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Escohotado, El American

Escohotado: el economista de mente intrépida y un espíritu indómito

Abierto a lo que el entendimiento da de sí se hizo despojar de cualquier revisionismo que lo pusiera en las fronteras de uno u otro clan ideológico y con la desenvoltura del que anda libre por el mundo, fue malentendido y a ratos admirado

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Escohotado se topó con la economía cuando su pensamiento filosófico había cuajado por entero y su cabeza estaba ya resuelta para desempolvar primero, y derretir después, las prisiones ideológicas desde donde los economistas hacen por permanecer. Ninguno de estos abraza toda la extensión que brinda el ejercicio económico, más bien se cobijan bajo la protección que proporciona dar parte a una u otra escuela. Escohotado no perteneció a ninguna más que a la de sí mismo, y si en algún momento hizo por colocarse los anteojos del maestro Hegel estos fueron para despejar mucho más su propio horizonte. No es coincidencia que la más seria aproximación a la economía pasara por los designios de la Economía Política de Carl Menger; el más disidente de los marginalistas y el inspirador más genuino de lo que luego sería la escuela austriaca.

Entrado ya en la madurez de los años cayó en la cuenta de que su trabajo intelectual quedaría incompleto, y sus ansias de saber insatisfechas si no hiciera por entender acerca de ese vasto mundo del valor. Su robusto conocimiento de la ilustración escocesa lo llevó de corrido a los economistas clásicos y así tan de pronto nos hizo entender, como la luz que revuelve las sombrías acequias de la confusión, que estudiar economía no era otra cosa que atender a los usos y costumbres de la plaza pública.

Con esa clarividencia traspasó el formalismo más austero y despertó el asombro entre los más jóvenes. Con su monumental ejercicio Los Enemigos del Comercio: una historia moral de la propiedad acometió, sin quererlo, el mayor ultraje al pensamiento tradicional al escribir una obra sin tesis; o lo que en su propio lenguaje sería decir sin prejuicios. Abierto a lo que el entendimiento da de sí se hizo despojar de cualquier revisionismo que lo pusiera en las fronteras de uno u otro clan ideológico y con la desenvoltura del que anda libre por el mundo, fue malentendido y a ratos admirado.

Su amor radical por la libertad le congració la simpatía con esa idea de individuo como único Inter partes (individualismo metodológico) adalid del pensamiento austriaco y de todas sus desgracias. Por otra, su inteligencia sincera y fecunda lo abría a un sentimiento republicano de las cosas que lo alejó de ese radicalismo visceral que clama “solo existe el individuo”. De la combinación de una mente intrépida y un espíritu indómito fueron algunas de sus contribuciones más originales a la cuestión económica. Veamos algunas de ellas.

Lejos del desgaste infantil de imponer más estado a costa del mercado o lo contrario, abrió las heridas de los más radicales y sanó las del justo entendimiento al profetizar una inteligente reconciliación entre ambos. No es uno frente al otro; es uno y el otro. La libertad que anida en el mercado la continúa el régimen de seguridad que garantiza el estado. Los efectos de esta idea abren para el campo de la Economía Política en particular, y la Política Económica en general, un camino de esperanza para muchos problemas aún no resueltos.

Por ejemplo, con esa deliciosa aclaración Escohotado se aparta del dilema como si de una disputa entre rivales se tratara e introduce, en cambio, el concepto de conciencia moral en cada uno de ellos. De repente el asunto ya no se dirige por el resultado de dos fuerzas antagónicas cuánto de ¿qué mercado? y ¿qué estado? está en condiciones de prevalecer en uno y otro momento. Con ello Escohotado pone en justa relación la competencia schumpeteriana y su influencia decisiva en la articulación social de los intereses individuales. La prosperidad no se bate desde la instauración de una estricta des/regulación de los procesos económicos sino de cuánta libertad arraiga en cada uno de ellos (espíritu de competencia). Y entonces ¡las paradojas! hay libertad contenida en las políticas de intervención, y por qué no, obstrucción en el libre acto de comerciar. Es aquí donde cobra importancia la diferencia que hace algún tiempo remarqué entre lo que sería libertad de mercado (atiende a la estructura) o mercado en libertad (atiende a los agentes económicos); una apuesta cuya originalidad se la debemos al pensador.

Así las cosas, es la libertad la que hace próspera a la riqueza y no la riqueza la que hace próspera a la libertad. Lo que nos lleva a otro aspecto de original consideración que muchos han pasado por alto en Escohotado y otros tantos malinterpretado acerca de su visión de la historia económica. Su gratitud a la escuela alemana y predilección particular por Hegel le ha llevado a cargar con ciertas críticas de antipatriotismo intelectual como ya le sucediera a Ortega en su tiempo.

Breve apunte: una España lacerada por el cainismo nos hace inservibles a la hora de distinguir las críticas que nos sirven de impulso de aquellas otras que solo estimulan nuestro autodesprecio. Fin del apunte. Aunque mucho más cercano a las tesis weberianas que a las de Sepúlveda y compañía, su admiración por lo pangermánico no lo indispuso para reconocer que el atraso económico y social de nuestra España coge fuerza tras la conquista de América (revolución de precios, desindustrialización etcétera). España no fue capitalista y quizás hoy tampoco lo sea más allá de que en ella estuvieran ya instaladas con moderación las condiciones para el desarrollo de las fuerzas del capital.

Nuevamente, Escohotado, como ya hiciera con el debate entre Estado y mercado, apunta más hondo. Aunque existan formas (forzadas) de ver la realidad del español en tono capitalista no andaba su espíritu congraciado con la causa de la libertad, y sin ello, el libre ejercicio de demanda y oferta se vio entorpecido por un oscuro dirigismo monárquico. La libertad es la que hará al capitalista —y no al revés— apuntará el maestro. Desde esta genuina perspectiva, la llegada de la Revolución Industrial a Inglaterra no sería algo así como el azaroso encuentro de una serie de factores favorables a su causa (incremento demográfico, posición geoestratégica, tecnología marítima y de navegación, etcétera) sino al ánimo de libre concurrencia que atravesaría a cada una de esas condiciones (recuerden que si por tales factores fueran la china habría sido próspera en tiempos muy remotos). En esto Escohotado vuela nuevamente muy alto.

En esa particular ambición de libertad que lo atravesaba, su mente cabalgaba muy por encima del mundanal ruido de los corrillos. Nunca fue para él obstáculo la aparente discrepancia recogida entre los conceptos de simpatía e interés propio elaborados en una y otra de las obras por el padre de la economía moderna y que en su tiempo fue rimbombantemente bautizado con el sobrenombre de Adam Smith Problem. Bien pertrechado en filosofía moral supo distinguir interés propio de egoísmo personal al dotar al primero de una sustancia moral que lo hace sensible a las disposiciones y necesidades del semejante.

El yo se eleva desde la conciencia de lo otro y sin el otro no existe el yo. Esta idea tan difícil de digerir en Latinoamérica por su histriónico recelo a su semejante es uno de los frutos más provechosos que nos brindó el maestro. No es que mi yo, en un ejercicio de impostura, se desentienda de mis preocupaciones para ofrecerse sin reparos a la de los otros; es, por otro, que la preocupación por mí mismo termina siendo la preocupación por los demás. Solo con el amor propio que se le presumía a Escohotado, este pudo concebir que simpatía e interés propio constituyen el anverso y el reverso de la verdadera autonomía personal.

Sea por esto y por mucho más ¡gracias!, Maestro: ahora, librado del aguijón de la carne, eres puro espíritu; libertad suprema, realidad absoluta.

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