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Facebook, El American

¿Pretende Facebook poner coto a los debates?

Concretamente se trata de determinar quiénes pueden comentar y quiénes no las publicaciones públicas en Facebook que, hasta ahora, podían ser comentadas por cualquier usuario de la red

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En los últimos días de marzo, fue noticia que se estaba trabajando en incorporar a la red social Facebook una funcionalidad tanto para los perfiles personales como para las páginas de fans y seguidores (muy comunes entre empresas, asociaciones, instituciones y portales de fans o personajes públicos) orientada a permitir limitar conversaciones.

Facebook decide

Concretamente se trata de determinar quiénes pueden comentar y quiénes no las publicaciones públicas en Facebook que, hasta ahora, podían ser comentadas por cualquier usuario de la red social, siempre y cuando no estuviese bloqueado por el administrador del perfil o página.

Los usuarios podrían determinar si la posibilidad de comentarios es de extensión pública o se queda limitada bien a los perfiles y páginas de las que somos amigos/seguidores o a aquellas páginas o cuentas de perfil que hemos llegado a mencionar. Esto se haría tanto en la configuración general como en la específica de cada publicación.

En Twitter y en YouTube ya existen funcionalidades similares (en el segundo caso, básicamente, se trata de no permitir que se dejen comentarios en determinados vídeos, si así lo desea el correspondiente administrador del canal. Y a priori, no debería de temerse nada por cuanto sería malo que una aplicación web sea “mucho más práctica”.

Ahora bien, pese a que uno debe de tratar de ser lo más objetivo posible, quizá, dentro de un enésimo ejercicio de participación “democrático-económica”, siguiendo la concepción misesiana de la libre participación e interacción de la sociedad en el mercado, convenga exponer unas presuntamente mesuradas observaciones, sin “tosca conspiranoia”.

  1. No es tanto cuestión de propiedad sino de objeto de medios

Es cierto que uno, por cuanto tiene un derecho natural, no derivado de ninguna clase de artificiosidad (menos aún de esas que tantos problemas, de muy diversas clases, a día de hoy nos acarrean). En base al mismo, uno puede reservarse el derecho de admisión y de gestión de aquello que “posee”.

Las redes sociales que usará para comunicarse no son íntegramente suyas. Simplemente, una proporción de espacio de un clúster y de una base de datos le permiten tener un espacio cuya ocupación dependerá, en general y, sobre todo, en principio, de la actividad que procure llevar a cabo.

Así pues, obvio es que pueda determinar con quién puede comunicarse o no. Lo mismo en cuanto a la privacidad, que no deberíamos de considerar como un “derecho específico”, sino como una consecuencia o, mejor dicho, de una obviedad intrínseca al reconocimiento del derecho a la propiedad.

Dejando aparte otros debates por el momento, puedo entender que, por ejemplo, una chica joven pueda no desear que su escapada romántica veraniega sea vox pópuli, igual que tampoco una familia tiene necesidad, si no lo desea, de que sus momentos de convivencia tengan la misma repercusión que cualquier asunto de la prensa rosa.

De hecho, para ello, desde el primer momento, ya existían opciones de privacidad y, obviamente, ese mecanismo habitualmente defensivo basado en el “bloqueo del usuario”, para que de ninguna manera pudiera siquiera intentar hacer un tracking de nuestra vida social y virtual registrada en estos servicios de la Web 2.0.

Igualmente, en la red social Twitter, destinada al microblogging, uno podía configurar su cuenta de modo que sus tuits fueran privados, es decir, solo vistos por sus seguidores (quienes fueran de nueva orden tenían que esperar ya a ser autorizados para poder recibir cierto contenido en el timeline). Poco más o menos igual con los mensajes directos.

Podemos decir, por tanto que, a priori, había suficientes opciones de privacidad para “sobrevivir” en estos servicios de la Web 2.0 (insisto, dejando al margen las maniobras de las Big Tech y sus colaboraciones con esos Estados que tienden a invadir nuestra privacidad) como para limitar la conversación sin sentido.

  1. La exposición pública tiene unas implicaciones por parte de quienes hacen verídico el público

Normalmente, los perfiles personales suelen dejarse más reducidos a entornos más privados cuando, en caso de no querer ser identificado, uno puede pensar no necesariamente en una red privada virtual sino en una tarea algo más sencilla, basada en echar imaginación para anonimizar la información expuesta o emitida.

No ocurre lo mismo cuando hablamos de una persona que quiere labrase una fama o una reputación con la ayuda de las redes sociales, de un medio de comunicación que pretende llegar a un mayor número de potenciales lectores o una institución que pretende hacer publicidad por medio del social media para poder ser más valorada de una u otra forma.

No voy a justificar el acoso o las malas formas. Pero cuando una persona asume responsabilidades públicas o hace publicaciones cuyo interés se espera que sea público, son de esperar tanto el aplauso y el halago como la crítica (moral y éticamente, ha de ser sana o constructiva), y la reprobación siempre que corresponda.

Lo mismo en relación a un medio de comunicación, por cuanto los usuarios tienen derecho a valorar los análisis que se pueden transmitir (lo cual es una oportunidad magnífica para cualquier misión de debate no necesariamente “muy intelectualista”) o, simplemente, transmitir inquietudes sobre aquello de lo que se informa.

Con lo cual, puedo decir que no entiendo, ni técnica ni no técnicamente lo que se está planteando para ciertos contenidos emitidos por medio de redes sociales que, casualmente, pertenecen todas ellas al conglomerado de esas grandes corporaciones que conocemos como Big Tech. Pero me voy a atrever a hacer una especulación.

  1. En las casualidades se puede creer y no creer

Sabido es que estamos viviendo unos momentos considerablemente tensos en la red de redes por cuanto las llamadas Big Tech, más preocupadas por un interés prebendario político que por esas cuestiones sociales a responder espontáneamente por medio del mercado, están colaborando con la imposición de la agenda política revolucionaria.

Cualquier contenido o institución cuyos principios representen principios contrarios a los dogmas de lo “progre” y, lato sensu, socialista, corre el riesgo de ser censurado en estas redes, pese a que estas en principio fueron ideadas como meras herramientas para facilitar las comunicaciones entre distintos puntos del orbe.

Con lo cual, si bien no hay una intención explícita salvo la de “prevenir el acoso”, podemos aventurarnos y atrevernos a suponer que, de paso, podrían reforzarse las persecuciones al llamado “discurso de odio”, que puede ser, simplemente, una crítica a la ideología de género o una crítica a la inmigración descontrolada.

De todos modos, algo que sí puede darse por seguro es que de una u otra forma, directa o indirectamente, se está fomentando no ya la cancel culture, sino una cultura contraria a la libre discusión de la verdad y al sano debate, para lo cual, se está apostando por ser lo más puntero e innovador, por desgracia. Y hay que mantenerse en alerta…

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