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La ola azul se estrelló contra el muro rojo y la lucha continúa, parte I

A pesar de tener la prensa en su contra, Trump demostró que la llamada “ola azul” no fue lo suficientemente fuerte

Al momento en que escribo no es claro quién será presidente de Estados Unidos. los próximos cuatro años. Cuando usted, amigo conservador, me lea, ese difícilmente será un tema cerrado. Pero la “ola azul”, que el partido demócrata se prometió a sí mismo (primero en 2016, y nuevamente en 2020) no fue glass ni ola. Y lo que fue, se estrelló contra un muro rojo.

Tras los escrutinios, la lucha pasará a los recuentos y a las cortes. Los motivos de esto son completamente nuevos, pero los historiadores (y quienes estudian la historia de la literatura, claves cuando el lenguaje es campo de batalla) tienen mucho que decirnos. Eric Clifford Graf  –doctor en literatura e idioma español– me recuerda que según Tocqueville, la función de los tribunales federales es proteger a los ciudadanos de cada Estado contra la tiranía de los gobiernos locales, sean estados o municipios. Lo que estamos viviendo, afirma Graf, cuando un estado como Pensilvania –por ejemplo– cambia normas electorales unas semanas antes de las elecciones (para crear condiciones que promuevan ese timo electoral que implica quitar peso a los ciudadanos para darlo a oficiales corruptos) significa que, en el caso de los ciudadanos de Pensilvania contra el Estado de Pensilvania, el Tribunal Supremo de Estados Unidos tiene que aplicar la Constitución.

Para un conservador libertario como Graf “es un momento curioso en la historia de una nación ese en que los ciudadanos ya no podemos recordar la construcción de la realidad que habitamos. Es como si tomáramos por dada la misma arquitectura de nuestras ciudades, como si todo el mundo mereciera andar entre rascacielos y atravesar avenidas que la madre naturaleza nos los hubiese legado como el aire, el fuego y la mar”. Coincido. Ese es el bosque que los arboles de la urgencia del conflicto inmediato no nos deja ver. En palabras del gran filosofo español del siglo pasado, José Ortega y Gasset, “La civilización no dura porque a los hombres solo les interesan los resultados de la misma: los anestésicos, los automóviles, la radio. Pero nada de lo que da la civilización es el fruto natural de un árbol endémico. Todo es resultado de un esfuerzo. Solo se aguanta una civilización si muchos aportan su colaboración al esfuerzo. Si todos prefieren gozar el fruto, la civilización se hunde”.

La civilización estadounidense es un increíble logro de padres fundadores y generaciones subsiguientes. Es una república que el saber político de la Europa del siglo XVIII esperó ver desmoronándose por sí misma en poco tiempo. En lugar de eso, se transformó en la cabeza de la civilización occidental y el faro de la libertad en el mundo. A Estados Unidos el resentimiento envidioso le ha profetizado la destrucción siempre, sin acertar jamás. Pero hoy como ayer, hay lobos disfrazados de ovejas en el redil. Estados Unidos enfrenta fuerzas enemigas de magnitud no vista desde la guerra fría.

La elección de 2020, termine como termine, en las salas de las cortes y de la política, fue sobre un líder y una guerra. El único líder fue Trump. Uno votaba por Trump o contra Trump. Biden –un oportunista sin principios que en su larga carrera política se inclinó siempre hacia donde soplase el viento de la opinión– nada importaba a “sus” votantes y partido. Querían sacar a Trump de la Casa Blanca a cualquier precio. No hay cosa, por inmoral o criminal que sea, que estos demócratas no usen contra Trump. No es nuevo. No empezó con su presidencia (bajo asedio de una mayoría demócrata en la Cámara que estuvo dispuesta a todo para torpedear y de ser posible destituir al presidente). No empezó con esta campaña ni en la de 2006. Empezó cuando la prensa izquierdista de Estados Unidos –y el establecimiento académico, cultural y de la industria del entretenimiento– descubrieron asombrados que ridiculizar al Trump que corría por la nominación republicana no funcionaba, e iniciaron una guerra salvaje en la que por cuatro años perdieron cada batalla contra Trump.

Trump fue el primer líder republicano que los enfrentó en su guerra cultural, esa que la ultraizquierda neomarxista adelantó sin oposición por décadas, haciendo de esa ultraizquierda la mayor influencia cultural en la academia, prensa, cultura, entretenimiento nueva economía digital. Los enfrentó con sus mismas tácticas y les gano más de una batalla. Trump despertó al gigante dormido. A cada estadounidense decente y patriota, que cree en la libertad, la propiedad y el derecho, y añora la paz y la tolerancia entre vecinos.  A cada estadounidense que ya se cansó de que nos dividan en compartimientos colectivistas de “identidad” para enfrentarnos a todos contra todos.  A cada estadounidense que añora la tolerancia entre vecinos que piensan diferente y sueña con restablecerla y ampliarla. Trump despertó a buena parte del liderazgo político republicano, había que despertar. El viejo burro ya no es lo que era. No son progresistas que con un tratado de economía keynesiana en una mano pedían más gasto y más impuestos, y con Rawls en la otra exigían pasar buena parte de la riqueza de quienes la producirán en abundancia, a quienes, por una u otra razón, producen poco o nada.

Aquellos viejos demócratas, que con sus virtudes y defectos no intentaban destruir la economía de mercado o la república están casi extintos. Hoy, la mayoría de los políticos demócratas son socialistas, moderados y todavía demócratas, pero socialistas. Su ala izquierda más activa, feroz y violentamente anticapitalista –los neo-marxistas– impone agenda a todo el partido. Es un partido socialista moderado, rehén de su ala marxista revolucionaria. El “ala izquierda del Partido Demócrata es hoy en Estados Unidos el partido comunista más eficiente en la historia de la lucha por la libertad”. Quién llegue y quién no a la Casa Blanca es decisivo como no se había visto en Estados Unidos desde tiempos próximos a la guerra civil; y sea uno u otro la lucha apenas empieza. Nos guste o no.   

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