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La oposición mexicana vaga sin estrategia ante el avance autoritario del obradorismo

La oposición mexicana vaga sin estrategia ante el avance autoritario del obradorismo

A estas alturas la esperanza opositora es que el oficialismo se fracture y colapse bajo el peso de la voracidad de quienes sienten que AMLO les debe la presidencia

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La oposición mexicana se enfrenta al avance del régimen autoritario de López Obrador, que amenaza con consolidarse incluso antes de las elecciones presidenciales del 2024.

Morena, a pesar de sus conflictos internos, se proyecta como el nuevo partido de Estado y el eje de una alianza oficialista que controla cada vez más estados, mientras el presidente usa el poder de su cargo para seducir a gobernadores de oposición, como el de Quintana Roo.

El proceso de conquista política no se detiene. En los próximos 2 años se renuevan 8 gubernaturas y el oficialismo parte con clara ventaja en al menos 7 de ellas, por lo que podría alcanzar el control de hasta 25 de los 32 estados del país, lo que le brindaría al candidato obradorista una ventaja casi irreversible en términos de movilización electoral, volviendo casi imposible el triunfo de un candidato opositor.

En pocas palabras: México estaría de regreso en la época previa a la transición, con el presidente controlando todas las palancas del poder y la oposición relegada a un papel meramente testimonial, mientras sus líderes abandonan el barco para sumarse a la nave del oficialismo, o permanecer convertidos en tristes comparsas de una nueva dictadura de partido, que podría extenderse durante décadas.

La oposición mexicana ante el consenso como salvación de su impotencia

Este escenario se vuelve cada vez más real conforme avanzamos hacia el 2024, entre otras cosas porque los opositores han sido casi completamente incapaces de persuadir a la sociedad. El núcleo opositor incluye aproximadamente a una tercera parte del electorado, pero con eso no alcanza para ganar elecciones, y menos cuando se compite contra el embrión de una estructura política de Estado.

¿Por qué veo tan complicado el escenario? Porque Andrés Manuel López Obrador ha sido el presidente más inepto en la historia moderna de México y su gobierno es, en los hechos, un desastre completo. Sin embargo, aún así, tiene una popularidad por encima del 65 %, un porcentaje mayor del que tenía en los primeros meses de su gobierno, y ese es un apoyo casi imposible de erosionar. La gente ya decidió, y decidió por AMLO, a pesar de todas sus torpezas y sus horrores.

En un escenario así, los partidos de oposición tienen una esperanza real de competirle al obradorismo: aliarse, construir un frente lo suficientemente amplio como para que la suma de sus influencias políticas y sus capacidades de movilización logre al menos constituir una amenaza creíble para el obradorismo; y para ello el consenso es indispensable, lo que acarrea dos graves problemas.

El primero: es cierto que el consenso opositor funcionó razonablemente bien en las elecciones del 2021 y lograron evitar que AMLO consiguiera mayoría calificada de dos tercios en la Cámara de Diputados. Sin embargo, bajo las condiciones actuales los opositores no podrán repetir la hazaña en 2024, esto debido a que en 2021 votó el 50 % del padrón, pero en las elecciones presidenciales ese porcentaje aumentará al menos otros 10 puntos, hasta superar el 60 %. Se trata de votos casuales, que no dependen tanto de las estructuras partidistas, son simplemente personas normales, que no votan en elecciones ordinarias, pero que sí participan cuando se elige al presidente… y la gente normal no simpatiza con la oposición.

La triste realidad es que en las elecciones de este año vimos en juego el pleno despliegue de las fuerzas opositoras, y apenas alcanzó para lograr una derrota digna ante las fuerzas del oficialismo, que todavía no alcanzan su pleno potencial. Si Obrador juega bien sus cartas, serán respaldadas por millones de votos casuales en la próxima elección presidencial.

La oposición mexicana, ante el abismo del consenso, que irónicamente es su esperanza. Imagen: EFE/Carlos Ramírez
La oposición mexicana, ante el abismo del consenso, que irónicamente es su esperanza. Imagen: EFE/Carlos Ramírez

Segundo: el consenso lleva en sí mismo las semillas del fracaso, porque desdibuja la identidad de los participantes y los reafirma como pragmáticos y voraces a los ojos de una sociedad que tiene sobradas razones para desconfiar.

El tema de fondo es que como bien lo explicó Margaret Thatcher, el consenso es “el proceso de abandonar todas las creencias, principios, valores y políticas en busca de algo en lo que nadie cree y nadie objeta; el proceso de evitar los temas que deben resolverse, porque no pueden construir acuerdos sobre el camino a seguir”.

Y ese es justamente el problema de consenso opositor, llamado “Va Por México”. La alianza une a tres partidos (PAN, PRI y PRD) profundamente enfrentados en su doctrina, en sus valores y en su identidad. Por eso, aunque sus dirigencias nacionales (e incluso el militante de a pie) entiendan que es necesario trabajar juntos para detener a AMLO, resulta imposible construir una agenda que trascienda el discurso anti-AMLO y mueva a la gente hacia una visión concreta de futuro.

En pocas palabras, la oposición solo puede mantenerse junta si evita las propuestas concretas, pero sin propuestas concretas es incapaz de plantear un mensaje propio que emocione a los votantes. En solitario, los partidos de oposición no tienen las estructuras necesarias para competir; juntos sólo tienen las estructuras, y con esos votos sí compiten, pero no van a ganar.

A estas alturas la esperanza opositora es que el oficialismo se fracture y colapse bajo el peso de la voracidad de quienes sienten que AMLO les debe la presidencia, o que el sistema entero se desplome ante la falta de un líder político que tome las riendas después de Obrador. Dentro de todas las opciones malas, la esperanza es que al final resulte lo menos peor, y eso es trágico.

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