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Alianza del Norte, El American

¿Puede una nueva Alianza del Norte detener a los talibanes?

A pesar de los miles de millones en armamento americano que Biden les donó en la base aérea de Bagram y otros puestos militares abandonados, una Alianza del Norte recién reformada podría ser una fuerza de contención

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Afganistán es un país profundamente arraigado y multiétnico. Está histórica y culturalmente dividido. Esta puede ser la clave de la salvación del país. Los talibanes componen, monolíticamente, un solo grupo tribal, los pastunes. En las guerras civiles de Afganistán de los siglos XX y XXI, la etnia ha desempeñado un papel fundamental. Cuando Estados Unidos lanzó la Guerra contra el Terror, la coalición tribal no pastún, conocida como la Alianza del Norte, facilitó las primeras victorias americanas. Hay una buena razón para ello. La Alianza del Norte desprecia el Gobierno talibán ¿Puede una nueva Alianza del Norte detener a los talibanes? 

Hay cerca de dieciocho nacionalidades étnicas que componen Afganistán. Cada una de ellas tiene su propia lengua y sus costumbres y patrimonio tribales ancestrales. Los cinco grupos principales constituyen la mayoría. Los pastunes constituyen aproximadamente el 40 % de la población afgana. Los tayikos, el segundo grupo étnico más poblado, representa entre un 30-35 % aproximadamente. Los hazaras son el 10 %; los uzbekos el 9 % y los turcomanos el 3%.  Salvo los hazaras, que son musulmanes chiítas, la mayoría de los afganos son suníes. 

Los talibanes son 100 % pashtunes y de fabricación extranjera. Fueron construidos en su totalidad en Pakistán, por el Ejército pakistaní a principios de los años ‘90, para mantener un papel influyente en los asuntos de Afganistán. Esta rivalidad histórica entre el apoderado pakistaní que son los talibanes y las otras tribus musulmanas no marxistas, se está desarrollando en estos momentos, aunque uno no se daría cuenta dada la escasa cobertura mediática que está recibiendo la noticia. 

A 78 millas al Norte de Kabul se encuentra el Valle de Panjshir, un bastión de la oposición talibán. Dos líderes tayikos se han enfrentado con valentía al regreso del fundamentalismo talibán al poder. Amrullah Saleh, primer vicepresidente de Afganistán desde febrero de 2020, ha ejercido su autoridad legal en virtud de los artículos 60 y 67 de la Constitución afgana de 2004 y se proclamó presidente interino el 17 de agosto, tras la huida del presidente Ashraf Ghani. Saleh tuiteó ese día: “De acuerdo con la Constitución de Afganistán, en caso de ausencia, fuga, dimisión o muerte del presidente, el vicepresidente se convierte en presidente interino. Actualmente me encuentro en mi país y soy el legítimo presidente interino. Me dirijo a todos los líderes para asegurar su apoyo y consenso”. 

Saleh, de 48 años, tiene un amplio historial en la política afgana y sus guerras civiles. Además de ser jefe de los Servicios de Inteligencia del país durante seis años (2004-2010), fue uno de los líderes más jóvenes de la Alianza del Norte, sirviendo a las órdenes del legendario comandante Ahmad Shah Massoud, conocido como “el León de Panjshir”, por su heroica defensa de la región durante la guerra soviético-afgana de los años ‘80, y posteriormente dirigió la Alianza del Norte contra los talibanes en los años noventa hasta que fue asesinado por Al Qaeda en septiembre de 2001. Desde la caída de Kabul, Saleh se ha trasladado al Valle de Panjshir, con la esperanza de reunir apoyos en la resistencia a la tiranía talibán. 

Ahmad Massoud, el otro principal líder anti talibán, encabeza el Frente Nacional de Resistencia (FNR) y es hijo del León de Panjshir (Ahmad Shah Massoud). Este joven de treinta y dos años, educado en el extranjero, sobre todo en el Reino Unido. Entró en la política en 2019 y se encuentra en el Valle de Panjshir con la intención de incorporar el NRF a la Alianza del Norte y de dotar de resistencia al régimen totalitario de los talibanes ¿Podrán repetir el éxito contra el comunismo soviético y el fundamentalismo islámico?

Saleh parece entender mejor a Biden que el propio Biden y otros miembros de su administración. El 17 de agosto tuiteó sabiamente: “Es inútil discutir con @POTUS sobre Afg ahora. Dejemos que lo asimile. Nosotros, los afganos, debemos demostrar que Afganistán no es Vietnam y que los talibanes no son ni remotamente como el Vietcong. A diferencia de Estados Unidos y la OTAN, no hemos perdido el espíritu y vemos enormes oportunidades por delante. Se acabaron las advertencias inútiles. ÚNETE A LA RESISTENCIA”. 

Saleh no parece ser optimista respecto a la ayuda de Estados Unidos o de la OTAN. Con el burdo abandono americano de Afganistán, no hay ni una pizca de luz para pensar que el apoyo vendrá del arsenal de libertad del mundo (Estados Unidos). Sin embargo, si la historia afgana sirve de indicación, hay espacio para la esperanza. 

El socialismo y el Islam político han asolado el Afganistán moderno. Los talibanes son una minoría étnica de origen pakistaní que busca la consolidación del poder monopolístico en un país multiétnico y tribal. A pesar de los miles de millones en armamento americano que Biden les donó en la base aérea de Bagram y otros puestos militares abandonados, una Alianza del Norte recién reformada podría ser una fuerza de contención. Veinte años de un imperfecto e incipiente Gobierno republicano pueden haber dejado una huella en la sociedad afgana que ni siquiera una insensible traición, puede borrar.  

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