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Estonia, impuestos, burocracia 0

¿Cómo pasó Estonia de ser un país pobre a una potencia en tecnología e innovación?

Sin tener los impuestos más bajos del mundo, el pequeño país europeo ha estado en el primer lugar de la Tax Foundation durante 7 años seguidos

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Los vídeos del proyecto VisualPolitik son ilustrativos y simples, puesto que los temas y perspectivas que tocan —cómo revoluciones económicas, políticas impositivas basadas o regímenes fiscales— habitualmente no se ven en los medios tradicionales. Y sucede con el caso de Estonia, el pequeño país europeo que, sin tener los impuestos más bajos del mundo, está ubicado en el primer lugar de la Tax Foundation como el país con los impuestos más competitivos del mundo durante 7 años.

En el vídeo de VisualPolitik se presenta la historia de cómo Estonia, nación que estuvo bajo el yugo del régimen de la Unión Soviética, pasó de ser un país inmerso en una severa crisis a presentar grandes números a nivel económico a partir de la privatización de empresas nacionales y la apuesta por el desarrollo tecnológico y de la internet.

Vídeo de VisualPolitk sobre Estonia.

De hecho, hasta ahora, la economía de Estonia se basa en los sectores de la electrónica y las telecomunicaciones, sumados a los fuertes lazos comerciales regionales.

Todo eso alcanzó para salir de la crisis de los noventa. Estonia dejó de lado las fracasadas políticas económicas estatistas para abrazar la libertad y el desarrollo económico; pero no fue suficiente para ser una referencia de modelo como lo es en la actualidad.

Con la crisis financiera del 2009 a Estonia le vino un golpe gigante, uno que, para cualquier otro país, pudo significar una debacle. Para poner en contexto, el PIB de Estonia cayó más del 14,4 %, y esto, que fue una desgracia en su momento, terminó siendo una oportunidad —obligada— para que el gobierno del pequeño país europeo implementara su formula «secreta» de éxito: impuestos simples y burocracia 0.

Estonia, el valor del sentido de contraprestación

A menudo se habla de que los paraísos fiscales atraen empresas porque son lugares donde los ricos no tienen que dar su dinero a las arcas del Estado. Pues, eso no es necesariamente cierto.

Hay paraísos fiscales, tan criticados por muchos, que habitualmente ofrecen una seguridad jurídica superior a países con regímenes fiscales inflexibles. Pero Estonia no es un paraíso fiscal ni mucho menos, es un país con una taza de 20 % en todas sus cargas impositivas, lo cual, para muchos libertarios, es incluso una cifra elevada.

20 % al IVA, 20 % al impuesto sobre la renta (con excepciones importantes a las rentas más bajas) y 20 % de impuestos a sociedades; así de simple son los impuestos en Estonia. Además, de acuerdo con lo que comenta VisualPolitik, son cargas impositivas que no castigan o beneficia ningún tipo de práctica en el mercado, es decir, es un impuesto neutral; muy al contrario de lo que hacen países europeos como España.

Luego, otra ventaja que tiene el sistema fiscal de Estonia es que, en el impuesto de sociedades, la empresa tiene la opción de sacar el dinero de su empresa y declarar ganancias o, en su defecto, reinvertir y no pagar ni un solo centavo de euro en impuestos a sociedades y, además, no existe el impuesto a los dividendos. Básicamente, no hay riesgo de pagar duplicidades.

Luego de la caída del 14,4 % del PIB tras la crisis financiera del 2009, el gobierno de Estonia aplicó una fórmula de una bajada de impuestos —para desahogar al sector privado y a sus ciudadanos— y una política de austeridad gigante, es decir, redujo el gasto público como nunca antes en su historia. Saliendo de aproximadamente del 40 % de sus empleados públicos.

¿Eso funcionó? Sí. El PIB per cápita de Estonia ya superó a países como Grecia, Portugal y ahora va a por España; naciones que son notoriamente más grandes que el pequeño país estonio.

Esto lo logró en 30 años, con dos puntos clave, la caída de la URSS, que llevó al país a la liberación de precios y privatización de empresas potencialmente quebradas —caso similar a lo hecho por Polonia— y la revolución que llevó adelante el país en 2009.

Un punto clave en toda esta historia es que Estonia es un país donde existe el Estado de bienestar que se puede materializar debido a su pequeña población.

La educación en Estonia, por poner uno de los ejemplos, es gratuita —relativamente, porque para eso se pagan impuestos— y se encuentra entre las mejores 5 de todo el planeta. Al mismo tiempo, el transporte público no tiene costo. Además, en términos de salud, Estonia también ha venido aumentando su gasto público para fortalecer su sistema de salud pública.

Pero tampoco es que lleven una deuda desorbitada los estonios, de hecho, se ubica en un 8,1 % con respecto al PIB total. Una cifra manejable que brinda seguridad a la nación.

Estonia
Bandera de Estonia (Flickr)

Por todas estas situaciones, el verdadero fuerte de Estonia radica en el sentido de contraprestación, es decir, las empresas y los ciudadanos saben que, los impuestos que pagan, se invierten en educación, salud pública, buen transporte y el desarrollo de la nación con obras públicas como las carreteras. Además de la seguridad jurídica.

