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Sí, América es excepcional, aunque la izquierda se enoje

Los Estados Unidos son algo excepcional, aunque no sean perfectos. Ahora, la izquierda pretende condenar y demoler ese legado, para construir su tiranía sobre las ruinas de las libertades y valores americanos.

Sí, América es excepcional. Durante el primer debate de la actual campaña presidencial, Donald Trump señaló que había ordenado cancelar los entrenamientos de supuesta «sensibilidad racial» porque estos estaban siendo utilizados por activistas para «enseñarles a las personas a odiar a nuestro país… (a decirle a los alumnos) que nuestro país es un lugar horrible y racista». Trump tiene razón, pero el problema va mucho más allá de unos cuantos capacitadores con agenda tenebrosa.

Jean-François Revel explicaba que «el antiamericanismo es sobre todo un fenómeno de los medios políticos y periodísticos, y de los profesores». Lo grave, ahora, es que esa agenda revisionista se ha transformado en una de las armas más potentes de la izquierda radical no solo en Europa, sino incluso en el interior de la propia sociedad estadounidense y con ello se convierte en un riesgo de muerte para la nación misma, incluyendo a los propios demócratas “moderados” que durante varias décadas han jugado a ganarse las palmaditas de los extremistas.

Además, no es algo nuevo. Esta oleada de odio hacia los Estados Unidos tiene una fecha de inicio muy clara: 1980, con la publicación del infame A People’s History of the United States, de Howard Zinn, convertido en libro de culto por el ecosistema cultural de la izquierda y llevado a miles de salones de clase, impactando dramáticamente en la perspectiva nacional de millones de personas, muchas de las cuales quizá ni siquiera se identifiquen abiertamente con la Izquierda, pero que absorbieron esa cosmovisión y se avergüenzan de un país del que deberían enorgullecerse.

Zinn, como pionero de la actual manía de “deconstruir” y “resignificar”, tomó la historia de los Estados Unidos, la puso bajo la peor luz posible y la convirtió en un panfleto respecto a la lucha de clases. Con el pretexto de «contar la historia desde abajo», lo que hizo fue contarla desde la torre de marfil de la izquierda académica y venderla con aderezos emocionales, primero a los marxistas de cafetín en las ciudades universitarias y luego al público en general.

Hoy, esa visión antiamericana está en todos lados: desde las tareas de historia en casi cualquier escuela primaria, hasta los salones de las grandes productoras de Hollywood; desde los capítulos de Los Simpson, hasta el activismo de cantantes y deportistas; y, por supuesto, también es una de las grandes fuerzas detrás de las movilizaciones violentas que empezaron derribando monumentos a los generales confederados y ahora con la misma hostilidad destruyen monumentos en honor de George Washington o hasta del antiesclavista Hans Christian Heg.

Con sus respectivos matices, todas estas expresiones coinciden en descartar el liderazgo de los Estados Unidos y en repudiar la historia de esta nación, reduciéndola a violencia, racismo y a la discriminación de la que los “woke”, los SJW’s, los progres, supuestamente rescatarán a América y al mundo para llevarnos, ahora sí, a la utopía de la igualdad… una igualdad controlada por ellos, claro.

¿Y cómo se ve esa utopía? Para los más moderados quizá se parezca a su versión idealizada de Europa Occidental; para los más radicales sería una URSS queer, con todo y gulags para reeducar a los “enemigos del género” y con libretas de racionamiento estilo Cuba, que eviten la glotonería y el consumismo. Pueden ser más o menos horribles, pero tienen algo en común: el anhelo de que América deje de serlo, y eso sería trágico.

¿Por qué América es excepcional?

Porque Estados Unidos es verdaderamente algo excepcional: un experimento republicano surgido en una época donde el paradigma era el de la monarquía absoluta; un sistema basado en la libertad de conciencia, en un tiempo donde el disenso era considerado traición e incluso castigado con el genocidio (como sucedió en La Vendée durante la sangrienta Revolución francesa); una sociedad construida a partir de múltiples religiones, idiomas e identidades nacionales que, además, funcionaba sin un emperador y ni siquiera un fuerte gobierno central. Era absurdo, era imposible y, sin embargo, funcionó.

En 1776, cuando se firmó la Declaración de Independencia; en 1783, cuando terminó la Guerra de independencia; en 1788, cuando se ratificó la Constitución, casi nadie esperaba que Estados Unidos de América tuviera éxito como país y mucho menos que se convirtiera en una potencia de primer orden. Pero lo logró y ese hecho es en sí mismo excepcional. Más aun cuando observamos el impacto que han tenido en el resto del mundo, impulsando el sistema democrático principalmente con la fuerza del ejemplo y equilibrando dentro de un sistema de contrapesos políticos a un surtido de pasiones, ideologías y prejuicios que habrían desbaratado a cualquier otra nación.

Los Estados Unidos de América es algo excepcional, no porque sea perfecto, sino porque a pesar de sus errores, ha perseverado y ha construido algo sin precedentes en la historia humana. No es excepcional por un privilegio divino, sino por construir algo extraordinario desde el mismo plano de la humanidad que comparten con el resto de las naciones. Ciertamente nacieron con el pecado original de la esclavitud, pero incluso lucharon una guerra civil para desterrarla de su nación; también es verdad que existen casos de discriminación, pero eso es esencialmente inevitable en un país tan diverso.

Volteemos la mirada a otras latitudes, empezando por México (los asesinatos y leyes contra la comunidad de origen chino durante las primeras décadas del siglo XX) y notaremos que ese problema no es, ni de lejos, algo exclusivo de la sociedad estadounidense.

Lo que sí es único de los Estados Unidos es la forma en que personas de antecedentes tan distintos logran compartir identidad y vida, pues como dijo alguna vez nuestra admirada Margaret Thatcher, mientras que Europa es producto de la historia, América es producto de la filosofía.

Por eso es tan peligroso el sonsonete antiestadounidense que proclaman en coro los demócratas y buena parte de los intelectuales, pues a Estados Unidos no lo mantiene unido el color de piel, la religión o la historia, sino la convicción de que esta nación es un logro extraordinario, que vale la pena preservar y perfeccionar. Si esa convicción se diluye, el país perderá su elemento básico de unidad.

El 17 de septiembre, durante la Conferencia de la Casa Blanca sobre Historia Americana, celebrada en el marco del Día de la Constitución, Trump anunció el establecimiento de la “Comisión 1776”, y un apoyo presupuestal para desarrollar un temario académico que celebre la gran historia del país. Esa es una buena noticia, pero revertir el daño de la narrativa que la Izquierda ha filtrado durante décadas no será sencillo: serán necesarios años de esfuerzo, tanto desde el gobierno como desde los medios, las familias y la sociedad.

Si una nación puede estar a la altura de esta tarea es la estadounidense: después de todo, no sería la primera vez que los Estados Unidos logra algo excepcional.

2 comments
  1. Cierto. Están por todos lados. No los vemos, pero escriben obras panfletarias que llegan a las mentes débiles y contestatarias. Los gurúes tipo Soros a la caza para hacer más dinero y nosotros los cuidadores de la libertad se nos escapan estos vivos de la desinformación. Nosotros los venezolanos somos testigos de cómo coló Chávez en un caldo de cultivo de 80% de pobreza.

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