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La venganza de los nerds, o los graduados que se sienten traicionados

La venganza de los nerds: la deuda universitaria es más que dinero

Hace años el título universitario garantizaba riqueza. Hoy ya no es así, y muchos graduados se sienten traicionados por el sistema.

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¿La venganza de los nerds? Un par de semanas antes de las elecciones en los Estados Unidos, The Economist comenzó a promocionar un artículo qué recogía las predicciones realizadas hace 10 años por Peter Turchin, de la Universidad de Connecticut, en el sentido de que “la siguiente década probablemente será un período de creciente inestabilidad en los Estados Unidos y Europa occidental” debido en parte “al exceso de producción de jóvenes graduados con títulos avanzados”. Y así fue.

El análisis de The Economist explora el vínculo entre la “sobreproducción” de las élites y la inquietud política que eventualmente llevó a disrupciones como la Guerra Civil, las revoluciones europeas de 1848 y quizá la reciente ola de protestas bajo el manto de Black Lives Matter. Suena sensato, pues más allá de los méritos que pueda tener la teoría de la Cliodinámica, impulsada por Turchin, me parece indiscutible que tenemos demasiados titulados, que ellos esperaban pasar de las aulas a los espacios de decisión y que se sienten traicionados por el sistema que los colocó en un puesto “normal”.

Tienes que ser licenciado

Veamos por qué. Durante casi toda la historia humana, los altos niveles académicos eran accesibles sólo a la más pequeña de las minorías. En el siglo 16, por ejemplo, que una persona tuviera el grado de bachiller era motivo de celebración para toda su aldea y fuera del puñado de ciudades universitarias de los países europeos, encontrar un “doctor” era prácticamente imposible.

Todavía a principios del siglo 20, únicamente los más talentosos o los más acaudalados iban a la universidad, y salían como licenciados a ocupar los puestos clave, sentados ante un amplio escritorio, con automóvil y chofer a la puerta. Así se creó un paradigma en el sentido de que ir a la universidad garantizaba una elevada calidad de vida.

Conforme avanzó el siglo, se abrieron espacios en las universidades y cada vez más familias tuvieron la posibilidad de conseguir que al menos uno de sus hijos se convirtiera “licenciado” y fuera visto por los demás como alguien intrínsecamente más valioso, más exitoso y más próspero.

Esta visión quedó profundamente impresa en las mentes de los baby boomers y cuando éstos tuvieron a sus propios hijos, hicieron el mayor de los esfuerzos para brindarles esa señal de estatus, lo que se combinó con oportunidades de becas y el aumento de la cobertura universitaria, traduciéndose en un drástico aumento en el número de egresados, lo que resultó contraproducente.

El título ya no es garantía, y ahora los nerds quieren venganza
El título ya no es garantía, y ahora los nerds quieren venganza. Imagen: Charles DeLoye, via Unsplash

Del título no se come

Tanto las familias como las autoridades observaron las estadísticas y los ejemplos, vieron que quienes tenían un título universitario accedían a mejores cargos y llegaron a la conclusión errónea de que el título universitario era un pase automático a la riqueza, cuando en realidad la explicación tenía mucho menos que ver con el grado académico y más con el tipo de personas que acudía a obtenerlo: las más talentosas o las que tienen familia rica, con sus correspondientes conexiones sociales.

Sin embargo, conforme se amplió la oferta universitaria, el escenario cambió:

  1. Obtuvieron un título millones de personas que carecían del talento o de las conexiones sociales de las generaciones anteriores.
  2. El ser licenciado dejó de ser un distintivo para acceder automáticamente a mejores ofertas de empleo. Un título universitario no es tan impresionante cuando todo el barrio lo tiene. Como dijo Buddy Pine: “cuando todos sean súper…nadie lo será”.

En su libro, The Case Against Education, Bryan Caplan explica de manera brillante cómo el título universitario opera como una señal para los empleadores en el sentido de que quien lo posee es una persona con “fortalezas socialmente deseables”, incluyendo inteligencia, conformidad y meticulosidad (que hace las cosas bien).

