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Las leyes antimonopolio y los “villanos” tecnológicos

Los únicos monopolios duraderos y persistentes son los que gozan de protección de los gobiernos, como fue durante años el caso de las telecomunicaciones y el de los servicios públicos suministrados por redes físicas

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Todo empresario sueña con amanecer convertido en monopolista y si no lo hace no está cumpliendo cabalmente la función empresarial. La definición de competencia y de las formas de mercado —perfecta, monopolio, oligopolio, monopolística— por el número de participantes tiene un efecto perverso en la visión que tienen la gente y los políticos del éxito empresarial. También es nociva la noción de mercado relevante y la visión estática que se tiene del mismo por parte de las autoridades encargadas de “vigilar y preservar la competencia perfecta”.

El rasgo distintivo de la competencia es la voluntariedad de las transacciones que realizan los agentes económicos unos con otros. Comprar el negocio de un competidor es una forma legítima de la competencia, siempre que la adquisición y la fusión a la que da lugar se realicen mediante acuerdo voluntario de las partes. La adquisición por Facebook de las empresas que crearon el WhatsApp, el Instagram y sabe Dios qué cosas más se realizó, hasta donde se sabe, con el consentimiento libre de los vendedores, quienes en su momento se embolsillaron alegremente los millones que recibieron a cambio.

Las demandas antimonopolio instauradas contra Facebook en los Estados Unidos y la persecución desatada por las autoridades de competencia de Europa contra Amazon, Google, Apple y demás gigantes tecnológicos ejemplifica la orientación característica de las leyes de competencia diseñadas para proteger a los competidores desafortunados de las consecuencias de la competencia misma. Muy seguramente tras esas demandas están los abogados y los lobistas de los vendedores arrepentidos que tratan ahora de conseguir en los tribunales lo que no pudieron hacer compitiendo en el mercado.

Ciertamente, desde la perspectiva del consumidor, que es la que debe guiar siempre el análisis económico, el mejor monopolio es el que menos dura, como dejó dicho Sir John Hicks. Los únicos monopolios duraderos y persistentes son los que gozan de protección de los gobiernos, como fue durante años el caso de las telecomunicaciones y el de los servicios públicos suministrados por redes físicas. Todos los demás son perecederos pues su propia existencia, con el beneficio extraordinario que los caracteriza, se constituye en acicate para que los competidores, buscando apropiarse de parte de ese beneficio, incursionen en el mercado eliminándolos o limitando su poder.

La competencia no existe porque los empresarios deseen buenamente permanecer chiquitos para que haya muchos en el “mercado relevante”. La competencia existe porque los empresarios se disputan a dentelladas las participaciones en el mercado y de esta forma se controlan los unos a los otros. Las “cuotas” de mercado resultan en definitiva de la voluntad de los consumidores que con sus compras determinan el tamaño relativo de los oferentes.

Es la envidia de los empresarios, no su benevolencia, lo que determina la dinámica del mercado y el número de oferentes existentes en un momento dado. Cuando un empresario constata que su competidor está atrayendo un gran número de consumidores en detrimento suyo, investiga para ver qué está pasando y, cuando lo descubre, imita el producto o procedimiento exitoso para tratar de preservar e incrementar su participación en el mercado. A la postre esto siempre beneficia al consumidor.

Todo empresario, grande o pequeño, es un monopolista de cara a su comprador pues solo el empresario sabe la magnitud de la brecha entre su propio costo y el precio, que, según su valoración subjetiva, está dispuesto a pagar ese comprador, en un lugar y momento determinados. Las brechas grandes atraen oferentes y alejan demandantes y es ese movimiento incesante el que provoca la tendencia a su reducción y desaparición total en el inalcanzable mundo del equilibrio general donde valor, precio y costo son iguales para todas las cosas y todos los agentes. Sin el concepto de tendencia al equilibrio, los economistas estaríamos ciegos para entender la realidad de las cosas. 

El caso contra Facebook recuerda el de la AT&T que duró nueve años antes de que fuera desmembrada en las siete Baby Bells en 1984, cuando ya habían aparecido la telefonía móvil y el Internet, tecnologías que fueron, más que las leyes, las que dieron al traste con los monopolios de telefonía fija. Seguramente los abogados de las grandes tecnológicas conseguirán dilatar los procesos en su contra, mientras en algún lugar del mundo empresarios envidiosos de sus beneficios desarrollan las tecnologías y las empresas que las suplantarán.

El problema es que, como se sabe, el mal ejemplo cunde. Ya debe estar nuestra autoridad de competencia -—la inefable SIC— pensando cómo desmembrar a nuestras nacientes empresas tecnológicas a las que, por su estrecha visión de la competencia, ha tratado con especial hostilidad. Lo peor es que las cosas no terminarían allí si los enemigos de la libertad económica, ya abundantes en Colombia, en las próximas elecciones, consiguen aumentar su cuota en el mercado político. Por eso, ¡Ojo con el 2022!   

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