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Biden logra lo imposible: unir al GOP

Biden ha seguido un enfoque partidista de la política, dando a los republicanos una razón para unirse tras meses de disputas internas

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Joe Biden llegó a la presidencia en una posición relativamente buena: su partido tiene el control de las dos Cámaras del Congreso, acababa de derrotar a un presidente en funciones y su partido rival se encontraba en medio de un debate increíblemente divisivo sobre el papel que debía desempeñar su antiguo líder en el futuro. Aunque el presidente se enfrentaría a algunos retos importantes, principalmente el hecho de que el control de su partido sobre el Congreso era, en el mejor de los casos, tenue, había algunas oportunidades políticas que Biden podía explotar en su beneficio. Si Biden usaba bien sus primeros cartuchos, podría abrir una brecha dentro del Partido Republicano.

Sin embargo, su primer mes en el cargo ha conseguido todo lo contrario: unir al GOP en oposición a las políticas de su administración. Durante sus primeros 30 días en el cargo, la Casa Blanca de Biden ya ha estropeado la confirmación de un gabinete y ha quemado todos los puentes sobre la posibilidad de que un proyecto de ley COVID bipartidista sea la primera victoria política de su administración.

Biden todavía tiene muchos meses en el cargo para intentar persuadir al Congreso de que siga su ejemplo y muestre algunas victorias políticas bipartidistas al público antes de las elecciones de mitad de período, pero si la administración decide continuar con el enfoque que ha seguido este último año, las perspectivas de que esto ocurra son escasas.

Biden habla como un moderado pero gobierna como un sectario

Durante su campaña, Biden dijo en repetidas ocasiones que tenía la intención de reavivar las ya desaparecidas llamas del bipartidismo. Afirmó que su amplio historial en el Senado y sus posturas moderadas podrían traer algunos acuerdos que superaran la división partidista en DC, después de todo su campaña se basó en “unir” al país y restaurar el “alma de América”.

Muchos en el lado conservador se mostraron bastante escépticos sobre los tambores bipartidistas que salían del campo de Biden, otros (quien escribe, por ejemplo) decidieron dar al presidente electo el beneficio de la duda y ver cómo actuaría a la hora de la verdad. Si las acciones y decisiones que ha seguido su administración en las últimas semanas son un indicio, muy triste (aunque no sorprendente) que comprueban que los conservadores tenían razón: Biden ni siquiera intentará acercarse a la otra parte.

La primera prueba fue el alivio del COVID, un asunto en el que tanto demócratas como republicanos habían logrado alcanzar un compromiso bipartidista en dos ocasiones durante la administración Trump, una época no muy conocida por los acuerdos bipartidistas. Seamos claros, si la administración Biden hubiera querido aprobar un proyecto de ley con algunos votos republicanos, podrían haberlo hecho.

La realidad es que nunca tuvieron la intención de hacerlo. Diez senadores fueron a la Casa Blanca y ofrecieron una contrapropuesta al presidente y éste (o su equipo) los rechazó apenas un día después. Además, como los demócratas pretenden aprobar el proyecto de ley a través de la reconciliación (un proceso que permitiría aprobar un proyecto de ley con una mayoría simple), el gobierno de Biden se empeñó en una votación de línea de partido, sin siquiera intentar un proceso de negociación con el GOP.

Es comprensible que el partido en el poder decida aprobar una legislación si tiene los votos, o la oposición no quiere ni siquiera hablar. Sin embargo, los republicanos han demostrado en dos ocasiones que son receptivos a un proyecto de ley de ayuda a la pandemia. Los legisladores del GOP, en contraste con la imagen que pueden tener algunos demócratas, no son desalmados que disfrutan con el sufrimiento de los trabajadores americanos y saben que un proyecto de ley de ayuda es tanto buena política como buena economía. El GOP no estaba en contra de la necesidad del proyecto de ley, pero tenía algunas preocupaciones sobre sus detalles.

El presidente Biden ha perdido una oportunidad de oro para conseguir logros bipartidistas. (Foto: EFE)

Lo que no se puede pedir es que los republicanos aprueben ciegamente un proyecto de ley que: aseguraría que el 63 % de los beneficiarios ganarán más dinero en el paro que en el empleo, más de un tercio del importe total no se utilizaría hasta 2022 o después, y que compromete al gobierno federal a gastar 1.3 billones de dólares después de haber gastado ya casi 4 billones en 2020.

A modo de comparación, se calcula que el controvertido paquete de estímulo de la administración Obama costó 787,000 millones de dólares y el infame rescate al sector financiero en 2008 fue de 475,000 millones de dólares.

Este enfoque partidista de un proyecto de ley, que tenía el potencial de tender puentes entre ambos partidos, ha unido a casi todo el GOP en oposición al mismo. El sectarismo de Biden y el monstruoso tamaño del proyecto de ley han recordado tanto a los republicanos MAGA como a los Never Trumpers en el Capitolio por qué están en el mismo partido. Esta propuesta es tan partidista que hasta el senador Romney, quien ha tenido tremendas peleas con el GOP, publicó un artículo de opinión en el Wall Street Journal denunciándolo.

El discurso y la retórica de Biden son mucho más calmados y fríos que los de Trump o los sectores radicales del Partido Demócrata, lo cual es positivo si queremos dejar de demonizar a nuestros rivales políticos. Pero, las acciones hablan más que las palabras y, ahora mismo, el Gobierno de Biden actúa más como un fanático partidista que a un sanador nacional. Biden habla como Manchin pero gobierna como Pelosi.

Biden ganó la presidencia siendo el “antitrump”. Pues bien, hay una cosa que ha conseguido que el expresidente no ha hecho recientemente: unir al Partido Republicano.

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