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Historia, EEUU

Deconstrucción de la historia: demócratas obsesionados con cambiar los nombres de las calles

Legislar contra la historia y criminalizarla, a partir de una interpretación única de los hechos, es una señal clara de totalitarismo
Cambiar la historia

La polémica está servida. La alcaldía de Nueva York, gobernada por Bill de Blasio, ha mostrado su intención de cambiar nombres de calles que homenajean a líderes sureños relacionados con la Guerra Civil.

La decisión de revisar el callejero neoyorkino para eliminar los vestigios confederados parte de una propuesta de los representantes demócratas Yvette Clarke y Max Rose, quienes han enviado una carta al secretario de Defensa Mark Esper solicitando que se cambie el nombre de Stonewall Jackson Drive y General Lee Avenue, ubicadas en la base militar de Fort Hamilton, en Brooklyn.

“Las bases militares y las propiedades de los EE.UU. deben llevar el nombre de hombres y mujeres que han servido a nuestra nación con honor y distinción, no de aquellos que han tratado de destrozarla para defender la supremacía blanca”, reza la misiva.

El presidente Donal Trump reaccionó rápido ante la decisión del ayuntamiento metropolitano, señalando a través de su cuenta de Twitter que estas instalaciones militares forman parte de un legado de triunfos y victorias a favor de la libertad del pueblo estadounidense. “Los Estados Unidos de América entrenaron y desplegaron nuestros HÉROES en estos terrenos sagrados y ganaron dos guerras mundiales. Por lo tanto, mi Administración ni siquiera considerará el cambio de nombre de estas magníficas y fabulosas instalaciones militares”, remarcó.

Trump defiende la historia

Los libros de historia dan fe que ambos oficiales prestaron servicios en esta base en la década de 1840, en la que el general Lee trabajó además como ingeniero de correos entre 1841 y 1846.

La propuesta continúa suscitando polémicas y opiniones encontradas. De hecho, algunos líderes de la sociedad civil neoyorkina han anunciado que presentarán alegaciones por la manera unilateral del proyecto de los representantes demócratas, al tiempo que exigen que los ciudadanos puedan participar en decisiones de este tipo con el fin de evitar maniqueísmos y posibles anomalías en el procedimiento sobre el cambio de nombres de calles y plazas.

Desde hace años, tanto “Antifa” como la organización “Black Lives Matter” con el visto bueno de un gran número de líderes del Partido Demócrata, están detrás de una meditada campaña contra los símbolos de la Guerra Civil. En 2017, fue retirada también una placa en memoria del General Lee en las afueras de la Iglesia Episcopal ST. Lee era miembro de la sacristía de la iglesia.

Al calor de las protestas recientes, grupos de extrema izquierda han derribado monumentos de figuras del ejército confederado en Estados Unidos, incitando al odio, a la confrontación y al rencor.

Pero esta campaña que pretenden imponer sobre la base de un solo relato de las gestas históricas se ha tornado un arma de doble filo para los demócratas y ha servido para que los grupos marxistas radicales hayan destruido en Rochester (Nueva York) una estatua del abolicionista negro Frederick Douglass, autor del célebre discurso “Lo que para el esclavo es el 4 de julio”, en el que calificaba la histórica celebración como una farsa política.

Historia, EEUU
Tanto “Antifa” como la organización “Black Lives Matter” con el visto bueno de un gran número de líderes del Partido Demócrata, están detrás de una meditada campaña contra los símbolos de la Guerra Civil. (Flickr)
La cruzada de guerracivilismo

La utilización de las víctimas de la esclavitud durante la Guerra Civil se ha convertido en una de las obsesiones preferidas de los medios afines a los lobbies comunistas en EE.UU., y sus historias se desempolvan con excitada pasión ideológica en diferentes ciudades del país. La reivindicación es la misma en todos los casos: destrozar o retirar sin miramiento alguno nombres de calles, plazas y monumentos confederados por considerar que encarnan el racismo, la esclavitud, la segregación y el odio.

Esta cruzada de guerracivilismo -orquestada por las élites progresistas- y la insistencia por dividir de nuevo a EE.UU. en dos mitades irreconciliables se ha convertido en uno de los más sonados motivos de inquietud de la sociedad norteamericana. Y, aunque parezca un hecho menor y aislado, podría tener connotaciones devastadoras en el sistema democrático del país, al inscribirse en un momento de especial crispación política y social en la que algunos líderes irresponsables no dudan en fomentar el odio más atávico.

La historia debe interpretarse de manera integral y objetiva o se convierte en una manipulación al servicio de causas partidistas. EE.UU. se enfrenta hoy a las consecuencias de un pasado complejo y apasionante como lo fue la Guerra Civil Americana (1861-1865), que marcó el fin de la esclavitud, pero también legitimó la reunificación de los diferentes Estados en una única nación inseparable regida por la Ley y la Constitución. De hecho, las cronologías históricas recogen varios cientos de miles de estadounidenses blancos que murieron en la Guerra Civil para liberar a los esclavos.

