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Vargas Llosa

Los 85 años de Vargas Llosa

De los cuatro grandes escritores latinoamericanos del llamado Boom de los años 60 y 70, Vargas Llosa asumió la defensa de las libertades, la democracia y el gobierno limitado

El 28 de marzo pasado, Mario Vargas Llosa cumplió sus ochenta y cinco años, en pleno uso de su capacidad creativa de escritor de ficción y de divulgador de los valores de la libertad, la democracia y la economía de mercado. Esto último lo hace un tanto excepcional en el medio de los escritores latinoamericanos de su generación; muchos de los cuales —como García Márquez y Julio Cortázar hasta el final de sus días— se mostraron hostiles al capitalismo, simpatizaron con el socialismo y cohonestaron con la dictadura de Fidel Castro.

Al igual que la mayoría de escritores latinoamericanos que iniciaban su producción literaria en los años 50 y 60 del siglo pasado, Vargas Llosa se dejó seducir por el canto de sirena de la Revolución Cubana entonado desde “Casa de las Américas”, con Haydée Santamaría y Roberto Fernández Retamar como corifeos mayores.

Conscientes de la necesidad de granjearse el apoyo de los intelectuales a su causa, los dirigentes de la revolución rápidamente fundaron  “Casa de las Américas”, entidad encargada de realizar el trabajo de seducción. De pronto, los jóvenes escritores de naciente “boom” —en 1958, año de la revolución, Fuentes tenía 30 años, García Márquez 31 y Vargas Llosa 24— agobiados por las penalidades propias de cualquier oficio en sus comienzos, se vieron halagados con publicaciones, premios, viajes, cócteles, habanos y ron.

Vargas Llosa se acercó al socialismo y al marxismo en su temprana juventud, allá en su Lima natal. La revolución cubana lo llenó de ilusión. “Vimos en la gesta fidelista no sólo una aventura heroica y generosa, de luchadores idealistas que quería acabar con una corrupta dictadura como la de Batista, sino también un socialismo no sectario, que permitiría la crítica, la diversidad y hasta la disidencia”, escribió.

Durante los años sesenta Vargas Llosa, García Márquez, Fuentes y decenas de escritores latinoamericanos fueron asiduos visitantes de La Habana y en sus escritos y apariciones públicas defendieron y legitimaron una revolución en la que creían sinceramente, a pesar de las cada vez más frecuentes contradicciones entre sus ejecutorias efectivas y los ideales que supuestamente la inspiraban.

Para Vargas Llosa y muchos otros intelectuales el punto de inflexión lo marcó el caso de Heberto Padilla, poeta cubano hoy casi olvidado. Padilla publicó en 1968 el libro Fuera del juego, con algunos poemas —como “Para escribir en el álbum de un tirano” y “Cantan los nuevos césares”— que desagradaron a Fidel Castro. El pobre hombre fue encarcelado y obligado a hacer una retractación a la mejor manera estalinista. Vargas Llosa y otros escritores redactaron una carta de protesta que fue firmada por notorios intelectuales como Sartre, Simón de Beauvoir, Alberto Moravia, Susan Sontag, Carlos Fuentes y muchos más. Castro respondió acusándolos de ser lacayos del imperialismo y condenándolos al ostracismo perpetuo de Cuba.

Para la mayoría de los intelectuales repudiados por Castro las cosas quedaron de ese tamaño, no así Vargas Llosa para quien esta coyuntura marcó el inicio de una evolución intelectual que liquidaría sus ideas socialistas y lo llevaría convertirse en el lúcido analista que, desde hace años, en sus columnas de El País, disecciona la actualidad mundial desde una perspectiva liberal, como lo hiciera su admirado Raymond Aron en Le Figaro y L´Express. 

