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El futuro orden global será la hegemonía de Washington o el imperialismo de Beijing

El futuro orden global será la hegemonía de Washington o el imperialismo de Beijing

La globalización capitalista nos aproximó más a un mundo sin pobreza más que toda la “ayuda” al tercer mundo. Pero las élites americanas y europeas abrazaron políticas izquierdistas de elevados costos laborales y ambientales que las forzaron a subcontratar a poderes hostiles, como China y Rusia, desde la producción industrial hasta la seguridad energética. Beijing se reestructuró e insertó astutamente en la economía global aprovechando esa deslocalización de industrias “sucias” o atadas a mano de obra artificialmente costosa.

La destrucción de puestos de trabajo industriales y la dependencia energética occidental no fueron fenómenos de mercado, sino resultados de políticas ambientales, laborales, fiscales y regulatorias izquierdistas. Por eso China tiene una clase media en ascenso mientras Europa y los Estados Unidos tienen clases medias en declive. Hoy las grandes corporaciones americanas y europeas dependen de Beijing, no solo para subcontratar la producción con mano de obra relativamente barata y regulaciones ambientales laxas, sino como uno de sus principales mercados de consumo. Además, los europeos, liderados por Alemania, descartaron políticamente la energía nuclear y la fractura hidráulica para depender energéticamente de Rusia, mientras jugaban a la economía “verde” con molinos de viento y paneles solares.

El sueño imperial ruso es imposible porque la economía rusa es más pequeña que la del estado de Texas y no puede sostener a largo plazo la segunda fuerza militar del planeta, que todavía ostenta sobre el papel, por eso Putin está transformado a Moscú en un estratégico satélite de Beijing. Pero Putin subestimo a Ucrania al invadirla nuevamente, en parte para reclamar ante su propia base de apoyo político algo del sueño imperial, pero principalmente para controlar totalmente los oleoductos y reservas de hidrocarburos de las que depende Europa.

El sueño imperial chino sí es posible porque China es la segunda economía del planeta y ha aprovechado la hipócrita deslocalización occidental para conquistar mercados y robar tecnología occidental. Por eso la obsesión de Xi Jinping con conquistar Taiwán, aunque pasa por la política nacionalista de “una sola china” e incluye desaparecer el incomodo ejemplo de otra china que es económica y tecnológicamente más exitosa y prospera sin el totalitarismo de Beijing, apunta principalmente a la estratégica industria taiwanesa de semiconductores, que produce el grueso de los más avanzados del mundo. Si China conquista Taiwán romperá los debilitados arcos de contención occidentales, controlará el Mar de la China Meridional y establecerá una hegemonía sobre el Sudeste de Asia que proyectará hacia todo el Indo-Pacífico. Entonces se impondrá, de una u otra forma, sobre Seúl, con lo que finalmente controlará más del 80 % de la fabricación global de semiconductores.

Los multimillonarios dueños de las corporaciones “privadas” chinas más competitivas son “invitados” a entrar al Partido Comunista, que a su vez toma puestos en sus directivas. La ley del sistema de inteligencia chino obliga a sus empresas “privadas” a operar como agencias del control social tecnototalitario en China y como parte del aparato de inteligencia de Beijing en el extranjero. Y esas empresas producen cerca del 90 % de las computadoras portátiles y del 70 % de los teléfonos inteligentes del mundo. Imperios y hegemonías pueden subcontratar industrias vitales mientras mantienen el control militar geoestratégico de las cadenas de suministro. Los imperios con colonias o satélites, las hegemonías con aliados, pero en ambos casos el coste material y humano de la seguridad regional o global lo asumen los centros de poder. Todo poder hegemónico o imperial que desatendió su seguridad geoestratégica declinó mientras los poderes de los que dependía ascendieron.

Un mundo globalizado sin una hegemonía o un imperio imponiendo un orden global requeriría que todas las culturas nacionales compartieran valores de libertad, propiedad y derecho que hoy están bajo ataque incluso en un Occidente carcomido por la agenda neomarxista. Y que son rechazadas, de una u otra forma, por China, Rusia, Irán y otros enemigos menores, pero no insignificantes, de Occidente. La única alternativa a un orden global que mantenga los mercados globalizados es la pobreza y el caos. Y los únicos poderes que pueden imponer un orden global son la hegemonía de Washington o el imperialismo de Beijing.

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