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España, El American

Somos hijos de España

Somos hijos de España, y superar el mito antiespañol es indispensable para que nuestros países maduren y para ser realmente independientes

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Sí, somos hijos de España. Todos los pueblos de herencia hispana, desde California hasta Chile, desde Florida hasta el extremo sur de la Argentina. Reconocer este legado cultural como parte de nuestra identidad sería algo tan evidente que no estaría a discusión en ninguna otra parte del mundo. Sin embargo, en América Latina nos gusta el drama y la demagogia.

Por eso de acá salen las mejores telenovelas, y por eso en nuestro países el reconocer la perogrullada de que somos hijos de España implica encender las almenaras de la polémica, provocando el colapso de izquierdistas, indigenistas, progresistas y buenitos varios, que denuncian con histeria cualquier recordatorio de nuestra herencia española, mientras exaltan hasta el absurdo la herencia indígena. ¿Por qué? La respuesta tiene que ver, como siempre, con la cochina política

Cuando nuestros países se independizaron de España al inicio del siglo XIX, no cortaron amarres con el victorioso y glorioso (sí, glorioso) imperio español del siglo de oro, el de los tercios, de Lepanto y de Cortés; sino con la España fracasada, retrasada y desastrosa de Carlos IV, la que se había convertido en patiño de Francia, la humillada en Trafalgar, la del gobierno centralista, autoritario y corrupto de una Madrid empeñada en copiar (y mal) las malas mañas de la burocracia parisina.

Por lo tanto, en aquel momento, bajo aquellas circunstancias, y especialmente en medio de la inevitable amargura de la guerra, era comprensible que los nuevos países vieran con desdén el pestilente rostro de la fracasada y pobre España contra la que luchaban, mientras que en Francia y Estados Unidos observaban el rostro del futuro exitoso al cual aspirar.

Ahora bien, pasados 5 o 10 años después de la guerra, Latinoamérica debió redefinir su relación con la madre patria en términos de amistad, como unas décadas antes lo hicieron los Estados Unidos respecto a Inglaterra. Sin embargo, la animosidad antiespañola, que debió ser una mera fase en la infancia de nuestras republicas, se convirtió en un pilar de su identidad, y al consolidarse en el tiempo, fue corrompiéndose y envenenando al resto de la estructura social y política de los países latinoamericanos.

¿Por qué no sucedió así?

Porque los criollos, que tomaron el control político, militar y económico de Latinoamérica, rápidamente se dieron cuenta de que el discurso antiespañol era una herramienta retórica muy útil para ejercer su poder, por varias razones:

1. Les permitía identificar a España con todos los males de los que la nueva república debía diferenciarse. Demostrar que eran “distintos” y “mejores” que los españoles era una forma de justificar las sangrientas guerras de independencia… y la multitud de atropellos que los criollos cometieron después.

2. Les permitía contar con un prejuicio virulento que podían lanzar en contra de sus enemigos políticos. Durante décadas el acusar a los rivales de que quieren “someterse a España” o que “imitan los defectos de los españoles” ha sido una exitosa arma política. Incluso hace unas semanas la vimos en acción, cuando la clase política mexicana condenó la visita de VOX a la Ciudad de México.

3. Les permitía tener un pretexto multiusos que justificara los desastrosos resultados de los regímenes independientes. Según decían, si México, Argentina o Colombia chapoteaban en la pobreza y la violencia, no era por sus gobiernos rateros y corruptos, sino por “el lastre de la época colonial” (por cierto, en varios países desde mediados del Siglo XX el nuevo pretexto es el “imperialismo” de los Estados Unidos).

4. Les permitía exaltar hasta el desfiguro las maravillas de las civilizaciones indígenas, convirtiéndolas en bronce y en tinta, disfrazándose de justicieros mientras a los indígenas reales los agredieron y robaron con una avaricia y una efectividad que hubieran envidiado hasta los más agresivos encomenderos, frustrados por las protecciones que la Corona expidió en favor de los pueblos originarios.

Por eso no es casualidad que aún a finales del siglo XX en México había indígenas y campesinos que se defendían en los tribunales, demostrando la propiedad de sus tierras con base en títulos expedidos por los reyes de España. Sí, tras casi dos siglos de la independencia, los indígenas de carne y hueso todavía recurrían a la autoridad ibérica como escudo ante la voracidad de los criollos.

Somos hijos de España, y reconocerlo es reconciliarnos con nosotros mismos. Imagen: Unsplash
Somos hijos de España, y reconocerlo es reconciliarnos con nosotros mismos. (Unsplash)

Las consecuencias de este fenómeno

El rechazo a lo español tiene consecuencias muy profundas en las naciones latinoamericanas. Este odio ha envenenado su identidad, porque implica odiar y borrar una gran parte de lo que somos: hablamos español, somos mayoritariamente católicos, nuestras tradiciones, comida y vestimenta (incluso muchas que se venden como indígenas) son profundamente españolas. Rechazar de plano lo español es rechazarnos a nosotros mismos.

El resultado de ese veneno es una América Latina crónicamente corrupta, indisciplinada y baja de autoestima. Nos condenamos, a veces silenciosamente, como indígenas derrotados o españoles malvados, y autosaboteamos nuestro propio futuro compartido en un intento subconsciente de castigar nuestros pecados y aferrarnos a la caliente frazada del resentimiento, que nos culpa y nos justifica por el pasado de la conquista, que hemos convertido en lastre, en condena y en destino.

Sí, somos hijos de España

Entenderlo es el primer paso indispensable para superar el círculo vicioso en el que se ha atrapado la región. Nuestra historia es la de los aztecas y los tarascos, los incas y los mayas, pero también la de los visigodos y los celtas. Nos pertenece el legado de Netzahualcóyotl, pero también el de Alfonso X, el del Cid, el de Roma y el de Carlomagno.

Y sí, la España del siglo XIX era una cosa horrenda: pobre y atrasada, de la que miles de españoles escaparon hacia la América independiente. Cuando mis bisabuelos salieron de Cantabria, hace unos 150 años, el turbulento México independiente fue un espacio de oportunidad, así de graves estaban las cosas en la península, pero no siempre fue así.

La herencia de España es mucho más que el indefendible fracaso de Carlos IV, es el triunfo de Cervantes, el de Carlos I, el de Isabel y Fernando, el de Don Pelayo, el de la nación que nos legó idioma, religión e identidad. Negarla es negarnos a nosotros mismos.

Sí, somos hijos de España, y bendigo a Dios por eso.

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