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Don Quijote y la teoría económica moderna

Entre los precursores de la teoría económica contemporánea citaré en una lista incompleta a Domingo de Soto.

Los prejuicios de los académicos angloparlantes sobre la España del siglo XVI y VXII les impiden ver que la compleja realidad intelectual, política y cultural de aquella imperial España incluyó avances en la teoría económica que la ponen muy lejos del pensamiento oscurantista que le atribuyen esos prejuiciosos expertos tercamente, contra la abrumadora evidencia.

Entre los precursores de la teoría económica contemporánea —especialmente influyentes en el paradigma de la Escuela Austríaca— citaré en una lista incompleta a Domingo de Soto (1494-1560), Martín de Azpilcueta (1491-1586), Diego de Covarrubias y Leiva (1512-77), Luis Saravia de la Calle (s. XVI), Tomás de Mercado (1525-75), Luis de Molina (1535-1600), Juan de Mariana (1536-1624) y Juan de Lugo (1538-1660). Salamanca fue el centro de aquel pensamiento sobre el mercado libre y la economía subjetiva de unos economistas precursores que eran teólogos morales preocupados por desentrañar la realidad material y moral de fenómenos como las tasas de interés, los precios de mercado y las causas de la inflación.

Esa teoría económica avanzada no solo surgió en la España del siglo de oro, sino que llegó a estar muy ampliamente extendida. De ello da cuenta Miguel de Cervantes en la que un profundo conocedor de la literatura, historia y economía de aquella España, como es el profesor Eric Graf, considera la primera novela moderna, Don Quijote de la Mancha —Don Quijote se publicó en dos partes, la primera en 1605 y la segunda en 1615— porque como siempre señala Graf, Don Quijote está repleto de ideas económicas muy modernas sobre los más diversos temas, tanto en sobreentendidos tan obvios para el autor —y por ello, para el personaje— como para darlos por entendidos con simplemente mencionarlos, como en sutiles críticas literarias mediante simbolismos —obvios para sus contemporáneos, difíciles para nosotros— contra las políticas económicas de los Habsburgo.

Me limitaré a tres de los mejores ejemplos de Graf sobre la economía en Don Quijote:

Valor temporal del dinero: En Instrucción de mercaderes de 1544 Saravia inició una radical ruptura con las viejas formas de pensar acerca de los negocios. En Suma de tratos y contratos de 1569, de mercado adelantó una visión racional del fenómeno del cobro de intereses y en finalmente en su Tratado Único de Intereses de 1637 Vasconcillos denunció la injusticia —y el escándalo moral— de pretender pedir dinero prestado de forma gratuita.

Cervantes critica ciertas leyes contra la usura y da por obvio el hecho de que fueran ignoradas completamente en el cálculo de una deuda, que incluía el tiempo de retraso del pago. En el diálogo entre Don Quijote y Juan Haldudo, para determinar al salario pendiente que el abusivo campesino le debe al escarnecido pastor Andrés, Don Quijote calcula sin dudar que “nueve meses, a siete reales cada mes” resulten ser “setenta y tres reales”. Pueden pensar los ignorantes ilustrados que Don Quijote no sabe aritmética, pero sabe calcular y muy bien, ya que calcula un cargo adicional de diez reales por el retraso de pago de sesenta y tres reales durante nueve meses, un interés del 21 % anual, que era una tasa de mercado común en los tratos de la España de 1600 en la que, de una u otra forma, se pactaban intereses contra las leyes de usura y se teorizaba económica, moral y teológicamente contra las mismas y por la legitimidad del valor del dinero en el tiempo que justifica el interés pactado en un mercado libre.

Mercados de trabajo libres: Si algo marca la ruptura entre el Feudalismo y el mundo burgués del que emergió el capitalismo moderno es la convicción moral —y la realidad económica— de la obligación de compensar a las personas por los bienes y servicios que nos proveen mediante precios pactados en un mercado libre. En Don Quijote, Sancho Panza y su “natural Señor” negocian y renegocian el sueldo de Sancho. Sancho pregunta a su señor “querría yo saber (…) cuánto ganaba un escudero de un caballero andante en aquellos tiempos, y si se concertaban por meses, o por días, como peones” y cuando Sancho amenaza con lo que hoy denominaríamos “ir a huelga” un Sansón Carrasco, descrito por Cervantes como “perpetuo tratulo y regocijador de los patios de las escuelas salmanticenses” ofrece sus servicios como escudero —y a efectos del huelguista Sancho como esquirol— a Don Quijote, con lo que de inmediato le señala el hidalgo a su escudero que tal y como le había adelantado, siempre hay competencia en un mercado laboral. Dice Don Quijote “¿No te dije yo, Sancho, que me habían de sobrar escuderos?”.

La inflación como inevitable resultado de sobre-emisión de circulante para financiar el creciente gasto gubernamental: Los Habsburgo de la España de inicios del siglo XVII adelantaron la primera producción industrializada de dinero fiduciario para financiar guerras y otros dispendios. Y en la denuncia de aquella política monetaria —y del gasto en guerras inútiles e interminables junto a la creciente corrupción y clientelismo— destaca Juan de Mariana con Moneate Mutatione en latín, luego presentado en español como Tratado de la moneda de vellón. Felipe III ordenó la quema de los libros de Mariana porque Mariana relacionó teoría monetaria y teoría política al afirmar que la inflación es una forma de impuesto que no ha sido sometida a los representantes del pueblo y que sin aquello es una tiranía del rey —e incluso con aprobación parlamentaria sería censurable— por lo que la Inquisición le hizo un juicio de lesa majestad del que salió bien librado.

¿Cómo lleva esa crítica Cervantes a Don Quijote? Pues en una metáfora entre los enfermos cascos de Rocinante y el deteriorado poder adquisitivo de las monedas de cuarto, en irreverentes comentarios de Don Quijote sobre pagar con la devaluada moneda de curso legal lo que se calculó en otra de mayor valor. Y en el gesto simbólico de arrojar monedas de oro —despreciando las otras— como propina al domador de leones que lleva dichas bestias al rey.

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