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La leyenda de Novak Djokovic

Djokovic seguirá, con su talento intacto, siendo el mejor tenista del mundo, recordado por las próximas generaciones. Y este torneo solo será recordado en el futuro porque por unas normas risibles y disparatadas el mejor tenista no pudo competir

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La historia de Novak Djokovic en Australia terminó ayer con su deportación. Aunque hubo un primer fallo a su favor, finalmente la Corte Federal le dio la razón al ministro de Inmigración y decidió que el mejor tenista del mundo se debía de ir de Australia, sin la posibilidad de jugar el Open. Pero, aunque esto luzca como una derrota para el serbio, como leí en una excelente columna de Juan Manuel de Prada, Djokovic trasciende de este amargo episodio como una leyenda absoluta.

En tiempos de docilidad y fragilidad, es notable la postura corajuda de quien, en contra de la presión pública de Gobiernos e histéricos, se mantuvo apegado a sus principios, sean cuales sean. El punto aquí no es que Djokovic sea o no antivacuna. El punto aquí es que creyó en algo, pensaba algo e hizo algo, y lo defendió hasta el final. El debate no es sobre la pandemia, sino sobre la libertad. De cómo al mejor tenista del mundo, sano e influyente, no le dejaron jugar en el Open de Australia por no ajustarse a las irracionales normas que ha dejado la pandemia como herencia.

Que Australia viene descendiendo por una espiral de autoritarismo sanitario no es cosa nueva. A cientos le han caído a palazos por no llevar la mascarilla o saltarse la cuarentena. Y así, con estos porrazos de explícito totalitarismo, las democracias occidentales, que creíamos de primer mundo, modernas y modélicas, han quedado expuestas.

Le quitaron a Djokovic la posibilidad de ganar un título, pero lo han elevado a símbolo de la libertad y la lucha contra el autoritarismo sanitario. No me importa que ahora las normas de Australia sean esas y que el tenista las haya irrespetado. Muchas otras aberraciones del pasado, como el apartheid o la esclavitud, también fueron ley. Que alguien no pueda ingresar libremente a un país por haber tomado una decisión individual, respetable y legítima que no afecta a nadie más es una aberración, en Australia o en cualquier otro país del mundo.

Al final, como bien dijo mi amigo Andrés I. Henríquez, los jugadores que quedaron en el Australia Open compiten ahora por el segundo lugar. Djokovic seguirá, con su talento intacto, siendo el mejor tenista del mundo, recordado por las próximas generaciones, independientemente de las pataletas de un ministro que por primera vez se siente poderoso. Y este torneo solo será recordado en el futuro porque fue el Australia Open en el que por unas normas risibles y disparatadas el mejor tenista del mundo no pudo competir.

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