El problema es conforme se erosiona el peso del título de licenciatura como elemento de distinción en el ámbito laboral, también se diluye su valor como ruta a la riqueza. Ello ha provocado que cada vez más personas opten por “postgrados”, en un intento por mantener ese sueño, de manera que entran mucho más tarde al ámbito laboral, y llegan con unas expectativas absolutamente fantasiosas, las cuales rápida y dolorosamente se estrellan con el mundo real.

Peor aún, como bien señala Caplan, las universidades están repletas de materias, e incluso carreras completas, cuyo único verdadero campo laboral es el de ser maestros en las propias universidades para enseñarles a carrera a otros estudiantes. Sí, suena como esquema Ponzi.

La venganza de los nerds es que lo paguen los demás

En Estados Unidos, dónde los nocivos incentivos de las políticas gubernamentales provocaron un drástico aumento de las colegiaturas (a un ritmo hasta 8 veces superior al de los salarios) y de ofertas académicas que no están vinculadas a las necesidades reales de las empresas. El resultado es una marabunta de graduados de 28 o 30 años, que llegan al mundo laboral cargando una deuda incluso de cientos de miles de dólares, a cambio de un título universitario que a duras penas vale la tinta en la que está impreso y que no les ofrece ni distinción, ni ofertas del mercado laboral.

De acuerdo con Forbes, al 2020 la deuda por créditos universitarios supera el billón y medio de dólares e incluye a más 44.7 millones de personas cuyas deudas alcanzan $32,731 dólares por persona/promedio. Casi el 11 % de ellos presenta atrasos de al menos 3 meses en sus pagos (un porcentaje 4 veces mayor que en los pagos de tarjetas de crédito). El gobierno ha activado programas para “perdonar” los préstamos a cambio de servicio público, y los estudiantes quieren aprovecharlos, pero no pueden. Hasta septiembre de 2019, sólo se habían autorizado 1,561 de los 136,473 trámites de solicitud.

Mientras tanto, la indignación se convierte en bandera política. Gracias a la bandera de cancelar la deuda de los estudiantes, Bernie Sanders logró pasar del casi anonimato al estatus de estrella dentro del Partido Demócrata. Muchos seguidores de Bernie podrán justificarse tanto como quieran, pero en el fondo lo apoyan porque les promete librarse sin pagar su deuda y les brinda un relato en el cual ellos no son fracasados, sino la vanguardia en la lucha revolucionaria contra el orden capitalista y patriarcal que les quedó mal. Para acabar pronto, no es que quieran ser comunistas, es que quisieron ser burgueses y el sistema no les cumplió.

Desde el primer momento en que entre a la Casa Blanca, Biden tendrá que enfrentarse a una decisión difícil. Por una parte, esos graduados forman parte de la alianza que lo llevó a la presidencia. Por el otro, perdonar más de un billón y medio de dólares en deudas estudiantiles no solo incrementaría el déficit, sino que también lo convertiría en el cliché del gobernante demócrata que les da dinero a los irresponsables, quitándoselo vía impuestos a los que sí supieron trabajar. Además, simplemente incentivaría el surgimiento de una nueva bolsa de deuda, incluso mayor.

La solución de fondo es mucho más compleja, pero en términos generales pasa por desmitificar a la universidad como ruta de riquezas, romper con el fraude que significan muchas carreras que no tienen una salida laboral e impulsar otros mecanismos que les den confianza a los empleadores acerca de qué potenciales empleados tienen inteligencia, conformidad y meticulosidad.

Mientras tanto, durante el resto de esta generación viviremos bajo la sombra de una eventual “venganza de los nerds”. Los graduados (que leyeron mucho consiguieron buenas notas y lograron títulos rimbombantes, sólo para acabar en empleos intrascendentes), seguirán siendo un combustible para el radicalismo político, especialmente el de izquierdas, que les permite racionalizar su fracaso como opresión del sistema, cuando en realidad más bien fue el resultado de la ingenuidad y de la naturaleza humana. Esa de la que no escapamos, ni con doctorado.

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