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El chantaje de la violencia política si el presidente de Perú pierde el poder

El chantaje de la violencia política si el presidente de Perú pierde el poder

Es la bolivianización y la chilenización de las tensiones como procesos de confrontación que se perfeccionarán en suelo peruano

Cuando en noviembre de 2019 Evo Morales tuvo que renunciar a la Presidencia de Bolivia luego del denunciado megafraude electoral que le aseguraba retener el poder, sus seguidores del Movimiento Al Socialismo (MAS) desataron una ola de violencia política como venganza.

Desde La Habana y Caracas el socialismo presenciaba cómo perdía una plaza de control regional clave y activó a sus células extremistas para incitar el caos. Las hordas pro-Evo fueron saqueando, incendiando, intimidando y agrediendo violentamente, cumpliendo la advertencia que el ministro de la Presidencia evista lanzaba vía la agencia rusa Sputnik: «El país será un Vietnam» si sacan a Evo. No les resultó, por supuesto. Aunque después y luego del mandato de once meses de transición de la hoy abusivamente detenida expresidente Jeanine Añez, los bolivianos volverían a poner en la Presidencia a un funcional exministro del MAS que garantizaría el actual contexto de impunidad de Morales.

Fueron días convulsos y grandes sectores ciudadanos bolivianos temieron y vivieron los desenlaces. Era el costo lamentable de haber permitido la instalación de un proyecto que fue consolidando una dictadura operante bajo la apariencia de que el cocalero presidente era un genuino «demócrata» y de que incluso «perfeccionaba y arreglaba las fallas» del crecimiento económico (eso sí, de las fallas del Estado no decía nada). Toda una estratagema propagandística política e ideológica muy bien armada que facilitaba a la par ir montando una dictadura política de infiltración institucional muy paciente durante casi catorce años de manipulación del sistema de conflictos internos.

Tres principales factores, entre otros. abonaron a que el proyecto reeleccionista ad infinitum de Morales no haya prosperado en contraste con lo que ocurrió con Hugo Chávez y acontece con Maduro en Venezuela.

Primero: no logró controlar del todo a las fuerzas armadas y policiales. En Venezuela estas fuerzas unieron su destino –y los negocios oscuros y criminales– a la del dictatorial régimen político y civil. Segundo: no armó una «oposición» que le fuera funcional a su sobrevivencia; que aparente oponérsele y acuda a los llamados de «diálogo» y «negociaciones» torpes y cándidas como las que han oxigenado al socialismo durante más de veinte años de dominio en Venezuela. Tercero: no consolidó con efectividad a las fuerzas de choque violentas como los «colectivos» armados de civiles que administra dictadura de Maduro. Activistas prestos a «defender la revolución» intimidando y asesinando a los opositores reales. Morales también los tenía, y los sigue teniendo, pero en mucha menor proporción.

Así pues, a fines de 2019, los factores internos ayudaron a expectorar al expresidente boliviano luego de una reacción ciudadana de casi todos los sectores sociales que rechazaban su confirmado fraude electoral. En contraste, los factores externos sí se alineaban con él: ahí se vio cómo ese gran sector de la izquierda latinoamericana y mundial victimizaba –en España los podemitas se desataron por Morales– y continúa defendiendo con ardor y con la misma retórica al exdictador.

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El chantaje de la violencia política si el presidente de Perú pierde el poder
El Congreso de Perú debate y vota en Lima una moción de vacancia presentada por un sector de la oposición política contra el presidente Pedro Castillo, que en caso de recibir un mínimo de 87 votos de los 130 de la cámara obligará al mandatario a dejar la jefatura del Estado. (EFE)

¿Postura del presidente de Perú motivará a extremistas a seguir el manual?

Guardando las obvias distancias, Evo Morales fue pillado tratando de robar una elección. Pedro Castillo en Perú, en cambio, está en la Presidencia en funciones (aunque con millones de peruanos dudando aún de su «triunfo» electoral). Eso no quita que si se logran activar los mecanismos constitucionales que permitan una vacancia o una destitución presidencial la violencia que operó en Bolivia no sea remedada en Perú.

El proceso peruano está sufriendo hoy una serie de tensiones acumulativas que más rápido de lo que muchos imaginan pueden volver a alterar las líneas divisorias políticas y en consecuencia la pauta de poder nacional.

La indignación y las impaciencias ciudadanas van rechazando la continuidad de un «Gobierno» altamente tóxico, polarizante, inepto… ausente en su rol de gestión (seguridad, salud, educación, inversiones…); con evidentes y crecientes signos de corrupción imparables y, sobre todo, de una naturaleza tan letal infiltrando a las fachadas organizativas del maoísta Sendero Luminoso (con nexos subterráneos a sus negados remanentes narcoterroristas en el VRAEM, la selva peruana del Valle de los ríos Apurímac, Ene y Mantaro) en el aparato público.



Las exigencias para que en el Congreso las oposiciones reales al dúo cogobernante Pedro Castillo y Vladimir Cerrón (el fundador del partido político que llevó a la Presidencia al actual mandatario) se activen para aplicar los mecanismos legítimos y constitucionales para la vacancia presidencial (si esta se logra gracias a presiones crecientes contra los congresistas reacios) será respondida por calculados desafíos violentos por todo el país como ocurrió en la Bolivia pos-salida de Morales y como sucedió en Chile en vía a instaurar una ya lograda Convención Constituyente. Es la bolivianización y la chilenización de las tensiones como procesos de confrontación que se perfeccionarán en suelo peruano.

Al prosenderismo corrupto que amenaza con el incendio si es expectorado del poder en Perú, al chantaje violento con fines políticos —de contornos incluso terroristas con el etnonacionalismo de Antauro Humala y otros calentando motores en las regiones del país— se sumarán extremistas internos y externos infiltrados.

Es inevitable ir considerando que puede ser alto el costo que los peruanos tendrán que pagar para remover a quienes se catapultaron gracias a la ingenuidad y la complicidad de los que les permitieron —incluso desde la prensa— vestirse de «demócratas» y “moderados” (mientras aparentaban coyunturalmente «calmar a los inversionistas») agazapando su real proyecto dictatorial vía sondeos lentos.

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