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Perú: una sociedad que eligió el comunismo sin disfraz

Perú, El American

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Continuamos con esta serie de artículos Disparo al pie: Los síntomas de una América Latina enferma”. Luego de habernos adentrado a algunas de las características comunes que constituyen un guion a implementar en los países donde la izquierda gana, repasaremos algunos casos concretos, sobre todo más recientes, para entender de qué va esto. Hoy, el segundo capítulo de la serie va dedicado a Perú, quizás una de las experiencias más dramáticas y desastrosas de la región.

Después de una controvertida elección, llena de dudas y de rumores, Pedro Castillo, el candidato de la izquierda, se impuso por un pequeño margen a la candidata Keiko Fujimori, identificada como la representante de la derecha y sectores de centro en el país. Apenas 44,000 votos hicieron vencedor a Castillo, quien logró esa victoria de apenas 50.12 % a partir de un discurso populista que reivindicaba un proyecto comunista, basado en el marxismo-leninismo y que declaraba su admiración por la revolución cubana. La tragedia de su elección, sin embargo, no es esa, sino que la mitad de los peruanos hayan decidido elegirlo aún sabiendo lo que Castillo representaba, porque nunca lo ocultó. Es decir, la mitad de la sociedad peruana se aventuró a elegir presidente a alguien que sin ningún tapujo siempre dijo que era comunista. ¿Cómo fue posible esto?

Tomaría mucho tiempo remontarnos a las causas profundas de esa decisión aventurada y costosa para los peruanos. Sin embargo, basta con ver las heridas de un país que antes de Castillo y en los últimos cuatro años tuvo cuatro presidentes -tres de ellos en un año-, para entender que la inestabilidad política se convirtió en un signo latente gracias a la corrupción y al desgaste de una clase política de donde no pudo escapar ni siquiera eso que allá llaman “la izquierda caviar”. Lo paradójico es que esa inestabilidad política, en buena parte de signo reciente, venía acompañada de un crecimiento económico sin precedentes que había logrado posicionar muy bien al Perú en los últimos años.

Muy pocos se habían atrevido a cuestionar el modelo económico peruano, insertado en profundas reformas liberales que abrieron el país al libre mercado y a un crecimiento que, a pesar de la desigualdad, disminuyó la pobreza de manera importante. No obstante, ese modelo era una herencia de la era de Fujimori en los 90, algo que para la izquierda más retrógrada siempre fue un enemigo a vencer, pues representaba el “neoliberalismo”. Ciertamente, del gobierno de Fujimori mucho puede cuestionarse y criticarse, incluso condenársele por sus prácticas que poco o nada de democráticas tenían, pero enrumbó a su país, en materia económica, hacia lo que luego fue un gran impulso. Evidentemente, el costo de hacerlo fue muy alto y nada justifica que el poder arremeta contra la gente, pero lo cierto es que el modelo quedó sembrado, casi de manera similar a lo que había pasado en Chile y el modelo heredado durante la transición, después de la era Pinochet, y que logró hacer de ese país –a pesar de su dictadura– una posterior gran referencia democrática y de desarrollo. No son narrativas aisladas y fueron muy bien utilizadas por la izquierda para hacerse con el poder, como iremos viendo más adelante.

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Nadie cuestionaba el modelo económico y quien lo hacía, sufría las consecuencias. Ni siquiera Ollanta Humala mantuvo su proyecto inicial, pese a que durante su primer intento de llegar a la presidencia se alió con Hugo Chávez. De hecho, alejarse de la aventura izquierdista y reivindicar la economía peruana, lo hizo llegar al poder posteriormente. Las intenciones de la izquierda peruana hasta entonces eran similares a los de la izquierda en toda la región: llamar a constituyentes, expropiar de los medios de producción, dar poder popular, etc.

Esas propuestas apenas generaban eco, pero sí recibieron mucho rechazo, algo que había logrado mantener al Perú lejos del giro a la izquierda que la región había dado a partir del año 1999 con la llegada de Chávez al poder. Pero ¿qué cambió con Pedro Castillo?

Castillo supo valerse de su imagen sindicalista y de origen popular y humilde, como un maestro con un símbolo de lápiz, para conectar con un Perú más allá de las grandes ciudades y de la costa. Además, con un discurso revanchista y resentido, supo exacerbar el hastío de una sociedad que siempre había defendido un modelo de desarrollo, pero que estaba cansada de ver cómo ese modelo hacía que la corrupción y el poder se pasearan por el palacio de gobierno a cada rato.

