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Afganistán a través de los ojos de un ex-marine hispano

«Todo el tiempo que estuvimos allá, todas las vidas que se perdieron, todos los sacrificios individuales, uno se pregunta ¿Qué pasó para llegar a ese punto?»

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Pablo Montoya, como muchos latinos, migró de su país, Colombia, hacia Estados Unidos buscando mejores oportunidades de vida y huyendo de la violencia que acontecía a finales de los años 90 en Medellín.

Tras reubicarse en Estados Unidos y terminar sus estudios, decidió unirse al cuerpo de Marines, donde serviría a su nuevo país en Irak y Afganistán y tendría la oportunidad de ver el conflicto de primera mano y servir junto a cientos de afganos.

Pablo recuerda a Afganistán como un país montañoso lleno de «pueblitos desolados» y ciudades «del color del desierto». Su misión se enfocó apoyar la seguridad de Afganistán y trabajar de la mano con las Fuerzas de Seguridad. «Estuve un año entero haciendo misiones con los soldados afganos, entrenándolos, ayudándolos a reforzar los puntos de chequeo y transportando personal», comenta.

Afganistán a través de los ojos de Pablo Montoya, un marine hispano
El sargento Pablo Montoya es veterano de Irak y Afganistán.

Aunque sirvió un año entero en Afganistán, recuerda que por ser una zona de guerra no tenía muchas oportunidades para socializar con los civiles, sin embargo, los contactos que tuvo eran «positivos», como los describe él: «Normalmente el contacto que teníamos era con las fuerzas armadas de Afganistán, el contacto que teníamos con el público era un poquito limitado. Las pocas veces que pudimos hablar con niños, con la gente en tiendas, con la gente en las bases, o cuando se acercaban a hablarle uno, en general eran experiencias positivas».

Con respecto a sus colegas afganos, Pablo describe su entrenamiento como «muy básico». A diferencia de los militares americanos, el Ejército de Afganistán carecía de disciplina. «Párese, haga esto, salude a sus comandantes, péinese bien, límpiese las botas… había que llegar a enseñar ese tipo de cosas», comenta el sargento.

Como miles de soldados americanos, Pablo tuvo que convivir con el secretismo de las fuerzas armadas y ser parte de ese régimen del silencio para preservar la reputación del Ejército afgano. «Cuando ellos iban a castigar a alguien, ellos nos decían a nosotros que se encargaban, y uno se iba». Así transcurrió su servicio, donde a pesar de estar capacitando una fuerza con un entrenamiento «muy básico», eran los propios afganos los que se encargaban de la disciplina.

El sargento Montoya (derecha) fue condecorado con el Corazón Púrpura tras pisar una mina en el Humvee que conducía en el sur de Afganistán.

Incluso tras pisar una mina conduciendo un Humvee en medio de una patrulla —que le causaría una contusión en el cráneo—, Pablo no desistió de su tarea de apoyar las fuerzas armadas afganas en Kandahar, Helmad y la propia Kabul.

Durante su servicio en Afganistán, la presencia Talibán era mucho más limitada. «Cuando estuve allá las fuerzas de coalición tenían más control de las zonas principales de Afganistán, obviamente las zonas montañosas eran más complicadas, pero realmente en las ciudades principales y lugares había más control por parte de la Policía afgana, el Ejército afgano y las tropas de coalición», afirma Pablo.

Al servir tanto tiempo con los afganos, tuvo la oportunidad de hacerse amigo de los traductores que posibilitaban la comunicación entre las tropas americanas y sus homólogos afganos. «Cuando estábamos allá los intérpretes pasaban de una unidad a otra. Entonces ellos pasaban tanto tiempo en las bases que uno termina volviéndose amigo con ellos».

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El sargento Pablo Montoya (izquierda) sirvió en la provincia de Helmad, en Kandahar y Kabul. (Pablo Montoya)

Tiempo después de servir en Afganistán, por coincidencias del destino pudo encontrarse con tres de sus antiguos colegas afganos en Virginia. «Les pregunté por los otros y me contestaron que ya estaban todos en Estados Unidos. Los intérpretes cuando terminan un proceso sirviendo al Gobierno los traen para Estados Unidos, pues ellos corren más peligro que cualquier persona en Afganistán».

Como muchos soldados, Pablo se siente frustrado por el desarrollo de la situación. «Todo el tiempo que estuvimos allá, todas las vidas que se perdieron, todos los sacrificios individuales, uno se pregunta ¿qué pasó para llegar a ese punto?».

«¿Cuál fue el motivo de estar allá y esforzarse y arriesgarse?», se pregunta Pablo. «Son muchos sentimientos que se juntan», explica. «¿Esto se va a volver a repetir? ¿Cuántas personas más van a tener que morir otra vez? Son muchas cosas las que le pasan a uno por la cabeza, ya que uno no está sirviendo», reflexiona Pablo sobre la retirada de las tropas americanas de Afganistán.

20 años de guerra no sirvieron para pacificar al país, sin embargo, le siguió cobrando vidas a varias generaciones de americanos, «Imagino que varios de los que murieron tendrían 20 o 21 años, muchos de estos chicos cuando comenzó esta guerra no habían nacido o eran bebés».

Aunque Pablo dice que todavía es apresurado apuntar el dedo y prefiere esperar a que transcurra una investigación ante lo ocurrido en el aeropuerto de Kabul, no deja de preguntarse qué sucedió para que la avanzada Talibán tomara a las tropas americanas por sorpresa. «Alguien tuvo que haber fallado», concluye.

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