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Zelenski en Vogue: ¿frivolidad necesaria?

Zelenski en Vogue: ¿frivolidad necesaria?

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El 24 de febrero, Rusia invadió Ucrania. 96 horas después, Volodimir Zelenski se había convertido en una estrella mundial. El presidente de Ucrania sorprendió a propios y extraños cuando decidió permanecer en su país mientras las tropas rusas marchaban, aparentemente invencibles, hacia la ciudad de Kiev.

En las semanas siguientes, la extraordinaria resistencia de los defensores ucranianos se transformó en una sensación mundial, y Zelenski se consolidó como líder y símbolo de esa resistencia. Las imágenes que retrataban su valentía ante los intentos de asesinato y la brutalidad rusa inspiraron al mundo entero y movilizaron a los gobiernos occidentales, que originalmente parecían resignados a dejar que Ucrania cayera en manos de Vladimir Putin.

El peso de las relaciones públicas

En las semanas previas a la invasión, Occidente sólo habló de sanciones simbólicas contra la oligarquía rusa y de apoyos absurdos por irrelevantes, como el de aquella oferta alemana de mandarle 5 mil cascos (literalmente, solo cascos) a los defensores ucranianos. La caída de Ucrania parecía condenada a convertirse en otra más de las tragedias que Europa y Estados Unidos siguen con más lástima que indignación.

El carisma y el brillante manejo de relaciones públicas de Zelenski y su equipo fueron clave para transformar el escenario. En cuestión de días, las sociedades occidentales se alzaron en solidaridad, y aquellas primeras sanciones simbólicas dieron paso a un aislamiento económico y diplomático de Rusia, mientras que los cómplices de Putin (antes percibidos en Europa y Estados Unidos como excéntricos pintorescos y tolerables) quedaron convertidos en parias, casi al mismo nivel que los genocidas africanos de los noventas. Rusia se convirtió en muy parecido a una mala palabra en buena parte del mundo.

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Todo ese trabajo del gobierno de Ucrania también se reflejó en el campo de batalla. Con la motivación y el respaldo financiero/tecnológico de Occidente (que habrían sido impensables unas semanas atrás) Ucrania logró contener la invasión rusa. El ataque que parecía destinado a someter completamente a Ucrania en cuestión de días, se estancó. La «conquista» de Kiev terminó en una humillante retirada para Putin, cuyas tropas pasaron de saborear las mieles de la victoria a resignarse con una batalla lenta, sucia y tosca en la región del Dombás. El triunfo, inmediato e inevitable, se transformó en una guerra de desgaste.

¿Frivolidad inevitable?

Ahora bien, el alargue del conflicto bélico trae consigo un riesgo muy grave para Ucrania: que la invasión se convierta en rutina. El hecho, simple doloroso y sencillo, es que Rusia tiene muchos más recursos económicos y militares que Ucrania. Putin fracasó rotundamente en su intento de someter a Kiev en el corto plazo, pero está más que preparado para apostarse en una guerra de desgaste.

La única esperanza de Ucrania para derrotar a Rusia en este juego de largo plazo consiste en mantener vivo el interés de la opinión pública occidental, que presione a los gobiernos de Europa y Estados Unidos para mantener abiertos los canales financieros y militares que les permitan reponer municiones y maquinaria, contener el avance ruso y, eventualmente, recuperar el 20 % de Ucrania, que actualmente está en manos de los invasores.

No es una tarea sencilla, porque la atención occidental es tan intensa como vacilante. En febrero y marzo Ucrania era «el tema» de conversación, pero conforme avanzan los meses la novedad se evapora, y el interés se desvanece junto con ella.

Es cierto que el círculo rojo sigue al tanto de lo que ocurre en dicho país, pero es igualmente cierto que a Zelenski y a Ucrania no les alcanza la atención de los intelectuales. Lo que presionó a Biden y a la Unión Europea para apoyarlos «de a deveras» no fueron los sesudos artículos de opinión del New York Times o las plegarias de los expertos, sino el interés de los ciudadanos comunes, que tapizaron las redes sociales con la bandera ucraniana… y el rostro de Zelenski.

Bueno, pues ese mismo interés fuera de los círculos políticos pareciera ser el que intentó reavivar a través de la sesión de fotos protagonizada por él y su esposa para la revista Vogue.

¿El resultado? Más negativo que positivo

Las fotografías son técnicamente impecables, surgidas de la lente brillante de Annie Leibovitz, cuyo arte es innegable. Sin embargo, la sensación que dejan es más de repudio que de inspiración. Hay algo surreal absurdo e incluso cómico en el hecho de que el presidente de una nación en guerra y su esposa se tomen el tiempo de posar tranquilamente para una revista de modas, luciendo la destrucción de su patria como si mostraran una nueva colección otoño invierno, como si el sufrimiento y las vidas de miles de ucranianos fueran un mero fondo para el retrato heroico de un «héroe».

La frivolidad de las imágenes es incómoda, cuando no escalofriante. Posar para Vogue, de esa forma y en este contexto, parece un error tan grosero como evidente. Sin embargo, a la luz de lo que aquí hemos comentado, también es posible llegar a la conclusión de que esa frivolidad es quizá necesaria. Si, como hemos explicado, el futuro y la libertad de Ucrania dependen de que su presidente mantenga entretenida e involucrada a la sociedad occidental, quizá una sesión fotográfica de mal gusto sea un error comprensible, e incluso inevitable.

En medio del escándalo, muchos han señalado la casi paródica semejanza entre las fotos de Zelenski en Vogue y aquellos videos de propaganda de guerra que grababa el personaje de Katniss Everdeen en la saga de Los Juegos del Hambre, y mucho hay de cierto en ello, pero no es algo nuevo; la guerra y el espectáculo tienen una relación que se proyecta desde la antigüedad, porque así es la naturaleza humana. Detrás del del conflicto se oculta el poder, y este es una percepción que solo permanece mientras persevera en el consenso social.

All things considered, Volodimir Zelenski me recuerda mucho a Chiang Kai-shek, aquel general que intentó consolidar el control de China tras la agonía del imperio y eventualmente fue derrotado por el comunismo. Chiang, como Zelenski, dedicó grandes esfuerzos a consolidar su imagen en los Estados Unidos: protagonizó una decena de veces la portada de la revista Time y construyó una narrativa de amor por el cristianismo y por América. Con ella logró que, durante décadas, la opinión pública americana lo respaldara. Incluso al final, cuando Mao lo derrotó en la guerra civil, la buena voluntad que había sembrado Kai-shek fue clave para su sobrevivencia. Logró refugiarse y fortalecerse en una isla que aún hoy es una nación independiente: Taiwán.

Por lo tanto, aun reconociendo que, más allá de sus intenciones, la sesión fotográfica de Zelenski para Vogue fue muy probablemente un error, no nos apresuremos a condenar de plano al presidente de Ucrania. Sí, es cierto que cayó en la frivolidad, pero también es cierto que, en la guerra y en la política, la frivolidad a veces es necesaria.

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