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Progresismo, El American

“La dictadura cultural es un progresismo que está enfilado hacia la nada misma”: Pablo Muñoz Iturrieta

“El cambio cultural que estamos viviendo con el progresismo deja de lado la profesión de la verdad”, explica el escritor

Pablo Muñoz Iturrieta (Argentina, 1982), doctor en Filosofía Política por la Universidad de Carleton, es un escritor y conferencista especializado en temas de ideología de género y libertad religiosa. Su campo de investigación está centrado en la persona humana. Es autor de varios libros, incluyendo Atrapado en el cuerpo equivocado: la ideología de género frente a la ciencia y la filosofía (2019), The Meaning of Religious Freedom in the Secular Public Square (2020), Las mentiras que te cuentan, las verdades que te ocultan (2020) y pronto publicará Política, Secularismo y libertad religiosa (2022).

Se ha producido una situación aparentemente paradójica, donde las democracias que se tienen por modélicas (caso de Nueva Zelanda o de Canadá, que conoces de primera mano) impusieron algunas de las medidas más severas y draconianas para lidiar con el COVID en todo el mundo. Explica Ryszard Legutko, eurodiputado polaco, en The Demon in Democracy que el Estado liberal contemporáneo tiene un poder inédito con el que ni siquiera soñaban los autoritarismos del s. XX. ¿Están siendo validadas sus tesis por los sucesos de los últimos dos años?

Ciertamente coincido con el análisis del autor polaco acerca de cómo, en definitiva, las democracias liberales contemporáneas se están convirtiendo en una especie de activismo político y justiciero. De hecho, se habla mucho de los “guerreros de la justicia social”.

Hay un paternalismo que se está manifestando por parte de personajes como Trudeau o la primera ministra de Nueva Zelanda, quienes quieren dictaminar cómo pensar, cómo hablar, cómo manifestarse, cómo moverse. Algo muy similar a lo que Legutko plantea que se vivió en el bloque comunista. Sin embargo, yo también tengo una teoría que desarrollo en mi último libro Las mentiras que te cuentan, las verdades que te ocultan.

Una de las cosas que yo planteo en dicho libro es que Occidente está fundamentado en lo que en el Imperio Romano se consideraba la institución del juramento. ¿Qué es la institución del juramento? El hecho de que vivimos en una sociedad que presupone que, para que se pueda conformar como tal —y esto incluye también las familias— las personas deben ser fieles a sus palabras, deben cumplir lo que prometen. Sin esa fidelidad a la palabra dada es imposible poder construir una sociedad política como la hemos conocido.

El cambio cultural que estamos viviendo con el progresismo deja de lado la profesión de la verdad. Hecho que se manifiesta especialmente por leyes como la del género, que obliga a los ciudadanos a mentir. Si dejamos de lado esa obligación para con la verdad —que fundó a nuestra civilización occidental— significa que la civilización en la cual vivimos no solamente se ha acabado, sino que es una pseudocultura que nos va a llevar a la nada. Por eso hemos sido testigos de la transformación misma del marxismo: que pasó de una dialéctica materialista en el plano económico, a lo que hoy en día es el nihilismo deconstructivista característico del posmodernismo.

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Este campo es un campo de validación y debe quedar sin cambios.

Las democracias liberales actuales han abrazado ese posmodernismo como ideología fundante, y es por ello que la presente dictadura cultural es un progresismo que está enfilado hacia la nada misma. Una verdadera dictadura de la nada busca destruir la libertad, establecer la uniformidad del pensamiento, empobrecer la lengua (destruyendo los clásicos), prohibir la lectura, purgar los libros… Sobre esto último, recientemente el Gobierno de Trudeau anunció que va a hacer una purga gigantesca dentro de la Biblioteca de Canadá (que vendría a ser el equivalente a la Biblioteca del Congreso de los Estados Unidos) de todo libro que no tenga una perspectiva indígena. Lo mismo ocurre con la imposición del lenguaje inclusivo. Aquí en Canadá se ha vivido muy fuerte la obsesión de los pronombres, que ha llevado a todos los tontos a ponerse un pronombre en el perfil porque no quieren quedar fuera del control de pensamiento.

Otra muestra de la abolición de la verdad es la ideologización de la educación, que ha hecho de las escuelas centros de adoctrinamiento. También hablo en el libro de suprimir la historia. Porque una vez que se suprime la historia, ya se puede reescribir a la propia voluntad. Y, partir de ahí, proponer toda una agenda política basada en opresiones pasadas inexistentes (lo que ilustra la importancia de incorporar la teoría critica de la raza en todo este debate político).