De acuerdo con el índice de libertad económica de la Heritage Foundation, «La puntuación de la libertad económica de Estonia es de 77,7, lo que convierte a su economía en la décima más libre del Índice 2020. Su puntuación global ha aumentado en 1,1 puntos, gracias a una mayor puntuación en la integridad del gobierno. Estonia ocupa el 5º lugar entre los 45 países de la región de Europa, y su puntuación global está muy por encima de la media regional y mundial».

«La economía de Estonia lleva casi dos décadas fluctuando en la parte alta de la categoría de mayor libertad. El sólido crecimiento del PIB ha ido acompañado de un aumento del consumo privado y de la inversión», reza el informe.

Estonia, el reto de la burocracia 0 y sus retos para mejorar

Según VisualPolitk, en 2013 en Estonia se aprobó la nueva ley de servicios públicos que, por ejemplo, llevó adelante varias innovaciones para la contratación de nuevos funcionarios para el sector público.

¿Cuáles innovaciones? Por ejemplo, la descentralización de las contrataciones. Es decir, una pequeña administración, ligada al Estado, puede decidir qué personal necesita y cuál no. No el gobierno central.

De esta forma, Estonia busca la eficiencia absoluta de su Estado. Gastar lo necesario, ni más ni menos. El objetivo a largo plazo de Estonia es lograr que los empleados públicos no superen más del 12 % de la población activa, el país estonio no llega al millón y medio de habitantes.

Para reducir la burocracia se trabajó, igual por igual, con los propios funcionarios públicos y empresas privadas que hacían sugerencias de como aligerar los trámites burocráticos. Con estudios o encuestas el gobierno estonio de dio cuenta que gastaba de más en muchas duplicidades que podían servir, igual o mejor, con menos administración. De esta forma, el Estado se volvió más eficiente optimizando recursos.

Un claro ejemplo es cómo en Estonia es muy simple declarar tus impuestos o crear una nueva empresa. Todo se hace mediante softwares que optimizan procesos, son más seguros para detectar fraudes y desburocratizan el Estado.

Aun así, Estonia debe seguir mejorando su gasto público, es por ello que su programa burocracia 0 debe seguir llevándose adelante para, en síntesis, seguir efectivizando la labor del Estado con menos gastos. Para ningún país es bueno que su deuda vaya in crescendo.

Heritage apuntó que «Lo que impide a Estonia alcanzar los primeros puestos de la categoría de economía libre son los altos niveles de gasto público y las persistentes rigideces de la normativa laboral que impiden el crecimiento de la productividad. Las previsiones apuntan a unos déficits presupuestarios modestos pero crecientes en un futuro próximo».

Es decir, no es imperioso, pero sí necesario que Estonia reexamine sus políticas públicas y sus leyes laborales si quiere seguir creciendo y desarrollándose.

Pese a ello, la tasa de paro en Estonia es de apenas 6 %. Mejor que muchos países y, cabe recordar, en plena crisis económica global por la pandemia del coronavirus.

¿Un pequeño ejemplo para América Latina?

En países como Estonia o Polinia, que sufrieron por las políticas estatistas del régimen soviético, tuvieron que afrontar una serie de reformas liberales económicas para subsistir. Abrazar la libertad económica los llevó a ser, hoy por hoy, naciones prosperas. Pero claro, ese camino es muy difícil de seguir, y en Latinoamérica aún esto no se entiende.

Por ejemplo, cada vez que un gobierno intentó llevar medidas fuertes de austeridad y desburocratización para combatir el exceso de Estado presente se le denominó «paquetazos» que desencadenaron conflictos sociales importantes. En Venezuela fue con el «caracazo», en Ecuador ocurrió algo similar hace no mucho tiempo atrás, y hay expresidentes como Macri en Argentina que prometió medidas drásticas para salvar la economía y terminó aplicando medidas «gradualistas» que no cambiaron en absoluto el destino del país.

Otro caso es que los impuestos en América Latina, muchas veces, en vez irse a inversiones en el sector salud, educativo o desarrollo; simplemente se van a los jugosos salarios de los políticos y empleados públicos.

En Estados Unidos, bajo el gobierno de Donald Trump, la desburocratización fue un logro importante para muchas cosas. Muchas empresas vieron que existían facilidades para invertir en Estados Unidos y había una seguridad jurídica importante. Además de los alivios impositivos. A partir de allí, la economía de USA, con Trump, fue una de las más exitosas de las últimas 5 décadas hasta que la llegada del COVID-19 obligó a cerrar industrias y comercios.

Es decir, no es necesario tener los impuestos más bajos para atraer inversión. Simplemente hay que mantener un clima fiscal agradable, tener seguridad jurídica, aplicar el sentido de contraprestación y desburocratizar procesos para, de esta forma, mejorar los índices de libertad económica y calidad de vida para los ciudadanos.

En Latinoamérica, e incluso varios estados de USA, Estonia puede ser un buen ejemplo a seguir; la clave está en la libertad, sí, pero también en la descentralización.

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