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Chavismo, El American

Si el chavismo se vuelve progre, se eterniza

El chavismo amenaza con disparates como el Estado comunal, pero en la práctica sus planes se alejan del comunismo decimonónico

El chavismo ganó. Ahora persigue su estabilidad y normalización. Y aunque el balance de victoria y derrota resulte más propio del lenguaje bélico o deportivo, en este caso es justo e ilustrativo. No se trata de propaganda desmoralizadora, sino de encarar la realidad.

Atrás han quedado las amenazas de intervención militar americana, bravuconadas demagógicas de un Gobierno que asumía un tono cuasi aislacionista cuando le convenía y otro muy distinto cuando buscaba endulzar los oídos de votantes en estados bisagra con alta población latina (Florida, sobre todo). Incluso las sanciones, que tanto han escocido a la plutocracia venezolana, están sujetas a revisión. El interinato de Guaidó se desvanece.

En el diálogo de México, apoyado entre otros por el Departamento de Estado, no hay humillación que no se acepte. Hasta el nombre de Alex Saab es deslizado como interlocutor válido. Los factores nominalmente opositores, con 10 veces más candidatos que la dictadura, se enfilan por millonésima ocasión al matadero electoral. Todo para rasguñarle algunas migajas al erario desde cargos vaciados de poder real alguno.

Se ha llegado a un punto muerto. Las salidas están obstruidas. El único cambio realista que se avizora es el que el propio chavismo se decida a implementar. No pensando en el bien del conjunto de los ciudadanos, es innecesario decirlo, sino en aquellas medidas puntuales que aseguren la supervivencia de su nomenklatura. Nuevos tiempos exigen nuevas superestructuras ideológicas.

Las señales de un viraje se van acumulando, tanto en lo económico como en lo sociocultural. Se ha levantado el control cambiario, así como los aranceles a las importaciones (aunque esto último haya sido parcialmente revertido meses atrás). La vicepresidente, Delcy Rodríguez, se presentó en julio en la asamblea de la principal patronal del país. Y un mes antes, en una entrevista vergonzosamente complaciente con Bloomberg, Maduro hizo un llamado para que regresaran los inversionistas extranjeros. Una suerte de reforma económica sin acompañamiento de reforma democrática parece perfilarse (perestroika desprovista de glasnot). Envuelta, eso sí, de pañuelito verde y anunciada en lenguaje inclusivo, el que ahora es mandatorio en las comunicaciones oficiales.

La cuestión tiene sentido si se piensa en la fuerza que el fenómeno woke ha venido adquiriendo. Fenómeno, por cierto, perfectamente compatible con el capitalismo (baste ver el inmenso apoyo corporativo que recibe). Veremos pronto si también lo es con el autoritarismo.

Un chavismo woke sería bastante más digerible para los burócratas “buenistas” de los organismos multilaterales, los empleados biempensantes de las oenegés sorosianas o los tibios extremo-centristas de los think tanks liber-progres. Ni qué decir de la políticamente correctísima administración Biden-Harris, de esta no podría descartarse que ablande su postura frente al otrora enemigo sudamericano a cambio de que le compren su chatarra ideológica. En este escenario ni siquiera es descabellado sugerir que el levantamiento o alivio de las medidas de presión pasaría a estar sobre la mesa.

Si Maduro impone la agenda globalista en detrimento del trasnochado socialismo, no faltará quien relativice sus crímenes para elogiarlo. Sucede con cierta progresía que hace reivindicación histórica de la incorporación de la mujer a la fuerza laboral en China tras la revolución de 1949, o de la legalización del aborto en la URSS en 1920. 

El chavismo amenaza con disparates como el Estado comunal, pero en la práctica, sus planes se alejan del comunismo decimonónico. Por ejemplo, se apresta a debatir la legalización del matrimonio homosexual. Su nueva Asamblea Nacional también estudia un proyecto de ley de eutanasia. Para quienes sabemos que la pendiente resbaladiza es real, este bien puede significar el primer paso de la institucionalización de la cultura de la muerte. El aborto, su fiel compañero, será el siguiente.

No es traición, es evolución acomodaticia

No faltó entre la clase semiculta venezolana, abrumadoramente zurda, quien acusara a Chávez de “conservador”. Esos que no han leído ni una página de Kirk y que sólo conocen a Scruton por una cuenta de citas de Twitter ¿Su evidencia? Los arrebatos de chabacanería en los que, buscando congraciarse con el populacho, hizo algún chiste supuestamente “homofóbico” o “misógino”. Pero contrario a esta noción, de alguna forma el germen progre ya fue sembrado por el extinto caudillo.

Hay que recordar que se declaraba feminista a la par que fomentaba el identitarismo indígena y afrocaribeño. Empleando criterios retroactivos, virtualmente cualquier figura destacada dentro del campo revolucionario es “cancelable”. En el mundo moderno lo que es ortodoxia y lo que es herejía cambia repentinamente y con criterios muy arbitrarios.

“La izquierda ya no es la hoz y el martillo sino el arcoíris”, dijo el siempre provocador Diego Fusaro. Con dicha metamorfosis abandonó a los trabajadores, balcanizándose en pequeños colectivos guiados por preocupaciones cada vez más nimias. El chavismo nunca ha servido al trabajador, y sabe que no puede ir a contramano de la historia. Hará lo necesario para mantenerse en el poder. Hasta Pedro Castillo, que se presentaba como un regreso al marxismo ortodoxo en la región, ha cedido a las presiones del sector que en Perú se conoce como “caviarada”.

En definitiva, no se trata de si Venezuela tiene otras prioridades o de si las leyes progres son impopulares. Esto no le importa a la corporación criminal que detenta el poder. Las introducirá con calzador con el fin de dar la imagen deseada hacia afuera. Un chavismo progretizado bien puede ser un chavismo eternizado.

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