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Biden, el precio del poder

Biden: el precio para llegar a la Casa Blanca

El aparato de inteligencia del Partido —manejado por los Clinton y Obama— sabe que Biden es un perro viejo pero manejable. Un político mediocre, pero dócil

La Administración de Servicios Generales (GSA, por sus siglas en inglés) se ha negado a comenzar el proceso de transición de poder hasta que las instituciones democráticas certifiquen legalmente un ganador de las elecciones en EE.UU.

El descubrimiento de supuestas irregularidades en la votación y en la tabulación de los votos bajo la complicidad de personas próximas al Partido Demócrata, ha causado un escándalo que -conforme pasan los días sin aclaración- tiende a multiplicarse como desconcierto político.

Los estadounidenses están muy preocupados en saber qué ocurrirá si se confirma este gran fraude electoral y, sobre todo, qué pasaría si un gobierno de corte centroizquierdista llegase a la Casa Blanca de la mano del tándem Biden-Harris.

No hay precedentes en la democracia norteamericana de un proceso electoral tan amañado y lesivo para el interés nacional. Biden ha trasmitido a la opinión pública la “garantía” de pactar con los enemigos del sistema democrático y de convivir con políticos de retórica estalinista, algo que preocupa incluso en círculos demócratas moderados por el peligro que podría suponer para el país este ejecutivo Frankenstein.

Gobernar como rehén de correligionarios nada fiables que aborrecen las libertades individuales, tendrá un alto precio. Primero para Biden como miembro de una agrupación política decisiva en el juego de la alternancia democrática -probablemente inmersa en el momento más difícil de su historia-, y segundo para EE.UU. como proyecto de unidad nacional, anclado a una Constitución que sus aliados izquierdistas planean suplantar.

Alexandra Ocasio-Cortez se ha encargado de echar el primer jarro de agua fría para confirmar estos pronósticos. La diputada demócrata ha publicado en su cuenta de Twitter una advertencia que recuerda las prácticas de la Gestapo en la Alemania nazi: “¿Alguien está archivando a estos aduladores de Trump para cuando intenten restar importancia o negar su complicidad en el futuro?”.

Al estilo de la lista negra del macartismo, para Ocasio-Cortez todo aquel que apoye, contribuya o haya participado en la campaña electoral de Donald Trump o sencillamente sea uno de sus seguidores en las redes sociales, será señalado y perseguido por su estigma.

Si la naturaleza constitucional de un país se mide por la libertad de expresión, la credencial democrática de un partido se mide según el respeto que manifiesta hacia sus opositores políticos.

En una carta escrita al principio de la Revolución Bolchevique, Lenin les pide a sus partidarios que fusilen sin miramiento a los sospechosos -culpables o inocentes-. Una cacería de disidentes que perseguía sembrar el terror para generar la obediencia de la sociedad y construir una realidad nueva de revolucionarios heroicos contra la ultraderecha fascista.

Que Ocasio-Cortez inste a sus seguidores a confeccionar listas para limpiar su paraíso comunista manchado de traidores o renegados o que Adam Rahuba -uno de los líderes del grupo radical “Antifa”- afirme que pronto en un nuevo sitio web “los usuarios podrán ver en un mapa a CADA vecino que donó económicamente a los republicanos” para “atacarlos con agresividad”, demuestra que tanto algunos líderes del Partido Demócrata -como su guardia pretoriana- actúan al estilo bolivariano y dentro la lógica totalitaria.

La factura de la izquierda

¿Podrá Biden apaciguar a la izquierda radical que se ha apoderado del Partido Demócrata? Lo veo muy difícil.

En la estrategia de este socialismo marxista está como primer objetivo atacar la esencia misma del Imperio de la ley que da soporte y mandato a la soberanía nacional.

Aunque el programa electoral de Biden intenta esconder las demandas de corte socialista, le va a resultar difícil al candidato demócrata ocultar sus numerosas cesiones a Sanders y a sus partidarios, para los que Biden no representa más que un trampolín en su estrategia de golpismo contra el orden constitucional, de la que querrán obtener beneficios cuanto antes.

