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Los que saltaron el 11 de septiembre

Los hombres y mujeres que saltaron no se salvaron. Solo eligieron otro tipo de muerte. No bajo las llamas, sino ante el asfalto, los escombros o, como en el caso de uno de los que saltó, cayendo sobre un bombero al que le quitó la vida en el instante

Un hombre se lanzó. Quedó retratado por Richard Drew y trascendió como The Falling Man tras el trabajo de Tom Junod en Esquire. Pero no fue el único. Ese día al menos cincuenta saltaron al vacío, como último esfuerzo de huir de la tragedia. Paradójicamente, el suicidio, en ese momento, era intentar escapar y, de alguna manera, salvarse. Escapar del fuego, de las llamas y el humo. Apostarle a un milagro, por fuera del horrible futuro, bajo el calor insoportable, que le esperaba a quienes estaban en los últimos pisos de las torres del World Trade Center.

Pero los hombres y mujeres que saltaron no se salvaron. Solo eligieron otro tipo de muerte. No bajo las llamas, sino ante el asfalto, los escombros o, como en el caso de uno de los que saltó, cayendo sobre un bombero al que le quitó la vida en el instante.

Quienes decidieron saltar al vacío murieron exactamente diez segundos después de dar el paso. Todos se preguntaron: ¿qué pasó por la mente de esos hombres y mujeres durante esos diez segundos? ¿En qué pensaron? ¿En su familia? ¿En sus hijos o parejas? ¿Se habrán arrepentido? ¿Qué tan desesperado hay que estar para, ante la angustia y el raudo avance de las llamas, decidir saltar al vacío? O quizá no fue desespero. Quizá la decisión de saltar algunos la meditaron con calma. Fue una decisión que sucedió a varios minutos de reflexión. Quizá algunos pensaron que sí vivirían, que así llegarían más rápido al piso uno y evitarían la muerte tras el colapso del edificio.

Los que saltaron quedaron retratados, no solo por Richard Drew, sino por otros fotógrafos como Lyle Owerko. Son las imágenes más conmovedoras, perturbadoras e inquietantes de las que se tomaron el once de septiembre de 2001. Hubo, ese día, un asesinato en masa. Pero también un suicidio en masa. Los reportes más conservadores hablan de cincuenta personas. Los otros, que no fueron rebatidos por las autoridades, hablan de casi doscientos suicidios.

En su artículo para Esquire, Tom Junod escribe un párrafo, sobre quienes saltaron, que es demoledor:

Comenzaron a saltar poco después de que el primer avión chocara con la Torre Norte, poco después de que comenzara el fuego. Siguieron saltando hasta que la torre cayó. Saltaron a través de ventanas ya rotas y, más tarde, a través de ventanas que ellos mismos rompieron. Saltaron para escapar del humo y del fuego; saltaron cuando los techos se cayeron y los pisos se derrumbaron; saltaron sólo para respirar una vez más antes de morir. Saltaron continuamente, desde los cuatro lados del edificio, y desde todos los pisos por encima y alrededor de la herida mortal del edificio. Saltaron desde las oficinas de Marsh & McLennan, la compañía de seguros; desde las oficinas de Cantor Fitzgerald, la compañía de comercio de bonos; desde Windows on the World, el restaurante de los pisos 106 y 107, el útimo. Durante más de una hora y media, salieron del edificio, uno tras otro, consecutivamente y no en masa, como si cada individuo necesitara ver a otro saltar antes de reunir el valor para saltar él mismo. Una fotografía, tomada a distancia, muestra a las personas saltando en perfecta secuencia, como paracaidistas, formando un arco compuesto por tres personas que caen en picada, espaciadas uniformemente. De hecho, hay informes de que algunos intentaron saltar en paracaídas, antes de que la fuerza generada por su caída les arrancara de las manos las cortinas, los manteles, la tela desesperadamente recogida. Todos estaban, obviamente, muy vivos en su descenso, y su descenso duró un recuento aproximado de diez segundos. Todos ellos, obviamente, no sólo murieron al aterrizar, sino que fueron destruidos, en cuerpo aunque no, rezamos, en alma.

Tom Junod; Esquire Magazine
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