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Terror, Porno, Feministas

Las películas de terror son porno para feministas

Alimentan todas las paranoias y prejuicios que tienen las feministas. Son la sublimación de todas sus fantasías, la confirmación de su relato. El heteropatriarcado, la maternidad y la familia son la fuente de todos los horrores.

El cine de terror es tan antiguo como el propio cine. Ya en 1896 se realiza la considerada como primera película de terror, La mansión del diablo de George Méliès. Al igual que con el huevo y la gallina, no está claro si este género refleja los miedos de la sociedad o si son estas películas las que dictan cuáles han de ser los temores de cada época.

Lo que sí parece evidente es que según la década y el contexto histórico hay un subgénero dominante, así como un grupo de directores o empresas productoras que se erigen como referentes de este tipo de historias, que sirven de catarsis para afrontar los miedos del momento.

Aunque estos miedos luego hayan resultado ser fundados o infundados, no es casual que el género empezara a despuntar en la Alemania de entreguerras en los años veinte y treinta, con obras encuadradas en el “expresionismo alemán” como Nosferatu (1922) y Faust (1926), ambas de F. W. Murnau; o las obras de Fritz Lang, M (1931) y El testamento del Dr. Mabuse (1933). Se trata de películas angustiosas que tienen lugar en entornos empobrecidos, de los que surge algún monstruo malvado, pero, a la vez, de alguna manera digno de cierta simpatía o compasión.

En la década de los treinta también arranca la primera oleada de películas de miedo americanas, que se prolonga hasta la década de los cuarenta. Los monstruos de Universal Pictures fueron los reyes de la época. Drácula (Tod Browning, 1931) es un misterioso y encantador hombre de Europa del Este que se cuela en la oscuridad para matarnos o convertirnos en vampiros, al que los crucifijos y el agua bendita pueden detener.

La alegoría política y religiosa también es evidente en Frankenstein (James Whale, 1931), en la que un científico osa sustituir a Dios creando vida y, en vez de conseguir un “hombre nuevo” perfecto, acaba engendrando un monstruo. De El hombre lobo (George Waggner, 1941) resulta llamativo que en alemán “Adolf” signifique “lobo”. Si bien todo esto es subjetivo y está sujeto a distintas interpretaciones, se puede detectar una conexión entre el contexto histórico y las historias de terror que van predominando.

En las décadas de los cincuenta y los sesenta, en plena Guerra Fría, despuntan las películas relacionadas con el pánico a las catástrofes, la bomba atómica y el espacio exterior. La guerra de los mundos (Byron Haskin, 1953), Godzilla (Ishiro Honda, 1954), La invasión de los ladrones de cuerpos (Don Siegel, 1956), La bestia de otro planeta (1957), El hombre con rayos X en los ojos (Roger Corman, 1963) y La noche de los muertos vivientes (George A. Romero, 1968) son claros ejemplos de obras fruto de la paranoia hacia lo nuclear, las mutaciones y las invasiones.

En los años setenta, justo después del Verano del Amor y Mayo del 68, el cine de terror empieza a verse impregnado de la segunda ola del feminismo, el conflicto racial y el cuestionamiento de la familia tradicional y del “sueño americano”. Se percibe el auge de lo paranormal con películas de casas encantadas, posesiones diabólicas y fantasmas que siempre amenazan a una familia. La semilla del diablo (Roman Polanski, 1968), El exorcista (William Friedkin, 1973), La profecía (Richard Donner, 1976), Terror en Amityville (1979) o El resplandor (Stanley Kubrick, 1980) son historias muy conocidas sobre la destrucción de la familia tradicional.

En los años ochenta y noventa prevalece la figura del psicópata asesino en serie, de los que por cierto la Unión Soviética decía carecer por ser, según ellos, «consecuencia de la decadencia de las sociedades capitalistas». Esto queda muy bien reflejado en un telefilm sobre el Carnicero de Rostov, Ciudadano X (HBO, 1994). Por citar algunos ejemplos de este género “slasher”, tenemos a los míticos Michael Myers, Freddy Krueger, Jason Voorhees, Hannibal Lecter o Candyman. La sangre fluía muy gráficamente en estas películas estrenadas durante los tiempos del SIDA.

En los inicios del nuevo milenio, todo el mundo pudo ver por sus pantallas de televisión los terribles atentados del 11-S. En esta misma década se daba la explosión de los vídeos a través de la Internet. En las películas más exitosas del género terrorífico en los años 2000 el terror provenía de una pequeña pantalla o monitor. El proyecto de la bruja de Blair (Daniel Myrick y Eduardo Sánchez, 1999) y The ring (Gore Verbinski, 2002), comenzaron esta tendencia; alcanzando su apogeo en la saga iniciada por Paranormal activity (Oren Peli, 2007), primer gran éxito de la productora Blumhouse.

El tándem formado por Blumhouse Productions y el director James Wan han dominado apabullantemente el mundillo del horror de esta última década, y han escrito el relato de los miedos de nuestros tiempos: la ideología de género, la teoría crítica de la raza e ideas izquierdistas en general. Cabe preguntarse si pretenden advertir del peligro de esta ideología o si bien tratan de justificar y validar los miedos del izquierdismo radical. Lo cierto es que son responsables de superéxitos como Insidious (James Wan, 2011), La purga (James DeMonaco, 2013), Expediente Warren: The conjuring (James Wan, 2013) y Get out (Jordan Peele, 2017).

No solo han creado todo un universo cinematográfico con incontables secuelas y múltiples conexiones entre sus películas, sino que además han resultado ser una gran influencia para numerosos realizadores que imitan su estilo y replican sus temas recurrentes, siendo en su mayoría películas con fuerte temática feminista protagonizadas por mujeres. Entre otras destacan The Babadook (Jennifer Kent, 2014), It follows (David Robert Mitchell, 2014), Still/Born (Brandon Christensen, 2017) y Hereditary (Ari Aster, 2018).

Terror, Porno, Feministas

Por lo general, estas películas plasman ideas de izquierda y, en particular, a la hora de caracterizar a las mujeres, alimentan todas las paranoias y prejuicios que tienen las feministas. Son la sublimación de todas sus fantasías, la confirmación de su relato. El heteropatriarcado, la maternidad y la familia son la fuente de todos los horrores.

Casi siempre, el personaje del hombre blanco heterosexual encarna al mal demoníaco en sí mismo. Otras veces solo es representado como un alcohólico, machista y maltratador. Si el personaje tiene la suerte de ser un tipo normal y decente —quizás solo un poco micromachista—, hacen que contribuya a que se agraven y prolonguen los ataques paranormales que sufre la mujer.

Al poner en duda las experiencias esotérico-demoníacas que solo su mujer y los espectadores pueden ver, está imponiendo su privilegio masculino. Al explicar que sería conveniente llamar a un psicólogo en vez de a una médium, el hombre le está haciendo mansplaining y victim shaming a la oprimida protagonista. Si se antepone la lógica y el pensamiento racional a los sentimientos y los “mambos místicos”, no se está lo suficientemente deconstruido y liberado de su masculinidad tóxica heteronormativa.

Al final, por supuesto, se confirma que todos los poltergeists que se han podido ver gracias a los efectos especiales, eran reales. La mujer siempre tuvo la razón y la solución a todas las desgracias paranormales acaecidas hubiera sido un simple “yo sí te creo, hermana” a tiempo. Parecen auténticas películas porno para feministas.

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