Bajo el pretexto del Coronavirus, el equipo del aspirante demócrata debe estar preparando ya una reforma fiscal con una agresiva subida de impuestos, algo que ya prometió en su campaña. Será el primer guiño político a los radicales. Y aunque el líder demócrata ha manifestado que solo subirá los impuestos a las rentas superiores a 400.000 dólares, su programa incluye un incremento de la factura fiscal a las empresas (del 21% al 28%) y a las ganancias de capital. Es el viejo discurso del socialismo que busca exprimir el bolsillo del contribuyente bajo la embustera excusa de que lo que pretende es gravar a los ricos y a las grandes empresas.

Otra de las notables facturas que cobrarán los marxistas a Biden es el empaquetamiento de la Corte Suprema. Con el pretexto de la elección de la juez Amy Coney Barrett, los sectores izquierdistas han exigido que una vez en el poder, se lanzarán a ampliar el número de jueces en el Tribunal Supremo para llenarlo de magistrados progresistas. Durante la carrera electoral, Biden ha guardado silencio ocultando a la opinión publica sus verdaderas intenciones, a cambio de que le garanticen su investidura.

Asimismo, el candidato demócrata pretenderá hacer bandera del “Defund the Police” o “Recortes a la Policía” y, para ello, lo querrá situar en el programa de gobierno que llevará a cabo para contentar a los radicales de su bancada. El precio, por tanto, para asegurar su investidura supone un peaje oneroso.

La administración de Biden podría ser un reflejo de los ocho años de Obama en la Casa Blanca, pero con políticas que promoverían causas globalistas condicionadas por los sectores más radicales del Partido, como el aborto, el programa medioambiental “’Green New Deal”, el restablecimiento de los acuerdos comerciales con China y el levantamiento de sanciones a las dictaduras comunistas de Cuba y Venezuela. Por cierto, dos naciones que todavía están esperando que Obama y Biden denuncien las violaciones de los derechos humanos y la negación de oportunidades que los gobiernos totalitarios de estos países practican contra su propio pueblo.

La reforma del Colegio Electoral y mantener los subsidios que componen la “Ley del Cuidado de Salud a Bajo Precio” serían otros de los asuntos que sitúa Biden como estratégicos en su agenda electoral, y que solo podrían conseguirse firmando decretos que falseen la ley constitucional.

El contexto político en el que ha prosperado la candidatura de Biden es suficientemente fraudulento de por sí como para negar estas evidencias.

Un político que rehúsa sistemáticamente criticar a “Black Lives Matter” por su ideología racista o a considerar a “Antifa” como una filosofía pacífica, no merece ser tildado de creíble. Deconstruir el delito de terrorismo para que sirva de credencial de impunidad a los golpistas del Estado de derecho, es una rendición absoluta del Partido Demócrata.

Harold Blomm advirtió en su obra “El canon occidental” del riesgo que supone la llamada ideología del resentimiento. Una ideología que amenaza con llegar a la Casa Blanca bajo influencia de un marxismo cultural pasado por Alinsky, y que comienza a preocupar a algunos militantes demócratas moderados ante la posibilidad de que Biden abra un pacto con los enemigos del anclaje constitucional.

El consultor político, Douglas E. Schoen, ya lo ha advertido en una de sus columnas: si Biden opta por una agenda progresista de izquierda para contentar a Bernie Sanders y Ocasio-Cortez, su propio índice de aprobación y el del Partido Demócrata podrían caer a mínimos históricos.

Biden: amenaza al régimen de libertades

El advenimiento de cúpulas monolíticas en torno a cada uno de estos líderes es una prueba manifiesta de la rivalidad fratricida que padecen los demócratas, y cuyas diferencias no se rigen por un mero problema de liderazgo, sino a cuestiones ideológicas de fondo, desencadenadas a partir de la era de Trump, y cuya preminencia en el máximo órgano demócrata determinará el futuro de esta formación.

En realidad, Biden nunca ha sido un político íntegro y ha hecho de la trampa su estilo de gobernar. Por eso, el sesgo del Partido Demócrata hacia la extrema izquierda y su entrega a los sectores extremistas comienza a preocupar sobremanera en la sociedad norteamericana.

Mientras Biden opta por un socialismo multiculturalista, global, de élites económicas diseñado para arruinar a los norteamericanos, Harris cree en políticas revolucionarias igualitarias de corte comunista y revanchista, dirigidas a crear una comunidad de víctimas oprimidas por el hombre blanco, sobre la base del resentimiento y del odio. Ambos sacan provecho de su discurso demagógico, sobre todo en el ala de la izquierda radical. Y lo que es peor: ambos, tal vez sin saberlo, terminarán por dinamitar el Partido desde dentro.