Una de las tesis más controversiales de los políticos demócratas que gobiernan en muchas ciudades de EE.UU. es que para moldear una sociedad en los nuevos valores de justicia social se necesita destruir la identidad histórica de las pasadas generaciones para impedir que éstas las transmitan a las actuales. Y para ello utilizan una estrategia inequívoca: destruir los símbolos, las ideas y las pruebas del pasado para construir desde el “buenismo historicista” una narrativa falsa en función de criterios ideológicos excluyentes.

Una prueba clara de querer poner en práctica esa memoria selectiva ha sido esta decisión de los comisionados de la ciudad Nueva York para el cambio de nombres del callejero de la ciudad. De hecho, la figura discutida e injustamente valorada del general Robert Edward Lee es un ejemplo de cómo el maniqueísmo ha llevado al desconocimiento generalizado de la historia de la guerra de Secesión y los consiguientes malentendidos. Hay documentos que prueban el desacuerdo de Lee sobre la esclavitud y su apoyo a la fundación de escuelas para esclavos en plantaciones, además de su afán para incluir soldados negros en el ejército confederado.

En rigor, naciones como EE.UU -llamadas a ejercer un firme liderazgo para defender los pilares de su democracia- no deberían perder ni un minuto en desmentir y desenmascarar a los que envenenan y adoctrinan a la sociedad con dosis masivas de desinformación.

Como cuando durante el período de la Reconstrucción y tras la aprobación de la Decimocuarta Enmienda a la Constitución de 1787, que declaraba ciudadanos de los EE.UU., a todos los nacidos dentro de las fronteras del país sin distinción de raza, la fiebre del nombramiento de calles y plazas produjo significativas arbitrariedades con referencias obligadas, en uno u otro bando, según el Estado en que estas se llevaban a cabo. De esa forma, líderes políticos republicanos radicales y militares del Norte, de tendencia autoritaria y mercantilista, aparecieron entonces en la nomenclatura de las calles y plazas sin que ello supusiese trauma alguno al ciudadano.

Desde la caída del muro de Berlín, la izquierda en todo el mundo -y sus brazos mediáticos- intenta justificar sus fracasos y crímenes históricos, utilizando un relato de la historia que le permita ponerse al lado de las víctimas y emplazar a sus enemigos como cómplices de los verdugos.

Legislar contra la historia y criminalizarla, a partir de una interpretación única de los hechos, es una señal clara de totalitarismo. Fue lo que hizo Alejandro Magno con Persépolis en el 330 a. C. y luego repitieron Stalin, Hitler y Mao -y sus discípulos, Fidel y Chávez– en sus respectivos países para rescribir la historia y liquidar el andamiaje constitucional.

Profundizar en la historia

¿Hasta qué punto la sociedad norteamericana es consciente de la forma en que los dirigentes marxistas radicales se dedican no sólo en los medios de comunicación, sino también en foros de debate público, a manipular sentimientos y escamotear una parte de los acontecimientos históricos para socavar los cimientos del Estado democrático?

Profundizar en el conocimiento de la historia es esencial para salvaguardar la identidad de un país y ninguna sociedad debe prescindir de ello. Ahora bien, si lo que se pretende es hacer justicia, es necesario mirar en todas las direcciones.

Denunciar solamente los atropellos de la Guerra de Secesión a la vez que se ignoran y ocultan transgresiones cometidas por otros colectivos como fue el caso de las Panteras Negras, no es recuperar memoria alguna sino poner la historia al servicio de un grupo político con una agenda muy bien predeterminada para enquistarla en una maraña de buenos y malos. En una frase: es falsear la memoria de todos en beneficio de una parte que se ha atribuido el derecho a ser la conciencia colectiva de una nación.

Detrás de esta campaña de destrucción del legado histórico, la izquierda radical querrá imponer leyes y “comisiones de la verdad” para acallar las voces de historiadores que sostengan puntos de vista diversos y plurales sobre los acontecimientos acaecidos en el pasado. Es el conocido manual de estilo que siguen a pie juntillas los regímenes comunistas.

La historia -que en el caso de los EE.UU. engloba muchos más valores que un idioma, un mercado y una moneda común (“One Nation Under God”)- no es patrimonio de los partidos políticos, ni de ninguna agenda ideológica. Profundizar en su pasado, conocerla y respetarla en toda su dimensión, con sus errores y aciertos, es una obligación para que las futuras generaciones de norteamericanos la reciban sin prejuicios, sin sectarismos de ninguna clase y, sobre todo, sin odio.

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