÁ), 22/07/2022.- Fotografía hoy de camiones bloqueados durante una protesta de docentes y camioneros en la carretera panamericana, en el sector de Natá, provincia de Coclé (Panamá). EFE/ Bienvenido Velasco

En concreto, los panameños protestan porque su valiosa estabilidad y prosperidad económica se ha visto interrumpida y hoy se alza la sensación de un país en crisis.

Escribe Mary Anastasia O’Grady en el Wall Street Journal: “Panamá no es diferente a la mayoría de las economías emergentes del mundo luego de la pandemia del COVID-19. El cierre de la economía ordenada por el Gobierno en 2020 llevó a la quiebra de un gran número de empresas y obligó a otras a reducir su personal. El desempleo supera el 10 % y muchos han tenido que recurrir a la economía informal para alimentar a sus familias. Los precios del combustible y los fertilizantes se han disparado, al igual que el coste de los alimentos y los medicamentos”.

Un país desigual

Una expresión que siempre surge en las discusiones con quien sea en Panamá (sea pobre, de clase media o rico), es la de que “Panamá es uno de los países más desiguales del mundo”. Y no es mentira. El mismo skyline que servía como reflejo de la prosperidad te habla de ese contraste tan obsceno: los rascacielos y los hoteles de lujo son rodeados por barriadas de edificios consumidos, mal pintados, donde se hacinan familias pobres. El casco histórico de la ciudad, donde se concentran algunos de los apartamentos más costosos de toda la región y donde confluye la vida nocturna y culinaria, está rodeado por barrios idénticos a los que se ven en ciudades destruidas como La Habana.

El historiador de la Universidad de Florida, Carlos Guevara Mann, le dijo esta semana a la BBC que “los analistas más agudos llevamos años advirtiendo que la prosperidad solo alcanza a un minúsculo segmento de la población, mientras la mayoría se empobrece”.

En el índice Gini, que precisa la desigualdad, Panamá tiene 0,498. Está muy por encima del promedio mundial y es uno de los más altos de todo el continente americano. Asimismo, la informalidad del país es altísima, más del 60 %, debido a la rigidez de un mercado laboral protegido y hostil para el extranjero.

“En Panamá hay una clase media importante. No creo que sea correcto decir que la riqueza solo se concentra en pocas manos. Lo que ocurre es que el que tiene mucho, tiene muchísimo. Y el que tiene poco, tiene muy poco. Hay una gran diferencia entre la clase rica y la clase pobre en Panamá. Hay una clase media que es robusta, pero que cada vez tiene menos poder adquisitivo”, me dijo el periodista y reconocido locutor de radio en Panamá, Gonzalo Lazzari.

“Hay una gran diferencia entre pobreza y desigualdad. La gran parte de la economía de Panamá se desarrolla en la capital. Cuando nos salimos de la capital, hay demasiadas zonas que no están desarrolladas, ni por la empresa privada ni por el Estado. Ahí es donde uno ve la ausencia del Estado”, contó Lazzari.

CIUDAD DE PANAMÁ (PANAMÁ), 19/07/2022.- Fotografía del barrio de Boca La Caja y los edificios de Punta Pacífica, el 9 de julio de 2022, en Ciudad de Panamá (Panamá). Lujosos edificios o amplias y modernas casas se levantan al lado de barriadas precarias o asentamientos improvisados. EFE/ Bienvenido Velasco

Un país temeroso

El aumento del costo de la vida en Panamá, que provocó las protestas, obligó al Gobierno a reaccionar. Por las manifestaciones controladas por los sindicatos, indígenas y líderes sociales, el presidente Cortizo convocó a rondas de diálogo que devinieron en el congelamiento de los precios de la gasolina y, luego, en su reducción —de más de $5 por galón, el Gobierno lo bajó hasta $3,25—.

Asimismo, Cortizo anunció subsidios a alimentos y reducción del gasto. Durante las rondas de diálogos, mediadas por la Arquidiócesis Católica de Panamá, se acordó el control de precios de la comida y las medicinas, aumento del gasto en la educación y el subsidio de la electricidad.

El Gobierno ha cedido, pero los manifestantes no se han replegado. Ya son varios días desde que en las mesas de diálogo han prosperado acuerdos, y las protestas se mantienen intactas. Los maestros de las escuelas públicas, por ejemplo, siguen en la calle, o en paro, impidiendo que los niños más vulnerables vayan a clases —y a los maestros les siguen pagando el salario—.

Panamá es un país extraño y complejo. La capital, una urbe alta, moderna y próspera, se alza sobre calles agrietadas, descuidadas y con infraestructuras deterioradas. Grandes avenidas y autopistas, que llevan a calles con un desagradable y molesto cableado. Regiones sin internet o luz, mientras que el mármol define el hall de rascacielos y hoteles. Es un país que luce en construcción, y que ha provocado la idea de que solo unos pocos disfrutan lo que debería de ser para todos.