No es de extrañar entonces que Biden y el sector moderado del Partido Demócrata -cautivo de fuerzas divergentes y contradictorias- no se fíen el uno del otro. El político de Delaware posee una reputación dudosa. Con casi 50 años de carrera política, ha hecho de la mentira, la opacidad y la supervivencia el eje de su táctica política. Pesa sobre él una investigación de la Comisión de Seguridad Nacional y Asuntos Gubernamentales del Senado que investiga sobre supuestos casos de corrupción y el uso inconstitucional de instituciones públicas al servicio del tráfico de influencias.

El aparato de inteligencia del Partido -manejado por los Clinton y Obama- sabe que Biden es un perro viejo pero manejable. Un político mediocre, pero dócil. Por eso, aceptará orientaciones expresas a cambio de vivir dentro el poder. Al núcleo duro del Partido solo le basta el 15% de militantes que lo apoya de verdad para sellar la jaula en torno a su persona y mantener a raya a los comunistas rebeldes, en un ejecutivo con apariencia de no excluyente.

Lamentablemente, es la transformación de un partido en un movimiento encaminado sólo a la posesión del poder político.

¿Podrán Biden y Harris poner en solfa un legado político de más de 200 años de democracia y de constitucionalismo? Todas las sociedades gobernadas por el socialismo totalitario han fracasado. Pero Biden -y sobre todo Kamala- insisten en arrimarse a sus socios marxistas y utilizar subterfugios y excusas progresistas imposibles de creer.

Precisamente, los totalitarismos de izquierda se aprovechan de leyes electorales para ocupar el poder en nombre de una mayoría, para luego legitimar y privilegiar a una minoría de políticos acostumbrados a recurrir a chantajes contra la legalidad.

A juzgar por los hechos -y por quienes le apoyan-, Biden ni tiene un proyecto moderado, ni tiene un programa de gobierno apegado a la Constitución.

Todo apunta a que buscará una maniobra de confrontación con el Partido Republicano -deudor del trumpismo- y contra la América conservadora y tradicional, con la esperanza de movilizar a la izquierda, estrategia que hasta este momento le ha funcionado pero que resulta cada vez más arriesgada en una situación de crisis política, institucional y social como la que vive el país.

Unidad entendida como sometimiento

En su discurso del pasado sábado como presidente electo por el poder mediático, Biden hizo un llamado a la unidad de los norteamericanos: “Es hora de bajar la temperatura, de vernos otra vez, de dejar de tratar a nuestros oponentes como enemigos. No lo son. Es hora de sanar”. Su hipócrita promesa es el colmo de un cinismo teatral que solo pretende esconder la estrategia de odio y resentimiento de la izquierda radical acuartelada en su Partido, culpable de la crispación política que sacude el país.

Twitter ha sido también el medio utilizado por Jennifer Rubin, escritora y colaboradora del Washington Post y de MSNBC -medios de propaganda al servicio de los demócratas-, para incitar este revanchismo ideológico: “Cualquier R (republicano) que ahora promueva el rechazo de una elección o llame a no seguir la voluntad de los votantes o haga acusaciones infundadas de fraude nunca debe ocupar un cargo, unirse a una junta corporativa, encontrar un puesto en la facultad o ser aceptado en la sociedad “educada”. Tenemos una lista”, manifestó en su cuenta oficial.

Uno de los logros de los padres fundadores fue precisamente la creación de un marco legal que hiciera posible resolver las crisis políticas de manera que el cambio de Gobierno no arrastrase al sistema. La legitimación de un proceso electoral plagado de irregularidades para colocar a Biden en la Casa Blanca a cualquier precio, es una deuda que el Partido Demócrata contrae con los norteamericanos.

Es inadmisible comprometer la unidad nacional y el régimen de libertades al capricho de un aspirante no votado legalmente por el pueblo, saltándose todos los semáforos en rojo que funcionan en un Estado de derecho. La obsesión por destituir a Donald Trump y llegar a la Casa Blanca han llevado a Biden y a un sector extremista del Partido Demócrata a pulverizar principios hasta ahora sagrados de la democracia en EE.UU. Las instituciones y la sociedad civil estadounidense tendrán la última palabra.

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