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¿Qué es una mujer?

¿Qué es una mujer?

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Parecería una pregunta digna de Perogrullo. ¿Qué es una mujer? ¿No es acaso algo obvio, evidente para cualquier ser humano? Un concepto básico, traducible a cualquier idioma, entendible en cualquier civilización, distinguible incluso a través de la niebla de los siglos. Una simple definición. Y, sin embargo, esa definición se ha convertido en el foco de la polémica.

Del reino de lo obvio al antro de la polémica

Hace apenas 20 años, la diferencia entre una mujer y un hombre no estaba a discusión. Avril Lavigne cantaba con absoluta certeza “He was a boy. She was a girl. Can I make it any more obvious?” y todos lo entendíamos.  Luego, algo cambió. La progresía (woke) salió de su cubil en la academia y avanzó con banderas desplegadas sobre la política, la economía, la prensa y la cultura, convirtiendo a la ideología de género en dogma mediático y legislativo.

Lo que era obvio, se convirtió en un insulto. Lo que era evidente se volvió impronunciable.

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¿Por qué? Porque el movimiento woke tuvo un éxito político abrumador, y la razón es sencilla: su discurso implica una promesa muy seductora para la modernidad, la idea de que cada persona tiene el derecho de definir los términos de su propia realidad, y a partir de ella alterarla.

Es decir, bajo la promesa progresista, cada persona no sólo podrá identificarse como lo que quiera, sino que tiene el derecho de que el resto del mundo respalde esa identificación. Si Juan quiere identificarse como hombre, mujer o cualquier otro punto intermedio, todos están obligados por empatía a respetar y asumir plenamente esa “realidad”. No hacerlo sería, según afirman, un acto de opresión y de exclusión.

Toda definición es excluyente

Allí reside justamente el gran problema con preguntas como la de: ¿Qué es una mujer? Puesto que cuestionarnos qué es una mujer nos obliga a definir, y toda definición es en sí misma un acto excluyente. Al aterrizar el concepto de lo que algo “es”, esa definición implica también, inevitable y automáticamente, todo lo que “no es” una mujer.

En concreto, definir a la mujer implica herir inevitablemente los sentimientos y la autopercepción de la comunidad transgénero, porque implica reconocer que la existencia misma del concepto “mujer” requiere el cumplimiento de ciertas precondiciones que no necesariamente van a cumplir quienes se consideran a sí mismos como mujeres. En pocas palabras, definir “qué es una mujer” implica afirmar que existe una realidad objetiva más allá de los sentimientos y las identificaciones personales. Y eso, en estos tiempos, es blasfemia.

Qué es una mujer. Imagen: Unsplash https://unsplash.com/es/fotos/lqqpMXO_8Tc
¿Qué es una mujer? La pregunta importa más de lo muchos creen. Imagen: Unsplash

“¿Qué es una mujer?”

Por eso el nuevo documental de Matt Walsh titulado simplemente “¿Qué es una mujer?” ha provocado una reacción tan agresiva y cerrada por parte de la progresía. Una pregunta, que hace un par de décadas habría sido irrelevante por obvia, ahora se ha convertido en un acto político radical e “impresentable” en la buena sociedad.

“¿Qué es una mujer?” es un documental tan interesante como entretenido, con todo el estilo que ha vuelto tan reconocido a Matt Walsh, primero como columnista en The Blaze y ahora en el Daily Wire. Incluye entrevistas, argumentos, discusiones y evidencias suficientes como para poner a reflexionar a cualquier persona de buena fe, y lo hace con un ritmo ágil. No es un sermón, no aburre, no pierde el sentido de urgencia.

Urgencia y relevancia, porque detrás de la pregunta “¿qué es una mujer?” se esconde una auténtica crisis de lógica y de sentido común, que empezó en la izquierda radical y se está filtrando al resto de la sociedad. En una de las escenas más notables, Walsh asiste a una “marcha de las mujeres”, y cuestiona a las manifestantes, sin que estas sean capaces de darle una respuesta clara. ¿Por qué? Aunque todo el mundo sepa “qué es una mujer”, decirlo en voz alta equivale a negar la condición femenina a la comunidad trans, y nadie quiere hacer eso.

¿Por qué importa?

Ahora bien, ¿realmente importa saber que es una mujer? De fondo, la narrativa progresista nos dice que no; que los sentimientos y la autoidentificación tienen prioridad por encima de la realidad objetiva y que toda persona tiene el derecho de construir su propia realidad y relacionarse desde ella con el mundo exterior.

Están equivocados. Las definiciones importan, especialmente cuando hablamos de algo tan básico como el concepto “mujer”, porque, para sostener la civilización (para con-vivir) los seres humanos necesitamos operar desde una realidad razonablemente compartida, objetiva y predecible. Asumir que cada quien puede diseñar una realidad a su modo y que todos los demás debemos tener en cuenta esas realidades a la hora de interactuar con otras personas es una receta para el caos, la confusión y la locura.

Hasta hace un par de años, las mujeres eran mujeres y los hombres eran hombres. Una vez aprendido ese concepto, podíamos ir por el mundo con esa certeza, liberando nuestro rango de atención para el resto de la información que obtenemos. Por el contrario, en una sociedad woke, cada interacción multiplica el estrés, mientras tratamos de recordar quién se identifica como qué, ya que las pistas tradicionales (nombre, forma física, sexo biológico) ya no son consideradas como válidas.

Si eso pasa con el concepto de mujer, puede suceder con cualquier otro concepto. En consecuencia, a la hora de hablar con otros seres humanos estaremos obligados a asumir como reales (al mismo tiempo) todas las autopercepciones de cada uno de ellos, multiplicando el desgaste de cada interacción y alimentando conflictos interminables cuando esas percepciones (inevitablemente) sean incompatibles.

Después de todo, bien proclama la sabiduría popular que “cada cabeza es un mundo”, pero eso no significa que podamos meter en nuestra cabeza los mundos de todos los demás. Intentarlo es quedar ensordecidos ante el caos de un coro narcisista donde cada quien se cree “el solista” que exige de los demás acompañamiento y sumisión.

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