Aron es uno de los siete pensadores liberales que Vargas Llosa analiza en esa espléndida autobiografía intelectual que es su libro La llamada de la tribu. Los otros seis son Adam Smith, Ortega y Gasset, Hayek, Popper, Isaiah Berlin y el también francés Jean François Revel.   En esa obra, un novelista latinoamericano expone el pensamiento de un escocés, un español, dos austríacos, un judío letón y dos franceses. O, si se prefiere, de dos economistas, cuatro filósofos y un sociólogo.

Esa diversidad de geografías, culturas y trayectorias intelectuales, en una muestra tan reducida de pensadores, es un indicio claro de lo que Vargas Llosa señala con acierto es el rasgo distintivo del pensamiento liberal cual es la diversidad aproximaciones que emerge a partir de la adhesión a una sola idea fundamental: “Que la libertad el valor supremo y que ella no es divisible y fragmentaria, que es una sola y debe manifestarse en todos los dominios —el económico, el político, el social, el cultural— en una sociedad verdaderamente democrática”.

Al parecer no fue fácil para Vargas Llosa hacer el tránsito hacia el liberalismo. En La llamada de la tribu nos revela que le tomó varios años “romper con el socialismo y revalorizar la democracia” y que en ese proceso de evolución intelectual le “ayudó mucho haber residido en Inglaterra desde finales de los años setenta (…) y haber vivido de cerca los once años de gobierno de Margaret Thatcher”. También reconoce la influencia de Ronald Reagan, a quien califica de “extraordinario divulgador de las teorías liberales”. Los pensadores más refinados que acompañaron su evolución intelectual fueron aquellos cuyas ideas expone brillantemente en ese libro; en particular Popper y Hayek, cuyas obras La sociedad abierta y sus enemigos y Camino de servidumbre se convirtieron para él en libros de cabecera.

Con su acercamiento al liberalismo, Vargas Llosa comprendió que la sociedad liberal y democrática no es garantía de la realización de los sueños de igualdad y bienestar para todos de las utopías socialistas que animaron su juventud. En su espléndido libro El paraíso a la vuelta de la esquina (2003), dedicado a las vidas conmovedoras de Flora Tristán y Paul Gauguin, hace Vargas Llosa su ajuste de cuentas con la utopía a nivel de la ficción, como lo hará a nivel del ensayo en Diccionario del amante de América Latina (2005) y, más recientemente, en La llamada de la tribu (2018).

La evolución de Vargas Llosa no se quedó en el plano meramente intelectual, sino que lo llevó al terreno de la acción política. A finales de los años 80 se opuso al gobierno socializante de Alan García, que dejó al Perú sumido en el desastre de la hiperinflación, y en 1990 fundó el Movimiento Libertad y se presentó como candidato a las elecciones que ganara Alberto Fujimori. A pesar de haber sido derrotado, sus ideas liberales y democráticas y su oposición al socialismo se abrieron camino y hacen parte de la agenda política de Perú, Colombia y toda América Latina.

Lo que ocurre en Colombia ha estado siempre en el centro de las preocupaciones de Vargas Llosa. Con un ejemplo que debían seguir los escritores colombianos, Vargas Llosa siempre valoró la importancia del Gobierno del presidente Álvaro Uribe para la preservación de la libertad y la democracia en nuestro país. En su columna del 20 de febrero pasado en El País, titulada El ejemplo colombiano, reafirma esa postura. 

Los cuatro grandes escritores latinoamericanos del llamado Boom de los años 60 y 70, se inclinaron por el socialismo y reverenciaron la Revolución Cubana y a sus principales protagonistas. Julio Cortázar y Gabriel García Márquez se mantuvieron fieles a su desvarío hasta el final de sus días, en 1984, el primero, y en 2014, el segundo.  El mexicano Carlos Fuentes también se apartó del castrismo con ocasión del caso de Heberto Padilla, pero continúo manteniendo una actitud ambigua de “intelectual progresista”. Solo Vargas Llosa rompió decididamente con el socialismo y el castrismo y asumió la defensa de las libertades, la democracia y el gobierno limitado. Deseémosle más años de lucidez y vigor para que con su poderosa pluma continúe contribuyendo a la causa de la libertad

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