Quizá la súbita prosperidad, innata a un país que es uno de los pocos paraísos fiscales del mundo, ha provocado ese crecimiento voluble y dispar que incomoda a tantos. Al final hay que considerar que Panamá y su capital, la Ciudad de Panamá, funcionan bajo una república liberal bastante joven. Este boom que ha convertido al país centroamericano en un centro financiero y económico, donde los más ricos van a refugiar su patrimonio, es de apenas unos pocos años.

“Hace treinta años no teníamos nada de lo que vemos hoy. Y estas grandes avenidas y paseos, estos grandes edificios, apenas se construyeron hace unos ocho años o menos”, me dijo el mesonero de un costoso restaurante en Multiplaza, un centro comercial que cobija a tiendas como Chanel, Carolina Herrera o Louis Vuitton.

Hasta hace poco Panamá era otro país centroamericano, muy caribeño, que dependía del Canal de Panamá —que desde que es del Gobierno les deja a los panameños millones de dólares en ingresos—. Hoy, junto al Canal de Panamá, los capitales que entran atraídos por la flexibilidad fiscal del país representan los mayores activos.

La gran preocupación, a propósito de estas históricas protestas, es hacia dónde va el país. Si el rumbo actual es el adecuado, y si pudiera desembocar en el fantasma que ha acosado al resto de la región y del que Panamá, hasta ahora, se ha salvado: los regímenes populistas de extrema izquierda.

SANTIAGO DE VERAGUAS (PANAMÁ), 21/07/2022.- Dos personas caminan frente a un mensaje durante una protesta, en Santiago de Veraguas (Panamá). EFE/ Bienvenido Velasco

Un país a la deriva

Varias de las personas con las que hablé plantearon que, junto a la desigualdad, el mayor problema de Panamá es la corrupción. Sin embargo, es inminente que Ricardo Martinelli, quien fue presidente entre 2009 y 2014 y a quien le atribuyen los años dorados de la democracia panameña por el innegable boom económico que se vivió bajo su Gobierno, vuelva a ser presidente al triunfar en las próximas elecciones presidenciales el 5 de mayo de 2024.

Martinelli es uno de los políticos panameños más acusados de corrupción. Hoy enfrenta muchos retos legales, sobre todo después de que fuera extraditado desde Estados Unidos en junio de 2018 por un caso de espionaje ilegal a opositores políticos.

Odebrecht, que por la trama de coimas que se armó en todo el continente se ha tragado a varios presidentes o expresidentes, le ruge en el cuello a Martinelli. Dos hijos del expresidente están detenidos en Estados Unidos a propósito de la corrupción de Odebrecht.

La corrupción es incómoda y también ha servido como combustible de las protestas, pero la mayoría de las personas quieren que resucite el Panamá boyante de hace diez años. Al final, ha sido la economía mermada y volátil la que ha impulsado a los manifestantes y la que hoy arma una tormenta perfecta de la que aún no sabemos qué vaya a provocar.

En el Wall Street Journal, O’Grady plantea la posibilidad de que las manifestaciones, encabezadas por líderes de izquierda explícitamente comunistas y que proponen la redistribución de la riqueza y acabar con el actual “modelo económico neoliberal”, terminen deviniendo en el surgimiento de una alternativa de extrema izquierda que persuada a los electores, hoy frustrados.

“Los panameños están asqueados por un sistema en el que los poderosos se llenan de privilegios, pero se niegan a buscar soluciones reales a los problemas, como la desregulación del mercado laboral y el proceso de importación de medicamentos”, escribe Mary Anastasia O’Grady.

Según la periodista del Wall Street Journal, “ya hemos visto esta película, desde Venezuela a Chile y más recientemente en Colombia“.

“Cualquier intento de bajar la tensión con controles de precios y subsidios es, en el mejor de los casos, una venda adhesiva. Sin reformas estructurales destinadas a restablecer la credibilidad, la democracia panameña está en grave peligro”, continúa O’Grady.

Es cierto que entre su clase política no vaga el fantasma del populismo de extrema izquierda, por lo que algunos afirman que jamás se impondrían ideas extremistas en un país que le debe su crecimiento a los capitales, sobre todo extranjeros. Varias personas me comentaron que aspiran a que se acorte la desigualdad y a que se acabe la impunidad con los corruptos, pero nadie plantea el debate ideológico. Apenas son algunos activistas los que hablan de socialismo y neoliberalismo, como los líderes de las protestas, pero cuyas palabras no encuentran eco entre la población.

Sin embargo, tampoco hay espacio para la ingenuidad. Es el momento de los oportunistas, que ya deben estar listos para saltar y clavar los colmillos. La clase política está desprestigiada, y es este desprestigio el preámbulo necesario para que surjan los caudillos que prometan acabar con todo lo establecido.

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