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Decodificando el juego autoritario de López Obrador

Decodificando el juego autoritario de López Obrador

A diferencia de los típicos bravucones de izquierda latinoamericana, el presidente de México tiene muy claro que el futuro de su país está vinculado a Estados Unidos

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El juego autoritario de López Obrador no es el de un socialismo burdo al estilo chavista, sino el de una nueva “dictadura perfecta” que pretende adaptar el modelo del viejo PRI a los nuevos tiempos, y que si tiene éxito se extenderá durante décadas, renovando rostros mientras persevera en el control corporativo de un país con 130 millones de habitantes y una de las principales economías del mundo.

Los dos rostros del juego autoritario de López Obrador

El juego autoritario de López Obrador tiene muchos rostros, porque su apuesta no es la de un dictador monotemático dominado por la ideología, sino la de un sujeto profundamente pragmático, capaz de matizar y de adaptarse al mundo, siempre y cuando ello le permita consolidar el pleno dominio de México, convertido en su feudo personal, y en la última semana lo demostró con claridad.

El 18 de noviembre Andrés Manuel López Obrador visitó la Casa Blanca para reunirse con Joe Biden y con Justin Trudeau, en el marco de la IX Cumbre de Líderes de América del Norte. En dicho escenario el presidente mexicano ofreció quizá el mejor discurso en lo que va de su gobierno, donde destacó la necesidad de que México, Estados Unidos y Canadá fortalezcan su integración económica como “el mejor instrumento para hacer frente a la competencia derivada del crecimiento de otras regiones del mundo”.

Se refirió de forma particular a “la expansión productiva y comercial de China” y apuntó una estadística tan clara como escalofriante: “mientras Canadá, Estados Unidos y México representamos el 13 % del mercado mundial; China domina el 14.4 %, y este desnivel viene de hace apenas 30 años, pues en 1990 la participación de China era de 1.7 % y la de América del Norte del 16 %”.

López Obrador señaló que si las cosas siguen así “para el 2051, China tendría el dominio del 42 % del mercado mundial y nosotros, Estados Unidos, México y Canadá nos quedaríamos con el 12 %” lo cual sería “una desproporción inaceptable en el terreno económico”.

Para evitarlo, AMLO propone que los tres países sumen sus fortalezas, incluyendo una migración legal y ordenada. Simplemente impecable, estadista incluso.

A diferencia de los típicos bravucones de izquierda latinoamericana, que normalmente apuestan por China, Irán y Rusia, el presidente de México tiene muy claro que el futuro de su país está vinculado a Estados Unidos, por eso sus únicas giras internacionales han sido al norte del país, y por eso ha priorizado llevar buenas relaciones, primero con Trump y ahora con Biden.

Hasta allí, todo bien.

Sin embargo, regresa a México y se transforma en un gorila autoritario. El 22 de noviembre publicó un decreto por medio del cual se declaran de interés público y seguridad nacional los “proyectos y obras a cargo del Gobierno de México” que se consideren “estratégicos para el desarrollo nacional”, lo que en términos prácticos significa que las obras de su gobierno avanzarán sin estar sujetas a las regulaciones, tiempos y contrapesos contemplados en la ley.

Al día siguiente AMLO consiguió que, sin debate alguno, el congreso le aprobará su propuesta para poner en la Suprema Corte de Justicia de la Nación a otra de las integrantes de su movimiento político, y el miércoles 24 anunció que propondrá como gobernadora del Banco de México (equivalente a la Fed en Estados Unidos) a Victoria Rodríguez Ceja, una funcionaria que no cumple los requisitos de ley, porque no tiene experiencia en política monetaria.

Sí, el mismo presidente de México que cuando viaja a Washington se transforma en un estadista sensato, cuando entra a territorio mexicano involuciona para convertirse en un tirano que gobierna por capricho.

El juego autoritario de López Obrador apuesta a controlar el futuro. Imagen: Unsplash
El juego autoritario de López Obrador apuesta a controlar el futuro. Imagen: Unsplash

¿Qué explica estos drásticos cambios? Decodifiquemos el juego

La explicación de este fenómeno es sencillo, el sistema autoritario de López Obrador es un juego de largo plazo. Su gran objetivo es reconstruir el viejo sistema y establecer una red de influencias políticas, dirigida y centralizada en la figura del Presidente de la República, que sea capaz de mantenerse durante décadas y obligar a todos los otros nodos de poder para que negocien con ella.

En otras palabras, AMLO no quiere ser un Hugo Chávez lanzando proclamas de “exprópiese”, porque su juego no es el de un Estado comunista que opere directamente los medios de producción, sino el de un esquema más parecido al de Erdogan o incluso el propio Putin, donde la iniciativa privada tiene cierto margen de autonomía interna, pero todo el poder político está en manos del presidente.

Obrador no quiere expropiar, quiere controlar. No quiere un sistema de partido único, sino uno donde haya varios partidos, oficiales y de oposición, que trabajen de acuerdo a su voluntad. No quiere una dictadura sudamericana, sino la versión 2.0 de la “dictadura perfecta” construida por el priísmo en el que creció. Y para lograr eso, necesita tener contentos (o al menos en calma) a Estados Unidos.

AMLO y sus asesores entienden lo que en esta columna señalamos desde hace un año: Biden no entrará a salvar la democracia mexicana, y no tendría por qué hacerlo. Lo que a la Casa Blanca le interesa es que quien gobierne México mantenga las fronteras razonablemente controladas, las cadenas productivas funcionando y el sistema político bajo un manto de legitimidad jurídica, nada más.

López Obrador viajó a Washington a decirle a Biden justamente eso: que sus vecinos del sur estarán en paz, que puede contar con México para respaldar las estrategias de seguridad regional de Estados Unidos y que el gobierno mexicano está dispuesto a proteger los intereses americanos dentro de su territorio. A cambio, Obrador pide que lo dejen consolidar su proyecto autoritario.

Mientras AMLO no se convierta en un problema de seguridad nacional, Washington observará desde lejos lo que pase al sur de su frontera, y la Casa Blanca lanzará poco más que un par de nudges para que el presidente de México se porte bien. Por lo tanto, derrotar el juego autoritario de López Obrador será labor exclusiva de los propios mexicanos, como debe ser.

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