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1534: los oscuros orígenes de la utopía totalitaria que hoy avanza en los Estados Unidos

Es ese y no otro –sin importar con qué ropajes se vista cada vez que reaparece– el tipo de fanatismo con el que hoy coquetea toda la izquierda de los Estados Unidos

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Que las mismas ideas reaparecen con nuevos ropajes a lo largo de la historia lo afirmaba Isaiah Berlin para explicar la ilustración y contra ilustración. Tenía razón. 

Las fanáticas creencias totalitarias que emergen en los Estados Unidos de la cultura de la cancelación, son muy anteriores al neo-marxismo en que las sustenta la ultraizquierda americana. Porque el marxismo fue otro ropaje de creencias colectivistas que han reaparecido por siglos. 

Marx reescribió al comunismo de las herejías milenaristas cristianas como pseudo-ciencia atea. A tono con su siglo XIX y los siguientes. Pero sus falsas promesas mesiánicas, doble moral y dogmático fanatismo ya estaban en la revolución anabaptista de Münster en 1534. Un poder comunista revolucionario que prefiguró detalladamente en el siglo XVI a los totalitarismos del siglo XX. 

Los profetas del comunismo

La agitación revolucionaria de sectas heréticas con profetas del segundo advenimiento, no era novedad en el siglo XVI. Ni raro que exigieran la comunidad de bienes mediante la incautación y redistribución revolucionaria. O proclamas que todo pecado y crimen dejaban de serlo si se hacía para imponer el Reino de Dios en la tierra. La novedad fue que el éxito de la Reforma protestante fortaleció involuntariamente las tradiciones del comunismo milenarista, como un extremismo peligroso dentro de las agitadas filas de la Reforma.

Y en ese entorno de guerras religiosas, para 1532 Münster –un principado episcopal– era reconocida como ciudad luterana autónoma por su católico obispo gobernante. Llena de refugiados anabaptistas seguidores del autoproclamado profeta Hoffmanm, que predecía el segundo advenimiento para 1533. Sin segundo advenimiento a la vista, la mayoría de los anabaptistas de Münster adoptarían tras 1533, el revolucionario post-milenarismo, proponiéndose establecer por sí mismos el reino de Dios en la tierra.

De la conspiración a la locura

Adhiriendo a la doctrina postmilenarista revolucionaria del popular profeta, Jan Mattys, el experimentado agitador Jan Bockelson, y el jefe de los gremios Bernt Knipperdollink, dirigieron una conspiración que tomó el Ayuntamiento en febrero de 1534. Logrado aquello, entró triunfal el profeta Mattys y estableciendo el gobierno revolucionario expulsó a católicos y luteranos de la ciudad. No sin antes incautar sus propiedades, alimentos y vestidos. Los que permanecieron en la ciudad fueron forzosamente rebautizados. Y empezaron las ejecuciones, sin juicio, de quienes resistieran –o criticaran– al poder revolucionario.

El profeta repartió gran parte de lo confiscado entre los pobres –que en una ciudad sitiada y repleta de refugiados eran muchos– para luego prohibir el dinero, confiscar el oro y establecer el trabajo obligatorio de toda la población. Poco después prohibió todos los libros, excepto la Biblia. Quemaron la biblioteca de la Catedral, todas las bibliotecas privadas en poder de las autoridades, y todos los libros sueltos que pudieron incautar. 

Matthys afirmó que Dios le ordenaba atacar a las tropas del obispo y murió en un fallido intento por romper el cerco. Inmediatamente Bockelson tomó el poder y se hizo proclamar Rey del mundo en 1534. Para acallar las dudas por la sorpresiva muerte del profeta, prohibió las reuniones y separó la ciudad en doce secciones cerradas que colocó bajo el mando de 12 duques, con pena de muerte por trasladarse fuera de la sección de residencia.

La “igualdad” revolucionaria

A menos de un año de la proclamación de la comunidad de los bienes, con severas condenas al lujo y exigencias de igualdad material absoluta, los autoproclamados líderes del comunista reino de Dios en la tierra, se atribuían títulos de nobleza y disfrutaban de lujos en medio de los primeros signos de hambruna.

El Rey del mundo decretó la poligamia obligatoria, bajo pena muerte, tanto a las mujeres que rechazaran las esposas adicionales concedidas a sus maridos, como a las que se negasen a casarse con quien les ordenasen los caudillos de la revolución. 

Y proclamó que con aquello se habría paso al reino comunista mesiánico de mil años, tras una épica batalla con las fuerzas del mal. Entendiendo por tales a quienes tuvieran cualquier riqueza, por modesta que fuera.

Aquella gran herejía anabaptista –de la que Münster fue únicamente el episodio más trágico–, expresó mediante la terminología religiosa de su siglo, todas las ideas del marxismo –comunes al marxismo pre-soviético, soviético y post-soviético en todas sus variantes– sobre alienación, explotación, lucha de clases, fin de la historia y vanguardias revolucionarias elegidas. Pero sobre todo, la del hombre nuevo liberado del pecado para vivir en la plenitud material mediante la producción centralmente planificada y sin dinero.

La organización sectaria de revolucionarios profesionales férreamente disciplinados en torno a líderes carismáticos, bajo una dogmática “revelación” del inevitable triunfo final de su revolución en un profetizado –más o menos inminente– fin de la historia; conjurados para matar y morir por la revolución y dispuestos a cualquier crimen para alcanzar establecer y sostener al comunismo, es lo que pasó intacto de aquellas grandes herejías al “otro” comunismo que se proclamó ateo y “científico” a finales del siglo XIX .

El fin de la revolución y el inicio del mito

Sitiados, los comunistas confiscaron los últimos alimentos, sacrificaron los caballos, y vieron extenderse la hambruna. Dos desertores entregaron a las tropas del Obispo información sobre las defensas que facilitaron un exitoso asalto final el 24 de junio de 1535. 

El Rey del mundo, cargado de cadenas, fue torturado hasta la muerte y su cadáver, junto a los de sus más cercanos cómplices, colgaron en jaulas de la torre de la Catedral durante medio siglo. Pero la mitificación del trágico desastre se mantuvo por siglos –con Mattys como mártir y Bockelson como corruptor de la pureza revolucionaria o mártir glorioso, según quien lo contase– entre los agitadores comunistas.

Es ese y no otro –sin importar con qué ropajes se vista cada vez que reaparece– el tipo de fanatismo con el que hoy coquetea toda la izquierda de los Estados Unidos. Y nada de nuevo y mucho de criminal es a lo único a lo que se puede llegar por esa vía.  

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