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Chernóbil, El American

Chernóbil chino

Al final, es claro el denominador común: burócratas comunistas, sin una remota idea de lo que hacen, ni experiencia, toman decisiones que impactan dramáticamente en la vida de inocentes

La tragedia de 1986 en la central nuclear Vladímir Ilich Lenin, en Prípiat, Chernóbil, expuso ante el mundo, una vez más, los vicios de los regímenes comunistas y los peligros de su existencia. En ese momento, la Unión Soviética no pudo contener las consecuencias del accidente nuclear, el peor de la historia. La miniserie creada por Craig Mazin y dirigida por Johan Renck, Chernobyl, expone muy bien la manipulación y mediocridad del decadente imperio, en ese momento liderado por Gorbachev.

Aunque el régimen comunista se esforzó en ocultar las consecuencias del accidente en Chernóbil, no pudo. La mayor tragedia nuclear, quinientas veces más radioactiva que lo que generó Little Boy en Hiroshima, impactó mucho más allá de las fronteras del imperio soviético. Prácticamente toda Europa recibió el coletazo radioactivo, como consecuencia de la torpeza de un grupo de científicos poco preparados y de una falla estructural de la central nuclear.

La Unión Soviética trató de limitar el saldo oficial, como si los muertos obedecieran a la voluntad de un burócrata. Poco más de treinta, dijo el imperio comunista. Pero la realidad, según estimaciones mucho más precisas, ronda las sesenta mil personas donde miles murieron a los años, por la exposición que tuvieron a la radiación. Será imposible, de hecho, calcular el número exacto de muertos por el accidente.

El empecinamiento de la Unión Soviética en ocultarle al mundo los detalles del accidente reside en que el régimen comparte mucha responsabilidad. Como muy bien expone la serie de Mazin en su paroxismo: toda las centrales nucleares de la Unión Soviética tenían una falla estructural por la simple razón de que utilizaron lo más barato que había en el mercado para construirlas. Y por la miseria comunista, todo el mundo pagó. Cientos de miles tuvieron que abandonar sus hogares, decenas de miles de personas en toda Europa desarrollaron enfermedades como cáncer y, otras murieron a los pocos días del accidente. Todo, al final, por gastar menos y, por supuesto, evitar acudir a tecnología americana.

La gran obra de Svetlana Aleksiévich, “Voces de Chernóbil”, funciona también como testimonio de la maldad comunista. El drama que vivió cada familia esos días, ante la incertidumbre y el dolor por las enfermedades, es responsabilidad, al final, de un grupo de burócratas que no tenían ni idea de lo que estaban haciendo. El propósito, siempre, es cuidar la imagen del sistema comunista. Amén del sistema, el resto se sacrifica. El año pasado lo hicieron los chinos.

Aunque en un momento se trató de esbozar como teoría de la conspiración, hoy la mayoría de los científicos en el mundo coinciden en que no se puede descartar que el coronavirus se filtró del Instituto de Virología de Wuhan. Desde el momento en que empezó la pandemia, el régimen comunista de Xi Jinping ha evitado investigaciones rigurosas respecto a los orígenes del virus. El Partido Comunista ejerció su influencia para manipular a las grandes organizaciones y así desviar su responsabilidad. Además, todos sabemos que el régimen persiguió y acosó a quienes desde China trataron de rebatir la narrativa impulsada por el poder central. Alentó la movilización de sus ciudadanos cuando surgía la pandemia, en febrero del 2020, y trató de contener la información que se esparcía sobre el virus antes de que llegara a Occidente —como si silenciar el drama hubiera podido evitarlo—.

De confirmarse, el escape del virus del Instituto de Wuhan sería el equivalente a la tragedia de Chernóbil de 1986 en la Unión Soviética. Eso sí, con una clara diferencia: la devastación del virus ha sido mucho mayor que la de la radiación. Ya son millones los que han muerto, aunado al colapso económico de la mayoría de las naciones, la pobreza, la estafa con las pruebas del coronavirus y la tiranía que muchos Gobiernos han impuesto a sus gobernados. Si hoy discutimos sobre pasaportes de vacunación y, aterrorizados, presenciamos el desarrollo despótico de democracias liberales, es gracias al Partido Comunista de China.

Al final, es claro el denominador común: burócratas comunistas, sin una remota idea de lo que hacen, ni experiencia, toman decisiones que impactan dramáticamente en la vida de inocentes. Como lo hizo el mundo en 1986 contra la Unión Soviética, hoy Occidente debe alzar el dedo y acusar a China. Luego, debe hacerla pagar. Porque el peor error sería hacerles creer a los comunistas que pueden sumirnos en la tragedia y salir librados de ello.

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