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DIGNIDAD BURGUESA

“Dignidad burguesa”: la idea que creó el mundo moderno

¿Qué podría explicar el enorme crecimiento de la riqueza desde el siglo XIX?

Por Luis Pablo de la Horra

Al pensar en la asombrosa mejora del nivel de vida que se ha producido en los dos últimos siglos, no se puede dejar de preguntar por las causas de una transformación tan radical: ¿Qué explica el aumento sin precedentes del ingreso per cápita que ha experimentado el mundo desde 1800?

Para responder a esta pregunta, hay que mirar hacia atrás donde todo comenzó: la Inglaterra de finales del siglo XVIII. En efecto, Inglaterra fue pionera en una nueva forma de hacer las cosas que marcó un punto de inflexión en la historia de la humanidad. ¿Pero por qué tuvo lugar este cambio dramático en Inglaterra? ¿Por qué a finales del siglo XVIII? Y lo más importante, ¿Qué provocó ese cambio?

Para ser honesto, nunca había reflexionado sobre las causas últimas de la Revolución Industrial, el inicio de la prosperidad moderna. Como muchos otros, había dado por sentado que, en algún momento y por diversas razones, Inglaterra abrazaba los mercados, un marco institucional que protegía los derechos de propiedad privada y los contratos, y el libre comercio, todo lo cual dio lugar al crecimiento económico moderno.

Sin embargo, como señaló la historiadora económica Deirdre McCloskey en su libro Bourgeois Dignity: Why Economics Can’t Explain the Modern World, este relato no explica por sí mismo lo que ella llama el Gran Hecho: el aumento sin precedentes del nivel de vida que comenzó en 1800. Dignidad Burguesa, que es el segundo volumen de una trilogía que trata de encontrar una respuesta basada en la evidencia (aunque no necesariamente materialista) a las preguntas anteriores, examina críticamente y rechaza cada una de las explicaciones que los historiadores económicos han explorado para dar cuenta del surgimiento de la Revolución Industrial en la Inglaterra del siglo XVIII. Echemos un vistazo a algunas de ellas.

El surgimiento de la Revolución Industrial ha sido explicado por lo que McCloskey llama fundamentalismo del capital: la idea de que la acumulación de capital fue el principal factor que dio lugar a la Revolución Industrial, así como la fuente del impresionante crecimiento económico que explica el mundo moderno. Nadie niega que las inversiones de capital producen prosperidad a largo plazo al aumentar la productividad y, por lo tanto, el nivel de vida. Sin embargo, no es suficiente para explicar las no linealidades del crecimiento económico: el proceso no fue gradual, como lo sería si se explicara por la acumulación de capital, sino que fue explosivo, como se muestra en el gráfico que figura a continuación.

Tampoco fue una expansión del comercio, según McCloskey. Parece obvio que las políticas comerciales orientadas al libre mercado favorecen la prosperidad económica: cuanto más comerciamos con otros, mejor terminamos.

Sin embargo, McCloskey afirma que el comercio exterior no es un motor crucial para el crecimiento. La adopción de políticas de libre comercio a mediados del siglo XIX por parte de Inglaterra fueron sin duda positivas, pero no puede explicar por sí sola el hecho de que el ingreso real per cápita en Inglaterra se haya multiplicado por dieciséis desde entonces.     

¿Qué hay de las instituciones? Pocos negarían que las instituciones políticas y económicas inclusivas (utilizando la terminología de Acemoglu y Robinson en su destacada obra Why Nations Fail) desempeñan un papel decisivo en el establecimiento de los incentivos y limitaciones adecuados que permiten a las personas desarrollar todo su potencial. Sin embargo, las instituciones no son suficientes para explicar el Gran Hecho, argumenta McCloskey. Tomemos el caso de los derechos de propiedad, uno de los pilares de las sociedades de mercado.

Si el surgimiento de la Revolución Industrial estuvo de alguna manera vinculado a los derechos de propiedad, ¿por qué el Gran Hecho comenzó a tomar forma precisamente en Inglaterra a finales del siglo XVIII? Después de todo, como señaló McCloskey, “las instituciones de los derechos de propiedad se establecieron muchos siglos antes de la industrialización, en China más incluso que en Europa (…) si los derechos de propiedad fueron la novedad crucial de 1689 [año de la Revolución Gloriosa] ¿por qué no la industrialización antes y en otros lugares, en donde también se aplicaron los derechos de propiedad?”.

McCloskey también examina otras posibles explicaciones y concluye lo mismo: no fue ni la trata de esclavos ni el imperialismo ni los factores geográficos ni la mejora del transporte. Ninguno de ellos tiene suficiente poder explicativo para explicar un cambio tan drástico. ¿Qué causó entonces la Revolución Industrial y, como resultado, el crecimiento económico moderno?

En palabras de la autora, “un cambio en la forma en que la gente honraba los mercados y la innovación causó la Revolución Industrial, y luego el mundo moderno”. Este cambio, que comenzó en los Países Bajos del siglo XVII y llegó a Inglaterra en el 1700, no puede explicarse recurriendo exclusivamente a razones materialistas o económicas. De lo contrario, el Gran Hecho podría haber tenido lugar en otros lugares o épocas de la historia, pero no fue así.

¿Qué tan convincente es el relato de McCloskey? El dominio de la literatura que McCloskey muestra a lo largo del libro así como la robustez de sus argumentos hace de la Dignidad Burguesa una narración muy persuasiva, especialmente cuando se trata de explicar lo que no causó la Revolución Industrial.

Su tesis principal sobre lo que provocó el Gran Hecho es más controvertida, aunque hay que señalar que no es el objetivo del libro presentar pruebas a favor del cambio sociológico que ella defiende: esto se hace en el volumen tres de la trilogía. En cualquier caso, Dignidad Burguesa es una lectura obligada para cualquiera que esté interesado en entender las raíces del mundo moderno.

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