Se impuso la imagen de que el Perú estaba mal precisamente por ese modelo y que era hora de darse cuenta. Buscaban generar la sensación de que su economía liberal no funcionaba y había que darle paso a algo más. El manejo de la pandemia contribuyó a ese salto al vacío. Perú se jugó a una aventura, arriesgando todo y haciendo creer que el país vivía en dictadura por su modelo económico.

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Así, Castillo logró imponerse en el límite a una Keiko Fujimori que, a pesar de su popularidad, era más presa la manipulación de sus adversarios y de los fantasmas del pasado y del presente. No se le percibía como una alternativa genuinamente defensora de un modelo de libertades donde lo económico no es suficiente.

A esto se unió la articulación de toda la izquierda regional, que veía en Pedro Castillo la oportunidad del arrebato de una de las joyas de la corona en América Latina que no había logrado ser tomada. El Foro de São Paulo celebraba que uno de los suyos -y de los más ortodoxos- llegaba al poder. Lamentablemente, el resultado está a la vista.

Perú atraviesa su peor inflación en 12 años, mientras el gobierno de Castillo solo ha mostrado inestabilidad y desastre. Nombramientos fuera de cualquier institucionalidad o credencial, partidización de las instituciones para favorecer su figura, escándalos de corrupción, violencia y un sinfín de tramas, rodean al mandatario que ha estado ya cerca de ser “vacado”. En el Congreso todavía se le puede hacer frente y hasta sus propios congresistas han empezado a abandonarlo.

Ciertamente, la figura de la “vacancia”, como institución de juicio político, es una línea roja para cualquiera que se atreva a ir muy lejos, aunque muchos cuestionen su existencia por favorecer la inestabilidad política. El éxito de medidas como esas es su uso oportuno y decidido, no como amenaza, sino como verdadera defensa de un modelo que hoy ve en el Congreso su salvación, pero nadie sabe hasta cuándo.

Castillo ya ha iniciado una cruzada por una constituyente que le permita abolir cualquier contrapeso real a su poder. Aunque de manera turbulenta y sin éxito en su primer intento, no se dará por vencido, así como no lo ha hecho intentando incidir en el nombramiento del Tribunal Constitucional, entrometiéndose en la justicia; ambas características mencionadas en el primer artículo de esta serie.

El presidente tampoco ha escatimado en dividir a la sociedad, polarizarla con enemigos inexistentes, fomentar la censura y persecución a los medios, promover la xenofobia contra los venezolanos, unirse a aliados geopolíticos muy peligrosos y acudir a la idea de la “democracia popular” para justificar sus andanzas con la excusa de las mayorías. Es el guion.

Hoy, buena parte del Perú, incluso la que votó por Castillo y que no es parte precisamente de las zonas urbanas, se lamenta de haberlo votado. Ese arrepentimiento puede que sea tardío, porque Castillo nunca ocultó cuál era su plan. La gente votó comunismo, sin eufemismos ni mentiras, y está padeciendo en tiempo real y de manera acelerada sus consecuencias. La sociedad es responsable por decidir dispararse al pie, queriendo una aventura que los llevara a algo distinto. Ahora no saben si podrán salir de ella. También es un mensaje a la clase política, que debe ser más audaz, más consciente y más directa en lo que cree, sin miedo a las etiquetas. Esa clase política es responsable del hartazgo y del no ofrecimiento de soluciones reales a la gente, basándose en los valores en los que se creen.

Por suerte -y por esfuerzo- todavía hay algunas señales de esperanza que podrían detener a tiempo el desastre. En el Congreso hay voces firmes y valientes que están haciendo todo para evitar que Castillo y el modelo que representa, llegue más lejos. Alejandro Cavero, Adriana Tudela, entre muchos más, son apenas algunos nombres de los que están haciendo hasta lo imposible para lograrlo. También en octubre habrá elecciones en la ciudad de Lima y será clave que los sectores de centro y de derecha logren una victoria que impida que Castillo les arrebate la capital.

Los saltos al vacío son muy costosos y mucho más cuando la apuesta es encontrar mejor a lo que existe, sabiendo que la alternativa jamás conducirá a eso. El Perú decidió hacerlo votando a “Perú Libre”, y ahora va en caída libre. ¿Logrará salvarse?

Disparo al pie” es una serie de seis artículos de Pedro Urruchurtu para El American

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