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2 mitos que no te cuentan del capitalismo

Codicia y desigualdad no son los males del capitalismo sino la prueba de que el mundo mejora

En el capítulo de hoy vamos a enfrentar dos de los principales mitos que han erosionado la reputación del capitalismo en la historia reciente. Ya es hora de poner los puntos sobre las “íes” y orden en este entuerto. No hace en nada justicia a la verdad las reclamaciones que por un lado y otro sus enemigos le propinan a propósito de su responsabilidad a la hora de incrementar las desigualdades entre las personas (desigualdad social) y las cosas (desigualdad económica).

No queda aquí el asunto que también, y por si fuera poco, les adjudican a aquellos que se hacen valer de su lógica para brindar riqueza y oportunidades de ser codiciosos y egoístas. Como si fueran agentes sin escrúpulos dominados ante cualquier método a su alcance para practicar la extorsión y multiplicar la misera. Todo esto tiene muy poco que ver con el estado de las cosas cuando uno enfrenta de forma rigurosa las repercusiones del capital sobre la prosperidad de los pueblos.

Si atendiéramos los datos sin buscar en ellos excusas el asunto se presenta muy clarito. En los últimos diez años la pobreza en el mundo se ha reducido en un 45 % hasta el 8.6 % de la población mundial. La mortalidad y el analfabetismo infantiles también lo han hecho en buen ritmo aunque en menor medida (3.9 % y 8.4 % respectivamente). La esperanza de vida, por otra, se ha hinchado como un globo de los 69 a los 72.2 años. ¿Es que acaso en su ceguera fundamentalista se les ha pasado por alto esta realidad? Probablemente sí. Y quizás sea, como resultado de esos momentos donde la cólera invade nuestro juicio certero para atender con rigor la verdad de las cosas. Así, el capitalismo, como antes fuera Jesucristo, acostumbra a cargar sobre sus hombros el peso de un mundo que cultiva sobre el inocente, sus culpas.

Empecemos con el asunto de la desigualdad. Nadie podrá negar que está en boca de todos. No hay discurso que no se haga respetar y no tire de la desigualdad para brillar.  Otra cosa será que ocupe algún sitio en la realidad pero desde luego abarrota el de las estanterías. No es casualidad que el libro más influyente en este inicio de siglo haya agarrado a la desigualdad como protagonista (El capital en el siglo XXI de Piketty) y que cada año se vean publicadas decenas de miles de trabajos preocupados por sus efectos. Yo que me dedico al asunto he visto mi gastritis removida al cerebro cada vez (y son muchas) que me topo con uno de estos trabajos. Perdida la batalla ante una caída incontestable de la pobreza, los enemigos del capitalismo se empeñan en hacer uso de la desigualdad para desprestigiarlo.

Un concepto relativo que da riendas sueltas a la perversión pues siempre se podrá alegar que por muy bien que nos trate la vida muy mal nos la hace en relación con el vecino. Esto esconde una trampa. La percepción de una mayor distancia puede alimentarse a la vez que esta se ve reducida. Pero ¿cómo? Al reemplazar la escala de medidas ‘Un’ kilómetro se puede convertir en ‘Mil’ metros. Así hacen los economistas inflando la desigualdad al ajustar los ingresos monetarios al tipo de cambio o estrechándola a paridad de poder adquisitivo. Cuando se hace ajustar entre países tiende a reducirse, y sin embargo, se incrementa cuando se calcula para cada país y así lo mismo entre espacios temporales (véase en este sentido los estudios Robert Wade quien recoge hasta 8 formas de analizar la desigualdad en el mundo).

Entonces, ¿cómo podemos hablar de que la desigualdad llega a reducirse de facto cuando las estadísticas son tan inestables? Para ello debemos aclarar las lentes y profundizar un poquito en las arenas movedizas de la estadística. Para exagerar la gravedad de la desigualdad se suele hacer uso del escándalo. Para ello se presenta a Bill Gates, una de las figuras más controvertidas del planeta, y se le hace comparar con uno del montón (el 99 % más pobre). Nadie en su sano juicio negará que el propietario de Microsoft es mucho más boyante que cualquiera de nosotros. Sin embargo, eso que lo hace infinitamente más rico es cada vez mucho más pobre. Me explico. Bill Gates atesora más dólares que yo. Pero no goza de más educación ni espera a vivir más años de lo que lo podamos hacer cualquiera de nosotros. Su ocio, al igual que el mío, transcurre jugando al ajedrez online y guarda las colas del supermercado como podamos hacer los demás. Ahora pongamos el mundo antes del capitalismo. Bill Gates figuraría ser un monarca absoluto y yo un plebeyo. Nuestra desigualdad sería tan abultada que atravesaría hasta nuestras venas. Su sangre azul me frenaría siquiera para recibir una audiencia. Yo analfabeto mientras que él ducho en varias lenguas disfrutaría de más años de vidas de los que pudiera imaginar para mí mismo.

capitalismo DIGNIDAD BURGUESA
Se dice que los capitalistas son gente avariciosa cuya avidez no tiene límites. (Archivo)