Luego se da otro elemento en la negación de la naturaleza, la cual se la contrapone a la cultura. Se contrapone el sexo biológico versus la identidad de género. De esa manera se propaga el odio por lo que se llama la “psicologización del pensamiento crítico”, a saber: se inventan fobias para tratar de cancelar el pensamiento. Hoy en día tenemos legislación con relación a la homofobia, transfobia, lesbofobia, gordofobia… y la carátula que tú quieras inventar.  Detrás de todos estos elementos, obviamente, hay una aspiración de fondo de control elitista-globalista. Pasa en todas las democracias liberales, pero es evidente que el modelo canadiense ocupa una posición de vanguardia.



¿Las élites políticas occidentales, que como comentábamos están fuertemente cuestionadas por sus mecanismos liberticidas aplicados bajo la excusa de proteger la salud pública, podrían estar usando la guerra en Ucrania como herramienta de distracción y apaciguamiento social?

En enero de este año —y lo pueden verificar en mi cuenta de Twitter— anunciaba que los Gobiernos europeos y el Gobierno de Canadá, entre otros, ya no podían contar con el miedo de la pandemia para seguir ejerciendo medidas autoritarias sobre la población. Se estaban dando una serie de manifestaciones muy profundas de descontento, que socavaban y sacudían la credibilidad política de sus líderes. Por lo tanto, ponía en riesgo —en un riesgo muy grande realmente— el plan, por así decir, de “control social” del cual fuimos testigos en los últimos dos años. Yo ahí manifestaba que necesitaban de una guerra y que ello explicaba el porqué de las constantes provocaciones a Rusia. Estaban desesperados por este escenario para tapar no solamente su rechazo, sino también el gran problema financiero que se está dando a nivel mundial.

A los pocos días de decir yo todo esto, surge la iniciativa del convoy de los camioneros de Ottawa. Claramente fue un golpe fortísimo para el gobierno, que estuvo a punto de causar la dimisión del primer ministro, quien se vio forzado a retirar la ley marcial, ya que si el Senado la rechazaba esta iba a significar un voto de no confidence (o sea, su remoción del cargo).

Sin duda que los gobiernos actuales, con todo el aparato mediático, están aprovechando la ocasión de la guerra de Ucrania para imponer no solo una visión única del conflicto —tergiversada y manipulada, como siempre— sino tratando de lavar su imagen y de tapar otros serios problemas que se vienen. Cuando se tapa un problema con otro problema, tarde o temprano todo explota. Es eso a lo que yo realmente le tengo mucho temor. Tanto por la crisis energética que pueda seguir a este evento, como por todos los contratiempos financieros y económicos (el colapso del valor de la moneda, por ejemplo). Será un antes y un después, una transición hacia un nuevo modelo económico y un nuevo modelo político internacional. No se va a quedar en la nada. Aquí tenemos que estar muy atentos a cómo China va a aprovechar la situación para erigirse en la máxima potencia.

¿La “visión única y tergiversada” del conflicto se instala en parte por el rol díscolo que juega Rusia para el globalismo?

Tenemos que distinguir un doble tipo de órdenes en pugna en esta situación actual. Puede que haya más, pero yo quiero mencionar simplemente dos órdenes fundamentales: uno es el ideológico y el otro es el geopolítico. En el plano ideológico obviamente que Rusia representa, de alguna manera, una visión del mundo y de la realidad totalmente contrapuesta a la que se quiere imponer desde las élites globalistas. Es tal vez por eso que muchas personas encuentran en ella y en los discursos de Putin una esperanza.


Desde el punto de vista ideológico, hay una contraposición muy grande entre Rusia y su modelo —al menos puertas adentro— y aquel que persiguen la ONU y las distintas instituciones de la Unión Europea. Pero luego, y de manera mucho más directa en este conflicto, hay una cuestión geopolítica de fondo que tiene que ver con la energía: el hecho de que en el sur de Ucrania, en la zona de Crimea, se encontró gas alrededor del año 2011. Ese es un factor determinante a considerar, que explica por qué si bien Rusia propone un modelo antiglobalista dentro de su propio territorio, apoya a un montón de dictaduras en la región con un modelo más alineado a las organizaciones supranacionales.

Desde el punto de vista ideológico, Rusia, en cuanto a nación, está en las antípodas del globalismo progresista que se promueve desde los grandes centros financieros internacionales; ahora bien, desde el punto de vista geopolítico, cada uno tiene sus intereses.  En función de dichos intereses, llega incluso a apoyar dictaduras como la de Venezuela, Nicaragua y Cuba. Tener paso por el canal de Nicaragua, por ejemplo, si se llega a construir, es un asunto estratégico.

