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Macron, Francia

¿Por qué Emmanuel Macron sigue siendo la única opción de Francia?

A pesar de su innegable soberbia y de las innumerables crisis que ha atravesado desde el comienzo de su administración, es el único que no arrastrará Francia a su implosión

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La crisis del coronavirus (primero, como amenaza a la salud pública; luego, por su costo económico) y el posterior drama de vacunación (que llevó a un resurgimiento de viejos nacionalismos disfrazados de guerras de laboratorios) invisibilizaron, al menos para las grandes masas, la carrera presidencial en Francia, que llegará a su culmen en mayo de 2022. 

Estas elecciones se celebrarán sin grandes (ni nuevos) protagonistas: a un año del primer rendez-vous con las urnas, todas las encuestas indican que el populismo puro y duro francés dará batalla al moderado La République en Marche (que gira exclusivamente alrededor de un único individuo, el actual presidente Emmanuel Macron).

El populismo francés ostenta sus ya conocidos representantes. En el extremo izquierdo está Jean-Luc Mélenchon, un reaccionario filochavista que, al igual que el hoy insignificante Parti Socialiste, no propone otra cosa que no sea aumentar impuestos “a los más ricos”.

La izquierda francesa se ha destacado siempre por un profundo odio a todo aquel que produzca, innove o intente aumentar ganancias. Tener más de lo mínimo se asocia masiva y automáticamente a explotación e insensibilidad social (poco importa si dentro de los millonarios franceses se encuentran los mayores filántropos y mecenas del patrimonio y arte galo). 

Macron, Francia
Jean-Luc Mélenchon exigiendo la liberación del expresidente brasileño Lula da Silva. (Flickr)

Lo que diferencia a Jean-Luc Mélenchon de la izquierda tecnócrata (en su muy momento, muy bien representada en la figura de François Hollande) no es simplemente su grado de radicalización e intransigencia, sino su insensata simpatía por el separatismo islamista, que tanto ha agrietado a la sociedad francesa. Mélenchon se expresa como si ignorase que hay comunidades en el país en donde la sharia pesa más que la ley de la república y sistemáticamente ataca a las instituciones cada vez que actúan en contra de esta conminación.

En el extremo derecho del populismo francés se encuentra Marine Le Pen, que sigue sin saber los conceptos más básicos de economía proponiendo un proteccionismo imposible que solo dañaría los intereses de los franceses, pero que cosecha votos gracias a poco elocuentes discursos antiinmigración en los que confunde duraznos con damascos. 

A nivel internacional, no han sido pocos quienes han esbozado rebuscados paralelismos entre Le Pen y el expresidente de Estados Unidos Donald Trump. Lo cierto es que, más allá de la falta de cierta diplomacia o decoro protocolar, la candidata francesa no se parece en nada a Trump. De hecho, es casi su opuesto: Le Pen ha vivido de la función pública (en otras palabras, no es una outsider antisistema) y demuestra un profundo rechazo a los beneficios del comercio. Es verdad que Le Pen saca provecho de un contexto sin paralelos para seducir votantes, pero esa es una característica que comparte con todos los candidatos presidenciales, no exclusivamente con Trump.

En un intento desesperado de obtener el respaldo de las fuerzas del orden, Marine Le Pen apoyó las cartas de militares supuestamente en actividad que sostenían que Francia se encuentra al borde de la “guerra civil”; una de ellas, anónima, era prácticamente una invitación a la intervención. 

Le Pen, por lo tanto, no es solamente, como comúnmente se la percibe, “nociva” para la economía, sino que constituye un peligro desde el punto de vista institucional.

Por último, en la contienda electoral está el actual inquilino del Elíseo, Emmanuel Macron, cuyas políticas son a menudo asociadas a la vieja derecha de Sarkozy, y que ha tenido una administración plagada de crisis, desde los gilets jaunes, pasando por la reforma de pensiones, el incendio de Notre-Dame y, por supuesto, la pandemia.

La crisis de los "chalecos amarillos" fue crítica para el Gobierno de Emmanuel Macron. (Flickr)
La crisis de los “chalecos amarillos” fue crítica para el Gobierno de Emmanuel Macron. (Flickr)

Macron peca de arrogante y egocéntrico. En algunos momentos confunde su persona con la de Charles de Gaulle sin tener su visión, o con la de Jacques Chirac, sin tener su carisma. Al principio de la crisis actual, fomentó una falsa dicotomía entre salud y economía que se tradujo en extensos confinamientos sostenidos a través de dádivas y deuda externa; confinamientos estrictos que, dicho sea de paso, no impidieron la muerte de más de 100,000 franceses.

Pero desde lo más alto de su refugio, allá arriba en el Olimpo, Macron es el único candidato que comprende la dimensión de la coyuntura actual. Entiende las amenazas que enfrenta no solo su república, sino que la república y, a diferencia de sus rivales populistas, tiene un plan que no se basa en el odio (hacia el rico, hacia el inmigrante), sino que se fundamenta en los principios que hicieron de Francia el hogar eterno del humanismo y busca fortalecerla en un contexto de incertidumbre en el que cada cambio pareciera ser un punto de inflexión. Lejos de todo idealismo pueril, hay que entender que la misión de Emmanuel Macron no es ser el mejor, sino prevenir lo peor.

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