Y ahora la pregunta inquietante: ¿cómo es posible que no exista registro sobre la desigualdad ni preocupación entre sus gentes antes de la llegada del capitalismo? ¿No será que lo que trajo consigo el capitalismo fuese nuestra preocupación por la desigualdad, y no la desigualdad en sí misma? Y, sin embargo, ¿cómo sería posible un hecho tan contradictorio? No lo sería si estudiamos a fondo la naturaleza humana. En los años ochenta del siglo pasado recuerdo que en España cuando alguien aquejaba de un tumor la gente lo refería como “la cosa”. Hace unos años en un supermercado solicité a la cajera donde podía despacharme un puñado de setas (para mi ensalada) y esta, espantada, me solicito muy comedidamente que lo refiriera como champiñones. Luego comprendí que con Zetas se hacen llamar la violenta caterva de narcotraficantes de la ciudad. Moraleja: nadie le da nombre a aquello con lo que no se puede relacionar. Las cosas solo se refieren cuando han dejado de ser una real amenaza. Y ahora que el cáncer siendo mortal ya no es letal a “la cosa” se la da por su nombre. Igual parece ocurrir con la desigualdad. Cuando esta corroía las costumbres y hábitos de los pueblos pensar en ella estaba de más. Ahora, en cambio, que solo parece afectar a nuestro bolsillo viene ensalzada como una “espantosa” tragedia.

Hay algo más en todo esto. Si bien hemos hecho por explicar cómo es posible que la desigualdad se reduzca en un mundo cada vez más preocupado no hemos aclarado aún por qué sea ella y ninguna otra la que ocupe nuestro mayor afán. Para eso tenemos que dirigir nuestra atención a la naturaleza de la competencia capitalista. Vayamos pues al asunto: ¿qué es competir en última instancia? Aceptar que todas nuestras seguridades vendrán preservadas por el gusto que a los otros le suponga aquello que le ofrecemos. Nadie hará por hacerse con nuestras habilidades si estas no se ven como algo útil para los demás. Y claro las preferencias resultan ser algo tan arbitrario que a todas luces nuestro bienestar se verá gobernado por la incertidumbre.

A mayor competencia mayor será por tanto el sentimiento de fragilidad con el que vemos amenazado nuestro futuro (todo lo sólido se desvanece en el aire llega a declarar Marx). Hace nuevamente entrega la preocupación por la desigualdad. Los hombres buscan enfrentar la fragilidad que ocasiona el ejercicio de la competencia con dotes adicionales de seguridad. A nadie le resulta soportable un mundo donde todo se le presenta incierto. A mayor fragilidad mayor es la necesidad de certezas. ¿Y qué es la igualdad sino la certeza de que nadie verá su bienestar disminuido frente al de los demás? Al anhelo de igualdad le precede el deseo de seguridad con el que sus protagonistas creen su riqueza garantizada por el favor de las leyes civiles. La conclusión es clara. El capitalismo reduce la desigualdad a condición de ensanchar la inseguridad de nuestras vidas cada vez más prósperas. Preocupados, nos aferramos por extender la igualdad predecibilidad) que en resultas y, sin saberlo, la alcanzamos merced a esa competencia capitalista que nos hace desnudos ante el otro.  

El segundo de los mitos se adentra en los efectos de la competencia a la hora de hacer más vulnerable nuestra percepción de la vida. Se dice que los capitalistas son gente avariciosa cuya avidez no tiene límites. Aberrantes, su codicia por hacerse cada vez más prósperos pone en riesgo la salud del planeta y el bienestar de todos. Sin embargo, a lo que los enemigos del capitalismo hacen llamar codicia, yo lo llamo supervivencia. Volvamos a Bill Gates como categoría del perfecto millonario. Me resulta muy difícil aceptar que este hombre pase todas sus preocupaciones por la cuenta de resultado. A más ver sus inquietudes suelen ir ligadas a problemas mundiales como el medio-ambiente o la reducción de la pobreza. La figura de un hombre avaricioso se parece mucho más a la del empresario del Monopoli apostado con un vigoroso cigarro y un fajo de billetes que asoma de su gabardina. Son pocos los ricos que quedan así y los que lo son, no son muy ricos (se canta lo que se pierde nos recuerda el poeta).

Entonces, ¿Por qué el capitalismo apunta a la creación de riquezas sin límites? Precisamente por la fragilidad de la propia riqueza. Fruto de su fragilidad, la competencia capitalista reduce a su mínima expresión los años que cualquier empresa goza de la simpatía general. Ha pasado a mejor vida esas corporaciones que se hacían heredar de padres a hijos y luego a nietos. La fragilidad asociada a la competencia hace que la riqueza disfrutada siempre se vea amenazada por la intrusión de un nuevo competidor. Por esto mismo aquello que los enemigos del capitalismo hacen llamar codicia no es otra que el resultado de verse amenazado ante una riqueza muy resbaladiza. Lo siento por ellos pero codicia y desigualdad no son los males del capitalismo sino la prueba de que el mundo mejora.

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