La batalla por Ucrania, a mi juicio, tiene mucho que ver con la dependencia energética de Europa hacia Rusia. De sacarse el gas de Ucrania, los europeos podrían prescindir de los rusos. Es eso lo que está de fondo.  Hay que tener en cuenta que El 20 de febrero de este año, cuando Kamala Harris fue a Alemania, habló de incorporar a Ucrania a la OTAN. El anuncio empujó a la invasión rusa, que se produjo partir del día 24 de febrero. Nótese que hay cuatro días de diferencia (o tres días si contamos los días que tenemos entre medio) que realmente explican el por qué a Rusia lo que le hicieron es empujarla a la fuerza a una situación con la cual nos encontramos. A la Unión Europea y a la OTAN no les importó absolutamente nada cualquier cuestión relacionada con la diplomacia para tratar de evitar el presente desenlace.

Desde un punto de vista conservador y soberanista, ¿es mejor tener un mundo unipolar, bipolar o multipolar?

No sé si tenga sentido en la geopolítica y las relaciones internacionales tratar de encontrar una respuesta comparativa, lo que se juega son los intereses de cada actor. En la actualidad ya no tenemos a los Estados-nación en pugna entre sí, sino que se han incorporado nuevos jugadores sobre el tablero a partir del s. XX. A estos jugadores, que tienen más poder que muchos de los Estados, los llamo “unidades políticas sin asiento territorial”. Cuentan con una enorme capacidad financiera y tecnológica.  Me refiero a los fondos de inversión (BlackRock, p. ej.) y grandes compañías tecnológicas (Google, Facebook, p. ej.), que podrían perfectamente si lo desearan desviar una elección presidencial en una dirección u otra. Lo mismo pasa con las fundaciones (Open Society, p. ej.), que trabajan para desestabilizar el orden social.

En la realidad mundial a veces nos toca solamente ser espectadores, mantenernos expectantes y tratar de entender lo que ocurre. La comparación no corresponde por el simple hecho de que el panorama escapa a las categorías de las que disponemos.

¿Qué podemos hacer para vencer el nihilismo y cambiar el orden imperante? Desde nuestras filas se sugieren varias alternativas: la desobediencia civil, una estrategia a mediano o largo plazo basada en la metapolítica y la batalla cultural, o algo más inmediato como organizarse en torno a partidos y think tanks.

En mi opinión personal, y como ya he expuesto en Las mentiras que te cuentan, las verdades que te ocultan, me parece que no podemos enfrentar solos a esta embestida progresista. Es clave formar comunidades —aunque sean pequeñas— grupos con las cuales nos relacionemos. Bien sea por una afinidad basada en cuestiones religiosas, laborales, de donde se vive, de ideales… Tener ciertos objetivos en común es la única manera realmente de salir adelante.

La familia y distintas personas se pueden aglutinar y, de esa forma, construir una comunidad de base para poder sobrevivir al progresismo. Hablamos de algo esencial, ya que el ser humano es un ser no solamente político, sino también profundamente social. Necesita del contacto social para poder crecer en el carácter, en la virtud, y madurar.

Por otro lado, también me parece importantísimo el poder formarse bien, ya que en definitiva estas ideologías penetran con la condición de que la persona sea ignorante. Ahora eso es más importante que nunca por una simple razón: que en el pasado había toda una cultura basada en valores —especialmente un propósito trascendente de la vida— y que, de una u otra manera, suplía cualquier deficiencia de la persona en su formación; en cambio, hoy en día esa cultura no existe. Si los padres no están bien formados y no están bien preparados son incapaces de llenar el vacío que ha creado el progresismo.

Si queremos generar una revolución contracultural, debemos estar formados primero que cualquier otra cosa. El cambio que se requiere es eminentemente cultural, y ni la política ni la economía podrán llevarlo a cabo. Un claro ejemplo de eso es Canadá: un país que ahora económicamente no está muy bien, pero que cuando ha estado muy bien en el fondo sigue presentando un profundo problema cultural.

Vuelvo a lo que siempre digo: es imperioso el crear instituciones que sean subsidiarias del trabajo familiar. Debemos trabajar desde esa base pequeña, formar nuevas escuelas que sirvan a las familias y que potencien lo que el niño aprende en ellas. Si denunciamos que hoy en día, lamentablemente, los centros de educación son centros de adoctrinamiento, lo que tenemos que hacer es crear nuevos centros de educación. Tenemos que sacarle la educación al Estado, tenemos que idear entre todos juntos una escuela de nivel primario y de nivel secundario.

Luego hay que comenzar a pensar en grande, con una universidad. Los intelectuales los tenemos, lo que se trata es de armar un sistema de educación que esté al servicio de la familia, de los jóvenes, de los niños; para impulsar sus ideales y todas las capacidades que tienen ellos. En suma, dar una batalla cultural seria.

Finalmente, conformar un movimiento político que lleve nuestras demandas al plano político y social. De lo contrario, los esfuerzos son estériles. Lo vimos con el caso de los camioneros y la contrarrevolución canadiense, donde no existía una representación en el Parlamento y en el ámbito político. Se apeló a una desobediencia civil; pero aunque hubieran conseguido tumbar a Trudeau, no habrían tenido con qué reemplazarlo.

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