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La agonía de Occidente (III). Un atisbo de esperanza

Occidente necesita un despertar general, y esto pasa por la realización, de mano de cada uno de nosotros, del enorme valor que posee nuestra vida vivida con plenitud, y la huella que esta puede dejar tanto en nuestra sociedad como en las que están por venir

Mi último artículo sostenía que el principal desafío de Occidente no es de carácter externo, sino interno; no se trata de una amenaza, sino de su propia debilidad. Y me preguntaba en la conclusión si podemos cambiar el curso autodestructivo, suicida, que nosotros mismos hemos trazado, o si, por el contrario, hemos de pronunciar el lapidario “alea iacta est”.

Pues bien, la respuesta quizá sorprenda a más de uno en los tiempos apocalípticos que corren, pero ha de ser necesariamente afirmativa. No podemos permitirnos el lujo de dar a Occidente por perdido. Se trata, no obstante, de una hercúlea tarea. Y como toda meta alta, la estrategia inteligente (y prudente) pasa por dividirla en retos concretos, cuya consecución garantice la del objetivo final.

Un primer estadio consiste en preocuparse por conocer la realidad que nos rodea. El aborregamiento que infecta las sociedades occidentales resulta del todo inaceptable. Cierto que la sobreabundancia de información, la manipulación, y su uso con fines egoístas, partidistas o simplemente espurios contribuye a sembrar el más absoluto desconocimiento entre la mayoría de la población acerca de las agendas de quienes pretenden marcar nuestro destino. Sin embargo, esto tan solo atenúa nuestra responsabilidad, no la elimina. Podemos y debemos hacer más. Ni la dificultad para estar bien informados ni el narcótico del aletargamiento y la ignorancia constituyen excusa suficiente para proclamar la inevitabilidad del estado actual.

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“La ciudadanía todavía tiene la capacidad de situar en el poder a unos representantes políticos u otros, o bien desalojarlos”. (Foto: Flickr)

Este primer paso es en gran parte condición necesaria para poder dar el segundo. Sin embargo, este conocimiento de la realidad no basta para doblegar la obstinación de nuestra eutanasia, pues, a la razón, ha de sumársele la libertad. Y es ahí donde ha de pronunciarse la mayoría silenciosa, que, en gran medida, equivale a la mayoría cobarde.

La decadencia de Occidente responde a la tremenda irresponsabilidad de sus sociedades, pues cada uno de nosotros somos el sagrario de protege nuestros valores. Sin embargo, hemos pecado tanto por acción como por omisión. Esta responsabilidad, por supuesto, resulta directamente proporcional a la del impacto que nuestra defensa individual hubiese tenido en la preservación de todo aquello que amamos, por lo que hombres de Estado y gobernantes, periodistas y profesores, padres que han desatendido sus obligaciones ostentan mayor culpa que otros.

En cualquier caso, Occidente necesita un despertar general, y esto pasa por la realización, de mano de cada uno de nosotros, del enorme valor que posee nuestra vida vivida con plenitud, y la huella que esta puede dejar tanto en nuestra sociedad como en las que están por venir. Una tarea esta segunda que ha de acometerse con gran valentía. Conviene recordar aquí las palabras de Thomas Paine: “Si ha de haber conflictos, que sea mientras yo viva, que mis hijos puedan vivir en paz”.

En tercer lugar, en Occidente se cristaliza la superación de numerosas dicotomías que han quedado rápidamente relegadas al pasado. Una de ellas se trata del clásico antagonismo entre el Estado y el mercado, que analizaré con más detalle en futuros artículos. Otra, quizá de mayor importancia incluso, la obsolescencia en el marco político de la dimensión horizontal entre izquierda y derecha, y su sustitución por otra vertical, cuyos extremos representan la autoridad o la libertad. En este nuevo eje se ubica precisamente la línea de falla abismal que se ha creado entre las élites y el conjunto de la sociedad, tanto a nivel internacional como nacional.

Una creciente desconexión, alimentada por la denostación del concepto de ciudadanía ante elementos que suponen una amenaza para ella (caso de la inmigración irregular), y que pone en tela de juicio la esencia y funcionalidad de la democracia representativa como la conocemos, así como la confianza en las instituciones.

Pues bien, también en este terreno todavía no hemos pasado el punto de no retorno. La ciudadanía todavía tiene la capacidad de situar en el poder a unos representantes políticos u otros, o bien desalojarlos. Una capacidad, no obstante, mermada, debido a factores como el del control de la comunicación y la desinformación señalados antes. Estos tres pasos (conocimiento, valentía y responsabilidad ciudadana, y la rendición de cuentas de la clase política y de nuestros representantes, vía premio y castigo electoral, a los representados) son un posible mecanismo para revertir la situación de decrepitud que manifiesta Occidente.

Y aunque hemos de incidir en los tres de manera simultánea, han de abordarse en un orden preciso. Por ello, en esta defensa de valores que nos ocupa, ha de hacerse hincapié en el primer factor: el conocimiento de la realidad que nos rodea. Precisamente por su importancia, constituye uno de los principales campos de batalla en las democracias liberales: el de la libertad de expresión, y la vigilancia y control digital de la información como herramienta para ocultar la realidad y sustituirla por narrativas manufacturadas.

No obstante, conocedores ya de la importancia de Occidente y de su valor intrínseco e instrumental, de los elementos que provocan su agonía y de las posibles armas frente a este ataque, pongámonos manos a la obra. Despertemos.


Juan Ángel Soto es director de la Fundación Civismo. Es graduado en Administración de Empresas y Derecho por la Universidad de Navarra y tiene un máster en Teoría Política y Legal por la University College London.

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